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Portada del relato El eco del yermo
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Fragmento:


—No acostumbramos dar asilo a cualquiera —dijo el dueño del rancho, voz aceitosa y sonrisa falsa—. Este territorio es peligroso.

Duración: 05:20

El eco del yermo
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El calor del mediodía era una losa pesada sobre las lomas, inmóvil incluso en presencia del viento tímido que apenas lograba levantar un poco de polvo del camino. Caleb Parsons cabalgaba solo, a una prudente distancia de la frontera, avanzando con la parsimonia de quien no tiene prisa pero tampoco hogar al que regresar. Su caballo, una bestia larga y gris llamada Sombra, bufaba suavemente, cansado quizá de la odisea o quizá de seguir a un hombre cuyo pasado era más oscuro que la noche misma.

Caleb no era joven, aunque tampoco viejo. Las cicatrices que surcaban su rostro le daban un aire de pena y amenaza a la vez, como si escapara de algo y, al mismo tiempo, lo buscara. En un bolsillo interior de su deshilachada chaqueta de cuero llevaba una carta, doblada y arrugada: “Te espero en Laredo, al sur, cuando todo esté cumplido.” Firmada por una mujer cuyo nombre ya no se atrevía a pronunciar en voz alta, temeroso de invocar viejos demonios.

El rancho de los Ashby apareció como un oasis polvoriento en medio de la nada. Caleb detuvo a Sombra en la sombra raquítica de un mezquite, observando con recelo el ajetreo febril de jornaleros y hombres armados. Sabía, como todos los que respiraban aquel aire áspero, que Will Ashby no era hombre de confiar, y que su lealtad solo duraba lo que una moneda en su mano. Tampoco era discreto: tras la cerca, escondidos apenas por unos tablones, los cuerpos sin enterrar de dos vaqueros, hinchados en la muerte reciente, eran advertencia suficiente.

Caleb escupió. No era su problema, pero necesitaba agua y un poco de grano para Sombra. Así que desmontó, dejó a la yegua atada en el abrevadero y buscó la mirada de uno de los capataces. El hombre lo evaluó de pies a cabeza, adivinando el peligro bajo su sombrero polvoriento.

—¿Qué buscas, forastero? —gruñó el hombre, escopeta apoyada contra el muslo.

—Agua pa’l animal y pan para mí —contestó Caleb, sin bajar la mirada—. Pago lo justo.

El capataz dudó, calibrando el peso de la pistola en el cinto de aquel desconocido, y finalmente asintió. Lo condujo al cobertizo, donde el aire apestaba a estiércol y miedo. Allí, un muchacho de cabello sucio le lanzó una cantimplora, mientras Ashby mismo se descolgaba de su caballo. Era alto, la mirada endurecida por años de malas decisiones.

—No acostumbramos dar asilo a cualquiera —dijo el dueño del rancho, voz aceitosa y sonrisa falsa—. Este territorio es peligroso.

—Lo mío es el camino —dijo Caleb con tono seco—. Hoy aquí, mañana allá.

Ashby le sonrió con desdén. Percibió en él el aroma de sangre y pólvora de quien ya conoce demasiado este lado de la vida. Pero la tensión fue interrumpida por los gritos que venían de la colina sur. Dos jinetes se aproximaban levantando polvo. El capataz bajó instintivamente la mirada a su escopeta.

—Eso es Sullivan y su hermano —murmuró, como si el simple hecho de decir el nombre fuera suficiente para conjurar infortunios.

Los Sullivan habían perdido una hija en la última reyerta con los Ashby. Eran hombres de venganzas largas y memoria precisa. Caleb se giró hacia Ashby y, susurrando apenas, preguntó:

—¿Quieres que me quede?

No hacía falta explicar más: el código no escrito del Oeste dejaba claro el valor de un pistolero. Ashby vaciló. Por un instante breve, en sus ojos pasó el destello de la duda, del miedo, de la codicia. Luego asintió.

—Te pago el doble de lo que pidan en el pueblo. Si cruzan la verja, hazlos retroceder.

Caleb tomó posición tras la cerca, revolver en mano. El sol caía a plomo, abriendo charcos de sudor en su cuello. Los Sullivan eran dos sombras recortadas en el horizonte, firmes, con el odio brillando tan fuerte como el metal en el cinto.

—Venimos por ti, Ashby —bramó el mayor desde el lomo de su caballo—. Por el alma de Ruth. Por la verdad.

Ashby se escudó tras sus hombres, pero las leyes del desierto no admitían subterfugios: era duelo o huida, y todo lo demás era fango y desgracia. Caleb sabía que únicamente se mantenía vivo porque podía oler una mentira antes de verla nacer. Y ahí estaba: Ashby prometía justicia mientras empuñaba la traición.

—Vuelvan atrás, Sullivan —dijo Caleb, voz clara y temblor de acero—. Aquí no hay justicia, solo más muerte.

El menor de los Sullivan clavó la mirada en sus ojos, midiendo el alcance de las palabras, el músculo bajo el cinto. Pero el odio es siempre más rápido que el juicio. Un destello, dos disparos, el eco retumbando entre las piedras.

El mayor de los Sullivan cayó lentamente, la sangre manchando la polvareda que el sol acariciaba. El menor no lo pensó y disparó ciego; Caleb esquivó y disparó de vuelta. El chico rodó por el suelo, gritando más de rabia que de dolor. El silencio siguió, tenso, hasta el murmullo lastimero del viento.

Ashby no dijo una palabra, alzó la mano con una bolsa de monedas, pero Caleb la rechazó con un gesto de desprecio.

—Esto es basura —escupió—. No se le paga a un hombre por limpiar tus pecados.

Montó en Sombra y, sin mirar atrás, se perdió entre las sombras largas del atardecer, llevando con él solo una carta vieja, remordimientos y el rugido polvoriento del Oeste, donde nunca se sabe si uno vive por quienes mató o muere por lo que ha dejado vivir.

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