Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
La niñera
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Sombra de los álamos secos
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Fragmento:


“Lo que te debo, no está pagado. Si vuelves antes del anochecer, lo arreglamos. Si no, nos encontraremos, como siempre, tarde.”

Duración: 05:28

Sombra de los álamos secos
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El viento silbaba entre las tablas sueltas del Lester’s, el único saloon abierto más allá de las montañas. Nadie recordaba quién había clavado el cartel de madera que colgaba torcido sobre la puerta; tal vez fue el propio Lester, aunque de eso ya iba tanto tiempo que hasta la memoria del pueblo lo había difuminado. Ahora, cuando el sol ardía apenas sobre las montañas y el ocaso pintaba de naranja los tejados despellejados, sólo los más tercos se aventuraban fuera. Maggie lo hacía porque no le quedaba nada más.

Ella fue la última en entrar esa noche, arrastrando su sombra larga como si fuera otro de los fantasmas que aguardaban en las esquinas. Había envejecido como envejece el desierto: lenta y cruelmente, endureciendo la piel y los ojos. Su pelo, alguna vez rojo, ahora era un rastro ceniciento bajo el sombrero de ala caída. Respiró hondo el aire denso del local, empapado en tabaco frío y cerveza añeja. Se sentó en la única silla que miraba de frente la puerta.

El pianista ciego tanteaba su whisky. Dos borrachos jugaban a las cartas bajo una lámpara de aceite temblorosa. Nadie la saludó. Nadie se atrevió a mirar mucho rato. Maggie era una advertencia viviente, un conjuro para espantar ilusos.

El reloj sobre la barra marcaba las ocho. Lester, detrás del mostrador, limpiaba vasos sin mirarla. Hacía tiempo que hablaban sólo con la mirada: la suya, preguntando “¿te vas a quedar?", la de Maggie, devolviendo “no tengo a dónde más ir”. Ella ordenó lo acostumbrado. Mientras sorbía el líquido, dejó caer la carta amarilla que llevaba días guardando en su bolsillo. No hacía falta leerla otra vez: ya se sabía de memoria el pulso urgente de aquella letra desconocida.

“Lo que te debo, no está pagado. Si vuelves antes del anochecer, lo arreglamos. Si no, nos encontraremos, como siempre, tarde.”

El nombre al final era un garabato ilegible. Maggie creyó reconocer la inicial y se le encorvó el pecho, como si se le encajara de nuevo el esqueleto de un pasado que nunca soportó del todo. Cada palabra de esa carta era una losa encima del pecho. Dejó el vaso sobre la barra con cuidado, como si se fuera a romper.

La puerta se abrió con el grito de las bisagras, y el ruido atrajo al pueblo entero, aunque sólo fuera en rumor sordo. Tres figuras parecían hechas de polvo y maldiciones. Ningún forastero se metía tan adentro en Lester’s si no traía problemas. El primero, el del sombrero blanco ya mugriento, desenrolló su trapo alrededor del cuello, dejando ver la cicatriz que partía su sonrisa torcida. El segundo, un muchacho apenas crecido, le temblaban las manos. El último, bajito y cojo, arrastraba la pierna como una mentira vieja.

Nadie disparó. Nadie se movió. Maggie levantó la vista con la fatiga de los que ya han visto todos los finales posibles.

—Buscamos a una mujer —anunció el del sombrero, mientras golpeaba el suelo con la culata de su revólver.

El pianista, sin dejar de acariciar las teclas en silencio, murmuró:

—Aquí no queda ninguna que pueda pagar el precio.

Pero el forastero no lo escuchó. Buscó con la mirada, y la halló en Maggie, que no se molestó en girar la cara. El muchacho ahora la miraba con un desconcierto entre el miedo y la piedad.

—Venimos por lo que quedó pendiente allá en Sonora —dijo el cojo, y pronunció aquel apellido que Maggie había querido enterrar con los muertos.

Lester dejó de limpiar vasos y apretó la mandíbula. El tiempo se detuvo, conteniendo una tormenta.

Maggie entonces sonrió. Fue una mueca amarga, pero digna, la sonrisa de quien se sabe condenada pero quiere escoger sus armas. Dejó que el silencio creciera entre todos, hasta que fuera un muro completo.

—Yo no me escondo —dijo despacio, mirando a cada uno a los ojos—. Lo pendiente se paga aquí, hoy.

El pistolero dudó, sólo por un segundo, mientras recordaba a la chica de trenza pelirroja que salía a la calle con la escopeta al hombro, igual de entera hace veinte años. Pero ya era tarde para la clemencia.

Las cartas de los borrachos quedaron boca arriba en la mesa. El pianista cerró el piano. Lester se quitó el trapo. El muchacho ni siquiera desenfundó. El forastero apuntó... y Maggie se adelantó, levantando sólo la mano.

—Antes de matarme, escúchame —dijo—. Aquí no queda nada, ni oro, ni deudas, ni orgullo. Si habéis venido por venganza, os la puedo contar en palabras. Y si no os basta, disparad, y que este pueblo duerma otro siglo.

No fue un discurso largo. Contó lo de Sonora como se confiesan los pecados que nadie absuelve. Habló de traiciones y juramentos, de amantes muertos, de la semilla del resentimiento. Cada frase era un clavo más en esa noche agonizante.

Cuando terminó, el muchacho lloraba. El cojo ya no la miraba. El del sombrero torcido guardó el revólver sin disparar.

—Te veo mal, Maggie —dijo. Su voz era suave de pena, y solo entonces era un hombre, no un fantasma—. Quedaos con vuestros fantasmas. Nosotros sólo queríamos que miraras atrás.

Salieron. Se llevaron el polvo y algo de la amargura.

Maggie se acercó a la ventana, observando las luces apagarse poco a poco. Lester puso enfrente su mejor copa y el resto de la botella. Nadie más habló.

En la última silla del saloon, Maggie esperó el alba, sabiendo que, por una vez, la vida no le había puesto el dedo en el gatillo. Afuera, los álamos seguían en pie, y aunque crujían bajo el viento de la noche, resistían. Igual que ella.

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