Fragmento:
Paden llegó al pueblo al anochecer. No era más que una docena de cabañas, una taberna, la herrería y la ominosa boca de la mina, como la entrada a una garganta abierta. El aire estaba quieto, tenso como si algo suspendiera la vida a voluntad. Sólo los perros gruñían en la penumbra, y la taberna era un farol encendido en medio de una ciénaga de temor. Paden desmontó, entró y pidió whisky.
Duración: 04:32
En el filo de la noche, cuando las brisas que cruzan el Gran Llano parecen cargar polvo y murmullos de cosas que no existen bajo el sol, Paden Cooley cabalgaba solo. Su sombra se diluía a lomos de una yegua manchada y la oscuridad no era su única compañía: algo danzaba detrás del horizonte, una silueta fantasmal a la que sólo miraba de reojo. Llevaba días sintiendo los ojos en la nuca, escuchando el viento silbar por entre álamos mutilados, y aún así, la necesidad lo empujaba a la siguiente ciudad minera.
Estaba hambriento, no solo de pan y licor, sino del oro que prometían las bocas de los moribundos. Buscaba algo enterrado, una promesa tejida por lágrimas y codicia, allá en las entrañas de Silver Wash: una veta sellada con sangre en 1849, y jurada por indios, mineros y forajidos, que nadie la podría reclamar si no negociaba antes con lo que vivía en la oscuridad de la tierra.
Paden llegó al pueblo al anochecer. No era más que una docena de cabañas, una taberna, la herrería y la ominosa boca de la mina, como la entrada a una garganta abierta. El aire estaba quieto, tenso como si algo suspendiera la vida a voluntad. Sólo los perros gruñían en la penumbra, y la taberna era un farol encendido en medio de una ciénaga de temor. Paden desmontó, entró y pidió whisky.
Un minero con la cara partida de cicatrices tocaba viejo banjo, y en una esquina una mujer de vestido estrafalario lo miraba con ojos inyectados de fiebre. Nadie reía. Nadie hablaba por lo bajo siquiera. El tabernero, una mole de hombre calvo, limpió un vaso y siseó: “No salgas después del toque de queda, forastero. Los rezagados no despiertan en la mañana.” Paden miró de reojo y notó que todos evitaban las ventanas. Cuando el viento aulló, el hombre que tocaba banjo dejó de hacerlo y murmuró: “La noche trae hambre vieja. Escuchas chillidos si afinas el oído. Mejor reza con la puerta cerrada.”
No eran supersticiones lo que había traído a Paden, pero tampoco era ajeno a encontrar cosas peores que hombres en la frontera. Terminó su trago y preguntó, bajando la voz, si alguien había oído hablar de la veta maldita en la mina norte, la que ningún capataz se atrevía siquiera a nombrar. El tabernero palideció, su rostro se endureció. “La veta existe, sí. Pero ni las ratas viven ahí. Una vez cada cuerda de años, lo que duerme allá abajo… se despierta. Y se alimenta.”
Desoyendo advertencias, Paden se quedó aquella noche en la pensión. Afuera, el viento traía lamentos, y entre sueños sudorosos creyó oír pasos arrastrándose justo bajo la ventana, un chapoteo de fango y huesos estrellándose contra la madera vieja. Cuando amaneció, tres hombres estaban desaparecidos; dejaron solo barro y una huella como de garras demasiado grandes para cualquier animal del desierto.
Al caer la segunda noche, armado con una lámpara de aceite y su revólver reluciente, Paden descendió por el socavón prohibido de la mina. El aire estaba viciado, olía a cobre y hez y muerte antigua. A cada paso, algo sentía detrás de los ojos, una presión en el pecho, como si la tierra observase y respirase fuego lento. Las vetas doradas a la luz de la lámpara relucían como dientes podridos.
Y allí, entre los corredores retorcidos, la encontró: una sombra sólida, con cuernos semejantes a las raíces de álamo, los miembros contorsionados como si hubiese sido humano y luego desgarrado por el subsuelo. Respiraba, aunque no tenía boca, y en el pecho abierto, el oro crecía al ritmo de los latidos. Paden tembló, comprendiendo que el tesoro era una herida que no cerraría nunca.
La criatura habló sin voz y le ofreció un trato, prometiendo riquezas bajo la condición de entregar nombres, vidas, sueños, a cambio de salud, tiempo y oro. Muchos antes que Paden lo habían hecho, y el pueblo solo existía por ese ciclo vil. Paden, tentado y aterrorizado, recordó a su padre ahorcado por buscar fortuna, y a la mirada hueca de la mujer en la taberna.
Salió de la mina esa madrugada con los bolsillos vacíos y el corazón apretado; la criatura había cobrado su tributo en recuerdos y dejó a Paden huir, aunque jamás sería el mismo. En Silver Wash, se perdieron veintitrés almas ese mes, y Paden, que marchaba de regreso a la nada del oeste, nunca pudo recordar sus rostros ni sus nombres, solo el silbido del viento y el oro latiendo tras la frontera del sueño.
Detrás de él, los álamos murmuraban, y la riqueza de la tierra seguía creciendo, alimentada por tierra y algo más oscuro y antiguo que la propia fiebre del oro.
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