Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Dire Bound. Alma de lobo
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Portada del relato El pacto de sangre
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Fragmento:


Jeremiah despertó abruptamente, sudando a pesar de la frescura matinal. Su sueño –o visión– era tan vívido que tardó más de la cuenta en reconocer el techo de madera resquebrajada sobre su cabeza. Había soñado con un río convertido en sangre, cuerpos sombríos danzando alrededor de una hoguera y niños desapareciendo en la frontera entre el polvo y las sombras. Al reincorporarse, encontró los ojos de Clara sobre los suyos, llenos de cautela y algo demasiado parecido al miedo compartido.

Duración: 16:53

Libro La Noche bajo la Luna Roja

El pacto de sangre
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Capítulo 3: El pacto de sangre

La mañana llegó gris y sofocante sobre Dry Gulch, donde la nada parecía suspenderse en el aire antes de adherirse como una costra pesadillesca a techos, gargantas y silencios. El sol ascendía tímido, velado por una bruma pesada que no era niebla sino polvo levantado por noches de miedo: una ceniza invisible que precede a la desgracia. Jeremiah Blackthorne dormía un sueño tenso y plagado de imágenes, en el camastro improvisado de la casa de Clara. Alrededor, el mundo exhalaba una quietud mortuoria, interrumpida solo por el rumor de las persianas movidas por el viento y la ocasional descarga nerviosa de un disparo en la lejanía; señales del pueblo al borde del pánico.

En la pequeña cocina, Clara hervía agua, los dedos tamborileando sobre la mesa. Tomás, ya vestido y con el rostro corroído por el insomnio, ordenaba ramas secas en una cruz junto a la ventana. Las preguntas nadaban bajo la superficie: ¿Quién era realmente Jeremiah? ¿Qué relación había entre la luna roja, los símbolos y las muertes? ¿Por qué los Grimm, generación tras generación, se alzaban altivos e intactos en medio de tanta calamidad?

Jeremiah despertó abruptamente, sudando a pesar de la frescura matinal. Su sueño –o visión– era tan vívido que tardó más de la cuenta en reconocer el techo de madera resquebrajada sobre su cabeza. Había soñado con un río convertido en sangre, cuerpos sombríos danzando alrededor de una hoguera y niños desapareciendo en la frontera entre el polvo y las sombras. Al reincorporarse, encontró los ojos de Clara sobre los suyos, llenos de cautela y algo demasiado parecido al miedo compartido.

—No podemos esperar más —dijo ella, sirviéndole café. Su voz temblaba, pero el pulso cuando sostenía la taza era firme. Tomás asintió en silencio. Sus gestos eran aún más lentos esa mañana, como si cada movimiento midiera el grosor invisible que separa a los vivos y los muertos.

—Los Grimm —comenzó Jeremiah, frotándose la frente—. Ya hemos visto bastante para saber que esto va mucho más allá de una disputa de tierras. Pero si queremos respuestas, debemos entrar en la madriguera del lobo.

Tomás miró por la ventana, contando a los hombres armados que merodeaban la calle. Algunos vecinos saltaban de acera en acera como fantasmas atrapados en sus propios miedos; otros alzaban la mirada hacia las colinas, temiendo que la bestia estuviera acechando todavía en los bordes del desierto, esperando el momento propicio para volver a matar.

—Ellos guardan los secretos —dijo Tomás, la voz rasgada por el polvo—. Lo sienten todo, pero lo cuentan poco. —Hizo una pausa—. Hay palabras en las piedras que sólo los suyos comprenden. Malos recuerdos. Pactos viejos.

Se dispusieron a salir, armados de rifles, cuchillo y algo aún más precario: la determinación de conocer el reverso de la leyenda. Jeremiah ajustó su chaqueta, reparó en la forma torva de la cicatriz de la mandíbula y acarició por un segundo el amuleto extraño que llevaba colgado bajo la ropa. Mientras cruzaban la calle, se oyeron risas apagadas y voces encolerizadas. Varias mujeres se asomaban desde las puertas, el ceño fruncido y la cruz al cuello. Truman, el herrero, tallaba a golpes la puerta de su tienda, rezando por protección.

El rancho de los Grimm se alzaba al norte del pueblo como un recordatorio brutal de la prosperidad selectiva. Era una casa grande, de madera robusta y ladrillos importados, protegida por una valla de hierro forjado salpicada de símbolos herrumbrosos que parecían tener más de adorno ritual que de seguridad. Unas figuras vigilaban desde las ventanas: sirvientes, esbirros, y, tras el vidrio, la presencia gélida de Silas Grimm.

Jeremiah, Clara y Tomás cruzaron el portón acompañados del rumor de los murmullos del pueblo. Al llegar, uno de los hombres de Silas bloqueó el paso con el rifle al hombro, el gesto torvo.

—El patrón no recibe hoy —gruñó, mientras escupía al suelo.

Jeremiah le sostuvo la mirada. —Eso me gustaría que lo dijera él en persona.

Por un instante, el hombre pareció dudar, a punto de esbozar la sonrisa del matón confiado; no la terminó. Silas Grimm apareció desde la galería, vestido con un lujoso abrigo negro, sus ojos azul glaciar intercalando cálculo y desdén.

—Veo que la curiosidad aún no se ha convertido en miedo, Blackthorne. ¿Qué quiere el forastero acompañado de una viuda y un apache?

Jeremiah no se molestó en responder las amenazas veladas. —Ha habido demasiadas muertes, Silas. Quiero saber qué relación tienen tu familia y este sitio con lo que está ocurriendo.

Un silencio tenso se apoderó del porche. Silas chasqueó los dedos y uno de los sirvientes trajo whisky, llenando vasos sin preguntar. Al fondo, una anciana de mirada opaca, la tía Abigail Grimm, bisbiseaba palabras antiguas sentada junto al ventanuco. Los ojos de la anciana parecían perderse en una época donde el polvo era aún más grueso y las noches más oscuras.

—Mi familia fundó Dry Gulch —dijo Silas, levantando el vaso hacia la luz—. Desde antes que llegara la fiebre del oro. Hemos protegido a este pueblo de forasteros, indios y criminales por igual. ¿Ahora vienen ustedes a adjudicarnos el miedo de todos?

Clara se adelantó un paso, sosteniendo la mirada de Silas con fría determinación.

—Esto no tiene que ver con indios ni con forasteros —replicó—. Hay marcas en la tierra, símbolos en las piedras que llevan tu apellido. Mi esposo estaba investigando. Desapareció indagando aquí. —Su voz vaciló por un segundo, pero continuó—. ¿Qué esconden debajo de sus tierras, Silas Grimm?

Silas no respondió de inmediato. Se tomó un trago, y solo entonces reparó en el inquietante mutismo de Tomás, que palmeaba el amuleto de piedra en el bolsillo.

—La tierra siempre ha cobrado su precio —respondió, finalmente. Miró a Jeremiah—. ¿De verdad creen que este desierto sólo se traga huesos? Aquí abajo hay pactos más viejos que el oro. Mi familia no es la única que negoció con lo que duerme bajo la arena… Pero somos los últimos que saben cómo mantenerlo a raya.

Un súbito portazo interrumpió la conversación. La tía Abigail se había levantado a medias de su silla, murmurando con insistencia:

—El círculo… la sangre nos mira… la luna se acerca otra vez… —El sirviente acudió a apaciguarla, pero la anciana arañaba el aire, los ojos totalmente blancos, perdida en una locura que parecía entrever la verdad que otros no se atreven a pronunciar.

Tomás se inclinó hacia Jeremiah y susurró en su idioma un aviso:

—La vieja sabe. Los Grimm alimentaron el vacío, ahora el vacío les cobrará el doble. Aquí sólo hay dos caminos: huir o deshacer el pacto… pero ningún Grimm lo hará voluntario. Nacieron de la sangre y en la sangre han de extinguirse.

Silas frunció el entrecejo.

—Crees en brujerías, forastero, pero lo cierto es que Dry Gulch sobrevive gracias a mi apellido. Si buscas culpables, mírate en el espejo. Solo hay desgracias cuando los extraños se quedan demasiado tiempo.

Antes de que Jeremiah pudiera replicar, se escuchó una estampida en el exterior: gritos, disparos y el sonido inconfundible de madera astillándose. Salieron al porche justo cuando los hombres de Grimm corrían hacia la plaza arrastrando a un joven, William, el aprendiz del carnicero; las ropas rotas y la pierna desgarrada por dentelladas imposibles.

Una multitud se congregó en torno a él, las preguntas y los rezos mezclándose con el zumbido ambiental del miedo. —¡La bestia volvió! —clamó uno. —No es animal de Dios —añadió otra mujer, tapando los ojos de su hija.

Sin perder tiempo, Jeremiah se arrodilló junto al muchacho, mirando la herida: la piel rasgada formaba patrones casi sagrados, como si garras invisibles hubieran esbozado símbolos sobre la carne expuesta. Tomás palideció.

—Lo marcan como territorio —dijo—. Han despertado algo que impone su voluntad.

Silas intentó retomar el control, ordenando a sus hombres organizar guardias y prohibir salir de noche. Pero la autoridad se le resbalaba entre los dedos; se notaba el quebranto, la sospecha que se contagiaba de mirada en mirada. Jeremiah estudió los rostros asustados y comprendió que la ciudad estaba al filo del motín.

Para Jeremiah y sus aliados, el día avanzó entre los quehaceres del miedo: visitaron a los heridos, inspeccionaron las piedras del arroyo, buscaron entre las casas vacías algún indicio nuevo. Descubrieron, en la carpintería abandonada, huellas de pezuñas quemadas en el piso, marcas negras subiendo por la pared y, bajo una tabla suelta, el cadáver reciente de un coyote con la lengua arrancada y una cruz de huesos sobre el pecho.

Aquella noche, Clara decidió mostrarles un secreto guardado para días de crisis: el diario de su difunto esposo, el sheriff Hart. Tomás elaboró una infusión de hierbas, y juntos se sentaron en círculo en torno al farol a leer las páginas garabateadas con caligrafía temblorosa.

El diario hablaba de noches en vela, de presagios, de un linaje –el de los Grimm– «manchado de oro y sangre». La entrada más impactante narraba una ceremonia vista de lejos, en la época de la fiebre del oro: «…Al pie de la Roca Vieja estaban ellos, con antorchas y rostros cubiertos de polvo. Había un hombre alto, joven aún, tomado de la mano de una anciana—la misma que llaman hoy Abigail. Derramaron sangre de cabra sobre el círculo, recitaron frases en un idioma que ni Tomás podría traducir. Cuando la luna parecía fuego, vi una sombra enorme surgir del borde del desierto; no era animal, más bien una ausencia de forma, como un vacío que devoraba la luz de las cosas que tocaba. Luego hubo gritos, confusión; a la mañana siguiente, los Grimm anunciaron una veta nueva y el pueblo prosperó por cinco años. Todos quienes participaron esa noche enfermaron o desaparecieron...»

Clara pasó la página, la mirada puesta en la letra de su esposo.

—Sigue… —dijo en voz baja, y leyó—: «La tierra no olvida. Si alguno traiciona el pacto, cae la desgracia sobre inocentes. Dicen que solo puede romperse ‘pagando con la moneda original: sangre en la piedra, sangre en la tierra’». —Clara tragó saliva—. Nunca quise creer en esas cosas, pero ahora…

Jeremiah cerró los ojos, recordando too lo que había visto tiempos atrás: pueblos enteros ardiendo, hombres volviéndose sombras, pesadillas que renacen a la luz de la luna roja.

Tomás se levantó y trazó un círculo con ceniza y salvia en el centro de la habitación.

—Si queremos que esto acabe, hay que enfrentar el origen. Grimm debe confesar el rito, devolver la sangre a la tierra podrida. Si no, la maldición buscará nuevos cuerpos.

—¿Y si no coopera? —preguntó Clara.

—Entonces hay que obligar —dijo Jeremiah, y el tono de su voz anunciaba que estaba dispuesto a ello.

Un estrépito en la calle les hizo levantarse de golpe. Gritos de terror, disparos erráticos y luego un silencio tan absoluto que dolía en los oídos. Los tres salieron al porche. Bajo la luna, vieron el incendio en la casa de los Wilkins: las llamas devoraban el techo, y una figura monstruosa saltaba de sombra en sombra, más alta que un hombre y más rápida que un lince. Un grupo de valientes (o insensatos), entre los que reconocieron a dos peones de Silas, disparaban en todas direcciones mientras la bestia las esquivaba, ululando con voz humana distorsionada.

Jeremiah corrió hacia el tumulto, Tomás lo siguió. Clara quedó atrás, preparando vendas y agua caliente. Cuando Jeremiah llegó, la criatura lo miró fijamente: sus ojos eran dos costes líquidos bajo la luna sangrienta, la mandíbula torcida como por mil fracturas pasadas. En ese instante, Jeremiah sintió una sacudida, como si la bestia le reconociera; la memoria le devolvió imágenes de otro lugar, otra luna, otra noche de pactos rotos.

Disparó. Dos, tres balas. Ninguna impactó donde debía; la criatura parecía absorber la materia misma y solo el eco quedaba tras golpear su silueta. La bestia rugió (no, habló, creyeron algunos después), una letanía de odio y dolor que hizo tambalear a los presentes. Al retroceder, el animal —o el demonio— recogió un trozo de madera ardiente y lo arrojó al grupo de hombres. Uno cayó envuelto en llamas, gritando una plegaria incongruente; el resto huyó.

Al final, la criatura desapareció entre los álamos, dejando atrás un rastro de hielo y ceniza. El pueblo quedó petrificado.

En la oscuridad, Jeremiah se arrodilló para examinar una de las huellas recientes: la pisada humeaba, y en el fondo de la marca ardía una gota de sangre humana. Notó también una pluma negra, atada con hilo rojo. Entendió de pronto: la criatura era hija del pacto, arrastraba la sangre original de los Grimm, y no podía ser destruida sin cerrar el ciclo que la unió a este mundo.

Volvió junto a Clara y Tomás, la mirada encendida de una resolución peligrosa.

—Tenemos que forzar la mano de Silas. Debe reconocer lo que hicieron: cómo ataron a la criatura, cómo usaron la fuerza para prosperar. Hay que cerrar el pacto original. La única forma es una confesión y sangre de Grimm en la piedra.

Durante el resto de la noche, se afanaron en preparar el enfrentamiento. Clara redactó una nota: una convocatoria a los vecinos más valientes, exponiendo lo descubierto en el diario, las sospechas levantadas y el plan de enfrentarse de una vez a la familia Grimm en el sitio ceremonial, ante testigos. “Que vengan armados de fe y no sólo de pólvora”, escribió, temblorosa y determinada.

Al amanecer, el pueblo se congregó en la plaza. Había decenas de miradas enrojecidas, cargadas de un resentimiento largo y un miedo antiguo. Martha la herrera, Harry el aprendiz, Truman el herrero —todos los habitantes que nunca se atrevieron a desafiar abiertamente a los Grimm estaban ahora dispuestos a seguir a Jeremiah, Clara y Tomás hasta el corazón mismo del horror. Silas no pudo impedir la caravana: la presión de la masa, el fuego reciente y la amenaza de perderlo todo le hicieron temblar, por un segundo, el pulso de siempre.

La comitiva cruzó al sitio ceremonial: la Roca Vieja, el arroyo seco, los símbolos que brillaban bajo la luz sucia de una mañana que no traía esperanza. Allí, ante todos, Tomás recitó en lengua apache las palabras que abrían la frontera entre lo visible y lo invisible. Clara leyó las entradas del diario del sheriff. Jeremiah desenvainó su cuchillo y se lo tendió a Silas, que lo miró como quien ve un abismo abierto bajo sus pies.

—Hazlo tú —ordenó el pueblo. —Rompe el pacto. —Devuélvenos la paz.

Silas Grimm, enfrentado al eco de siglos de miedo, no pudo huir. Se arrodilló junto a la piedra y, con la mano temblorosa, cortó la palma y la dejó sangrar sobre los símbolos antiguos. Cayó de rodillas, llorando, mientras los cuervos alrededor danzaban y la tierra temblaba. Desde el arroyo seco brotó vapor, y la piedra —la vieja piedra ceremonial— ardió con luz propia por un instante cegador.

En el silencio posterior, la bestia apareció: monstruosa, pero ahora trémula, como si una fuerza la estuviera arrancando de la realidad. Aulló mientras el pueblo rezaba, disparaban, lloraban o gritaban. Tomás arrojó la salvia y entonó el canto funerario de los antiguos. Jeremiah avanzó, dejando su propia sangre sobre la piedra —marca de forastero y testigo, no menos responsable.

En ese momento, la luna —aún pálida, aún roja— se ocultó tras una nube, y un estallido recorrió el desierto. La criatura se disolvió en una nube de polvo y gritos, la figura de Silas se desplomó en el suelo, y la tierra pareció respirar después de décadas de asfixia.

Cuando todo cesó, solo quedaron marcas sobre la piedra, sangre sobre la arena y un silencio tan profundo que nadie se atrevía a romperlo. El pacto se había cobrado el precio: Silas quedó con la mirada vacía, mudo de por vida; la familia Grimm huyó entre llantos y maldiciones. Jeremiah, Clara y Tomás miraron al pueblo —no había alivio inmediato, solo la impresión de que Dry Gulch se había arrancado una costra demasiado vieja para sanar sin cicatriz.

En la noche siguiente, la luna volvió a ser blanca. Jeremiah se refugió en la taberna, los dedos temblando levemente, demasiado cansado para dormir. Clara arrojó salvia sobre el fuego; Tomás musitó palabras de despedida por los muertos.

El pueblo, tocado por la redención y la violencia, entendía ahora que no todo puede ser explicado, y que vivir en la frontera con lo insólito es aprender a soportar el peso de la sangre y el silencio. El pacto antiguo había sido roto… pero todavía quedaban cuentas por saldar en la memoria de la tierra.

Así amaneció Dry Gulch, marcada por el sacrificio, el dolor y el espejismo de la paz. Pero por primera vez en décadas, el viento arrastraba algo nuevo con el polvo: la posibilidad de despertar sin miedo. Al menos, por una noche.

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