Fragmento:
La llanura emitía susurros, promesas y gritos a la vez, traídos por vientos que nunca terminaban de enfriarse. Willie escupió tabaco, su sombra estirada y curvada hecha una figura bestial en el crepúsculo. La voz de la tierra se mezclaba con otra, más sutil y húmeda, como el aliento de una tumba abierta. Él la sentía bajo sus botas; la tierra la sentía también, temblando bajo los cascos de su montura.
Duración: 04:36
En la frontera, el polvo del crepúsculo era más denso, espeso como el humo de una hoguera de cosas prohibidas. Los hombres montaban por ese sendero sólo si tenían el alma marcada, porque en las Colinas Sangrantes se pagaba caro el derecho a respirar. Willie Tatters, una figura de carne pendenciera y cicatrices, descendió del mustang cojo frente a la vieja estación de posta. Era un cadáver de madera torcida y herrajes oxidados, pero Willie necesitaba más que cuatro paredes malditas y una puerta desvencijada para detenerse. Algo lo empujaba, como una fiebre en el hueso: la promesa de oro, la amenaza de un nombre no pronunciado en la carta que apretaba bajo la pechera.
La llanura emitía susurros, promesas y gritos a la vez, traídos por vientos que nunca terminaban de enfriarse. Willie escupió tabaco, su sombra estirada y curvada hecha una figura bestial en el crepúsculo. La voz de la tierra se mezclaba con otra, más sutil y húmeda, como el aliento de una tumba abierta. Él la sentía bajo sus botas; la tierra la sentía también, temblando bajo los cascos de su montura.
Dentro del saloon, las luces eran rojas y el aire pesado, con una música áspera que parecía arrancada de una garganta de hierro. Dos borrachos observaban a Willie, ojos opacos, pero la anciana tras la barra tenía uno más luminoso, verde y febril, como una esmeralda atormentada. Le sirvió una copa de licor amargo, el tipo que ningún forastero acepta dos veces. Cuando Willie dejó caer la carta sobre la barra, la mujer no parpadeó ni un instante para leer el remitente, como si el papel le susurrara en lengua de los condenados.
—Llegas tarde, —dijo la vieja mirándolo desde un recodo donde la luz se negaba a posar—. La tierra ya se tragó a muchos. Y a ti te está esperando.
Willie sonrió con apenas la comisura de sus labios. Un diente de oro se asomaba entre la mugre y el desencanto.
—Si la tierra me quiere, va a tener que tomarme caliente —respondió.
No hubo más palabras. Un movimiento arrastrado se sintió bajo el suelo, como si alguien —algo— cabalgara los cimientos del saloon. Afuera, el viento arreció, trayendo un hedor de carne fresca, imposible en un lugar donde cualquier cosa viva muere por la falta de agua. Willie bebió, esperando. Sintió el retorcimiento en las entrañas: hambre, miedo, deseo. No supo cuál era de quién.
Esa noche soñó que los cadáveres de las colinas se alzaban para caminar. Y cuando despertó, lo hacían. Se asomó a la ventana y los vio avanzar con pasos difíciles, cuerpos mutilados y babeantes, guiados por marionetistas invisibles. No había balas suficientes en el cinturón para enfrentar lo que la noche le entregaba.
El primer disparo sonó dentro del cuarto, cuando una de las figuras muertas intentó atravesar la madera podrida de la puerta. Los gritos de la vieja llenaron el aire; palabras en un idioma olvidado, invocaciones para amarrar a los cuerpos en la tierra. Pero la tierra estaba hambrienta y furiosa. Willie mataba a uno, y dos más entraban. Atravesó la ventana de un salto, cayendo entre un mar de manos desgarradas que buscaban su carne.
En la ladera, la luna quedó atrapada entre la forma retorcida de un mezquite y la silueta de un caballo muerto que aún respiraba. Willie corrió, disparó, juró y sangró. Atravesó charcos de sangre fangosa que hervían, esquivando los gritos de los condenados. Una vez en el claro, vio la fuente de la maldición: la fosa abierta, negra y pulposa, de la que manaba no tierra sino carne líquida.
Detrás de él, la anciana se arrastraba, media viva, media espíritu. Los muertos venían con ella. Entre Willie y la fosa, resplandecía la figura de su hermana: la presa, la bruja, la que había huido años atrás. Sostenía una pala de oro, los ojos vacíos. La carne era la promesa que ambos compartían: el pago que la tierra quería esta vez.
Willie supo que no podía huir; retroceder era avanzar por el vientre húmedo de la colina. La tierra lo llamaba por su nombre de niño, el que sólo su hermana y él compartieron en aquellos días de hambre junto al río. Cada cuerpo que caía lo hacía con una maldición, cada muerto no era otro que parte de sí mismo perdido en un tiempo sin ley.
Dejó caer las balas y, en ese último instante, comprendió que la frontera verdadera no era la que separaba la vida de la muerte, sino la carne viva de la carne que sueña con recordar. La fosa lo tomó; la hermana lo besó. El polvo siguió rodando, impasible, bajo el sol de un nuevo día, donde los vivos y los muertos cruzan al azar el mismo horizonte sin nombre.
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