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Portada del relato La última luz sobre Chaco Springs
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Fragmento:


En la esquina más oscura del local, bajo una lámpara oxidada, un desconocido lo miraba. Joven, limpio, demasiado bien vestido para el sitio. Alguien de fuera o alguien que todavía no aprendía la primera lección: aquí nadie era bienvenido, y señal de vida era peligro.

Duración: 04:28

La última luz sobre Chaco Springs
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La tarde había caído como una losa sobre el mundo. En Chaco Springs, el calor era sólo un rumor ya, disipado por un viento seco que traía ceniza y silencio. El pueblo no tenía más que una calle y apenas algunos edificios torcidos donde la pintura se rendía hace años. Era un lugar donde las promesas morían más rápido que los hombres, donde el sol no iluminaba, sino que castigaba.

Tomás Vaughn cruzó la puerta de la cantina con la lentitud de quien sabe que cada paso es contado y el tiempo es un bien prestado. Tenía arrugas hondas alrededor de los ojos grises, una barba de días, y se notaba en sus manos que todo lo que poseía lo había defendido a disparos. Nadie saludó. Annie, la dueña, sólo asintió y le sirvió whisky sin mirar. Tomás bebió como quien necesita coraje más que alivio. Tras él, la noche se espesaba.

En la esquina más oscura del local, bajo una lámpara oxidada, un desconocido lo miraba. Joven, limpio, demasiado bien vestido para el sitio. Alguien de fuera o alguien que todavía no aprendía la primera lección: aquí nadie era bienvenido, y señal de vida era peligro.

La puerta de la cantina se abrió de golpe. El aire cambió, incluso la luz cambió, y entró Walsh, el nuevo alguacil. Era un hombre alto, de rostro moreno y ojos tan duros que partían la madera. Venía a buscar a Tomás, y todos lo sabían. Para los demás, sólo fue una interrupción en la rutina del miedo.

—Vaughn —dijo Walsh, voz de acero rallado contra piedra—. Quiero verte fuera.

Tomás dejó la copa y se irguió. Se mantuvo firme ante el peso de todas las miradas. En sus tiempos, no habría sido así; antes, la voz de un hombre valía algo, y no se necesitaba una pistola para sentarse tranquilo.

Salieron a la calle. El viento traía hojas secas y el olor de la pólvora de un disparo de antes. Por un instante, Chaco Springs pareció suspendida en ámbar, todo detenido. Nadie se movía, nadie respiraba fuerte.

—¿Por qué has vuelto, Vaughn? —preguntó Walsh, la mano cerca del revólver—. Aquí no queda nada para ti. Sólo tumbas.

—A veces un hombre vuelve para asegurarse de que todavía queda algo por salvar —respondió Tomás, mirando el puente del río más allá del pueblo, donde aún recordaba las risas, el agua clara, los cuerpos de sus amigos flotando bajo la luna. Bueno, así los veía en su mente, aunque hacía años sólo corriera barro y silencio.

—¿Vas a entregarte, o prefieres que te arrastre? —presionó Walsh, dientes apretados.

Tomás sonrió sin alegría. —Aprendí hace mucho a no resistirme al destino, sheriff. Pero no soy yo a quien deberías temer.

Entonces apareció el joven de la cantina, avanzando con la seguridad de quien respira venganza en vez de aire. Sacó un revólver con la naturalidad de quien no piensa en las consecuencias. Los tres hombres se miraron, y supieron en ese instante que no habría perdón, ni accidente. Sólo el final.

El primer disparo fue del joven. Rápido, tembloroso, sin precisión. Tomás rodó por instinto, el frío del polvo en la boca, la carne ardiendo por la suerte. Walsh respondió, pero su disparo sólo arrancó astillas de una viga. El joven gritó odio, giró sobre Tomás, y cuando el siguiente disparo resonó, no supieron de quién había partido.

El joven cayó. Walsh, herido en el brazo, se apoyó contra el tronco de un poste. Tomás, temblando, supo que no quedaba victoria alguna en pie. El silencio volvió, tan denso que ahogaba.

Walsh escupió sangre. —¿Quién era?

Tomás miró al joven, ahora solo un bulto en la calle. —El hijo de alguien que merecía justicia. Como todos por aquí.

El alguacil asintió. Había en sus ojos una gratitud muda, resignada. La luna pintaba el rostro del muerto en azul y blanco; nadie lloró, nadie rezó.

Tomás se alejó. No volvió la cabeza. Sabía que la vida era una deuda que nunca se saldaba, un atardecer tras otro, hasta que la noche quitaba toda cuenta. Chaco Springs regresó a la penumbra, sin nadie ya que recordara otra cosa que el precio de sobrevivir una frontera donde ni la memoria ni la muerte eran limpias.

Muchos años después, cuando el pueblo se convirtió en polvo, algunos juraron haber visto una figura gris, arrastrando recuerdos, pasando por la calle principal justo al ponerse el sol. Pero nadie preguntó su nombre, y nadie esperó redención bajo aquella luz moribunda. Sólo quedaba el eco de las pisadas, y el silencio.

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