Fragmento:
El sol caía flamígero sobre la llanura inabarcable, volviendo los colores del mundo a un tedioso sepia astillado por el calor. Jared McCall tenía el sombrero calado hasta las cejas y el poncho empapado de sudor cuando su caballo reparó ante el cadáver. Había sido dejado al borde del río Lawson, uno de esos brazos de agua que se empeñan en sobrevivir al desierto y le dan nombre al paraje. El cuerpo, cubierto parcialmente por ramas, desprendía ese olor dulzón y férreo de la muerte reciente. McCall desmontó despacio, como quien no quiere molestarse con lo inevitable, y se acercó con las riendas en una mano y la otra aferrada al cabo de la carabina.
Duración: 04:11
El sol caía flamígero sobre la llanura inabarcable, volviendo los colores del mundo a un tedioso sepia astillado por el calor. Jared McCall tenía el sombrero calado hasta las cejas y el poncho empapado de sudor cuando su caballo reparó ante el cadáver. Había sido dejado al borde del río Lawson, uno de esos brazos de agua que se empeñan en sobrevivir al desierto y le dan nombre al paraje. El cuerpo, cubierto parcialmente por ramas, desprendía ese olor dulzón y férreo de la muerte reciente. McCall desmontó despacio, como quien no quiere molestarse con lo inevitable, y se acercó con las riendas en una mano y la otra aferrada al cabo de la carabina.
No tenía necesidad de mirar al rostro; la mancha roja en la frente y la cuerda aún atada al tobillo contaban suficiente historia. El desierto no juzga, pero sí observa. Jared contuvo un suspiro, escupió al polvo, y viéndose solo en el horizonte, arrastró el cadáver hasta el agua. No era por piedad, sino para darle trabajo a los bagres y que los coyotes tuvieran menos fiesta esa noche. Hizo una breve oración, no por el muerto sino por quien lo mató, y prosiguió su camino.
La senda lo llevó hasta el pueblo más próximo: Keaton’s Fork, un puñado de casas de madera torcida y una iglesia que parecía encogerse bajo el peso del cielo. El aire estaba cargado de silencio y temor; la gente evitaba las ventanas, y hasta las ratas parecían desplazarse con sigilo. Jared sabía leer las sombras: algo o alguien estaba dominando el pueblo, y no por buenas razones.
Cruzó las puertas del saloon. Olor a whisky barato y cuerpos sucios, murmullos parados al encontrarse con sus botas llenas de polvo. En la barra, detrás de una copa, una muchacha de mandíbula recia y vestido con remiendos azules lo observó con ojos de asombro y aprensión. Él no buscaba pleitos, pero los pleitos a veces buscan a los hombres como Jared.
La chica se llamaba Ruth Ann. Tenía una cicatriz que le partía el labio pero que no le quitaba la dignidad. Le sirvió un trago que sabía a rabia y ocultamiento, y al intentar apartarse, Jared le susurró: “¿Quién manda aquí?” Ruth Ann no dudó: “Cooper, y su hermano. Llegaron hace un mes. Desde entonces, no se duerme en paz”.
Jared asintió, sabedor del método. Un par de forasteros armados hasta los dientes, tomando el control con pólvora y miedo. Había visto esa historia antes, en otros pueblos, en otras vidas que ya no se atrevía a rememorar.
Un disparo rompió la angustia de la noche. Jared no corrió: avanzó con la seguridad tediosa de quien ya ha visto demasiado. Un hombre —pelo rubio, ojos glaciales, sonrisa de hierro— sostenía a un chico del cuello. Era Cooper, el amo de ese rincón de infierno. “Tienes cara de amigo del muerto del río”, le espetó. Jared no replicó. Sabía cuán poco cuesta insuflar odio en un hombre hostigado por el desierto.
“Saquen sus armas”, dijo Cooper; “hoy se decide quién gobierna Keaton’s Fork”. Jared recordó el cadáver, la oración improvisada, el polvo del camino. Y recordó esa otra vida, donde su madre rezaba junto a la ventana esperando que la pólvora no entrase en casa. “No busco ser jefe”, respondió, “sólo terminar con esto”.
El duelo no fue limpio ni rápido. La pólvora llenó el aire de rugidos y fuegos fugaces. Jared sintió la quemadura del plomo en el hombro, pero supo que su bala encontró la vida de Cooper más rápido. El hermano corrió; la multitud callada lo dejó ir.
La gente empezó a salir de los umbrales. Miraban a Jared con recelo, como a quien es portador de dolor tanto como de salvación. Ruth Ann le tendió un trozo de tela para el sangrado. Los grillos retomaron sus cantos. “Se queda, forastero?”, preguntó. Jared negó con la cabeza, aunque la herida escocía. “El polvo es traicionero. Mejor que busque otro camino”.
Se fue antes del alba, con el hombro palpitante y el alma aún más herida. El río Lawson brillaba a lo lejos, como una serpiente dormida, y el viento traía el rumor de una redención que parecía siempre al alcance, y nunca entre las manos. Y así cruzó Jared la línea entre la justicia y la sobrevivencia, sabiendo que los muertos no preguntan por nombres, ni los vivos olvidan el peso de una mirada en silencio.
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