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Portada del relato Sombras sobre la Polvorienta Quietud
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Fragmento:


En la posada de Ojo Muerto, el whisky sabía mal. Brand pidió uno doble y estudió el cuarto. Hombres con miradas de sal y polvo evitaban la suya. Solo una mujer lo observaba, desde la penumbra. Llevaba una medalla oxidada—corazón de cobre, promesa de un amor que no sobrevivió más allá de la tierra seca.

Duración: 04:34

Sombras sobre la Polvorienta Quietud
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El viejo reverendo Brand, de ojos inhábiles y párpados cansados, llegó la noche en que los perros no ladraron. Un carromato cojo se detuvo en el polvo. En sus maderas iban grabados símbolos en los que ni dios ni diablo se atrevían a escupir. Cactus Flats hacía semanas que no veía lluvia, pero el aire olía raro, como si se quemaran hierbas de tumba al borde del viento. Nadie fue al recibimiento; ni el desdentado Timmy ni la viuda Callahan, que junto a la ventana tenía por costumbre maldecir a los forasteros. Nadie, salvo un cadáver nuevo y tibio en el callejón del Saloon, con los ojos tan blancos como la panza de un pez enterrado.

En la posada de Ojo Muerto, el whisky sabía mal. Brand pidió uno doble y estudió el cuarto. Hombres con miradas de sal y polvo evitaban la suya. Solo una mujer lo observaba, desde la penumbra. Llevaba una medalla oxidada—corazón de cobre, promesa de un amor que no sobrevivió más allá de la tierra seca.

La posadera le habló, voz cargada de hastiada cortesía: “Aquí no quedan santos, padre. Ni penas nuevas.” Brand no respondió. Levantó la manga y mostró la cicatriz azul que recorría su antebrazo como una serpiente congelada. Nadie preguntó; todos sabían que en los senderos del terror se paga carísimo por cada respuesta.

Cuando vino la noche, el pueblo se encogió. Era extraño: las sombras se hacían largas, y las esquinas chirriaban con la brisa. No había estrellas, sí un silencio. En ese silencio, retumbó una sola campanada—la que sólo suena en víspera de cosas que no vienen de la tierra. Nadie hablaba de las desapariciones: de niños, borrachos, y de viejas repentinamente olvidadas. El Salón tenía un segundo piso y desde él a veces surgían ruidos: una voz, el rumor de uñas en la madera, el tintineo de un espolón que jamás nadie reconoció.

Esa noche, un forastero de piel pálida y labios recortados como cuchillas entró en el local. Traía consigo una escopeta envuelta en vendas negras, y los ojos al fondo intentaban no reflejar más que sus propios miedos. Sentándose junto a Brand, se presentó en voz baja: “Callahan también, pero del lado de los que cortan, no de los que huyen.” Juntos, los hombres se miraron con la gravedad de quienes saben que, en los confines de la fe, no sólo el demonio merodea.

Mientras tanto, en las afueras, la tierra se abría en grietas donde nunca hubo agua. Un hedor dulce, imposible de soportar, se filtraba desde el antiguo pozo, el que todos decían estaba maldito, desde que los primeros mineros hallaron lo que no debían bajo la greda petrificada. Ojos encendidos miraban hacia la cantina desde las ruinas: sombras de algo que antes fue gente, retorcidas entre el hambre y la promesa de un regreso.

Brand y Callahan subieron por la escalera de caracol, respirando la peste del daño aún no manifestado. En cada peldaño las voces de los ausentes murmuraban nombres y pecados. Al fondo encontraron una puerta repintada mil veces, de la que manaba una luz índigo. Empuñando su fe torcida como arma, Brand la abrió.

Dentro, al centro de un círculo de huesos, flotaba algo que solo podía describirse como la parte de un sueño robado: un cuerpo femenino recostado, piel arlequín de heridas y joyas arrancadas, y, en vez de rostro, una máscara de arcilla húmeda donde vibraba la sombra de una larva gigantesca. Los ojos de la larva, múltiples y rojos, parpadeaban hambrientos.

La voz, o el eco de la voz de la máscara, habló: “Ésta es la deuda que jamás salda el desierto.” La criatura extendió un apéndice hacia Brand, quien alzó la cicatriz de su brazo y musitó un rezo cuyo idioma ya nadie recuerda. La criatura se retorció, brillando con ese color imposible que sólo ve quien ha estado cerca de la locura. Callahan disparó, pero el estruendo solo logró que la pesadilla se extendiera por las paredes.

Encontraron a la posadera y a los parroquianos al amanecer, cubiertos de costras saladas a la entrada de la mina. Brand, no obstante, ya no estaba. Ni Callahan. Solo quedaba la medalla oxidada, quieta sobre la barra del Saloon, y afuera, un silencio esperanzador, tan inmóvil que las cigarras de aquel pueblo olvidado jamás cantaron de nuevo.

Se dice que, cuando cae una noche sin estrellas sobre Cactus Flats y el aire huele a algo sin nombre, un extraño llega—brazo azulado, sombra torcida—y espera paciente, porque sabe que lo que duerme bajo la tierra jamás perdona, y que los corazones del desierto laten al ritmo de los que pagan por conocer su secreto.

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