Fragmento:
Aquella mañana, sin embargo, notó algo distinto en el vagón. No era el rumor de la lluvia fina en la techumbre, ni el eco de las conversaciones perdidas de otros días. Era una presencia. Al otro lado, sentada junto a la puerta, una mujer trazaba líneas sobre el cristal empañado con el dedo índice. Tenía el pelo muy corto, recogido en la nuca por una cinta de tela, y vestía apenas un abrigo oscuro y una bufanda color mostaza. Sus manos —dudó durante un segundo— le recordaron a alguien.
Duración: 12:26
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La ciudad despertaba envuelta en ese velo húmedo que la niebla del Atlántico deposita sobre los tejados de tejas rojizas, sobre las pendientes adoquinadas, sobre los raíles pulidos de hierro que la cruzan como nervaduras antiguas. Era enero; Lisboa parecía otra bajo la falta de luz, los colores de las fachadas —habitualmente rebosantes de sol— se diluían en matices de gris y lila azulado. A esa hora, cuando los pasos de los transeúntes se cruzan escasos y los cafés apenas hierven las primeras ollas de café muy negro, Alexandre bajaba la Rua da Bica, camino del funicular.
Alexandre había cruzado la cincuentena hacía dos otoños. Suele decirse que la vida se instala, plácida y predecible, cuando uno deja atrás los incendios de los veinte años, pero él sentía que solo había cambiado el tono de las incertidumbres. Había sido profesor de geografía en una escuela secundaria durante casi media vida y ahora —tras conocer los formularios del paro, los cursos de reciclaje, un contrato turbio en un almacén de importaciones— trabajaba tres turnos en un hotel pequeño del Bairro Alto, uno de esos lugares anacrónicos donde aún es posible encender tabaco en la recepción y donde los huéspedes huyen de los circuitos turísticos más acostumbrados.
Le gustaba la hora de apertura, por la pausa indefinida de la ciudad. Hoy, como siempre, llegó al funicular de la Bica justo cuando comenzaba a rugir el motor eléctrico. Allí, en el fresco de la mañana, el vagón amarillo con sus viejas inscripciones parecía una reliquia varada en los pliegues de dos siglos. El funicular siempre subía y bajaba, una y otra vez, con la lentitud implacable de quienes no tienen prisa.
Al entrar, Alexandre se acomodó en un banco junto a la ventana. Le gustaba ese rincón: allí veía la ciudad abrirse, desplegarse en sus tejados, notar el temblor mínimo cuando el tramo más inclinado de la vía parecía disputarle el equilibrio. Su rostro, reflejado en el cristal protegido por grafitis, le devolvía un gesto que no sabía descifrar. A veces creía estar triste; otras, simplemente cansado de la espera.
El traqueteo implacable del funicular componía una música irregular, familiar. Sabía reconocer los ruidos: el quejido de las poleas, los chirridos de los ejes, el metódico freno de las zapatas al aproximarse a la estación superior. Con el tiempo, había llegado a pensar en el funicular como una extensión de sí mismo: una máquina resignada a cumplir siempre el mismo itenerario.
Aquella mañana, sin embargo, notó algo distinto en el vagón. No era el rumor de la lluvia fina en la techumbre, ni el eco de las conversaciones perdidas de otros días. Era una presencia. Al otro lado, sentada junto a la puerta, una mujer trazaba líneas sobre el cristal empañado con el dedo índice. Tenía el pelo muy corto, recogido en la nuca por una cinta de tela, y vestía apenas un abrigo oscuro y una bufanda color mostaza. Sus manos —dudó durante un segundo— le recordaron a alguien.
La mujer, al notarse observada, dibujó una media sonrisa en el reflejo y murmuró un “bom dia” apenas audible. Alexandre contestó igual de bajo, con la autoprotección cortés de los que madrugan y han dejado de esperar novedades. Pronto supo que tendría que enfrentarse a su curiosidad: el dibujo, aunque abstracto, parecía un mapa. Una mano improvisaba caminos y bifurcaciones en la neblina condensada. El cruce de caminos, rio, relieves, tal vez una ciudad.
—¿Cartógrafa? —preguntó, con una informalidad que después le pareció casi insolente.
La mujer titubeó. Se le escapó una risa aireada, entre resignada y satisfecha.
—No. Me gustaría. Pero ya sólo hago mapas imaginarios. De esos que se borran cuando el cristal se seca —dijo, sin girarse del todo.
Alexandre se animó. Tal vez simplemente estaba cansado de pasar inadvertido en ese mismo vagón cada día. Cansado de sí mismo, de las mismas novedades sin importancia, de la rutina sin detalle. Había algo en esa breve conversación que le devolvía una energía antigua, casi olvidada.
—Yo enseñé mapas durante mucho tiempo —dijo, intentando controlar el temblor de vanidad.
Ella aguzó el gesto. Había en sus ojos un brillo hambriento de historias.
—¿Y ahora?
—Ahora trabajo en un hotel. En la recepción siempre me piden orientaciones. Pero no siempre a dónde ir —respondió, y lo lamentó enseguida por lo fácil, casi cursi, de la respuesta.
Pero la mujer asintió con cierta gravedad, como si compartiera una fatiga similar. El funicular seguía subiendo, sufriendo en los tramos más abruptos, una máquina que parecía empeñada en desafiar la ciudad escarpada. Afuera, Lisboa comenzaba a disolverse en el resplandor matinal.
—¿Y de dónde es este mapa? —preguntó él, señalando el dibujo que se deshacía con el calor de sus alientos.
—De las calles que no existen. De las ciudades donde nunca llegué.
Así, en ese vagón con olor a metal y humedad, Alexandre creyó recordar por qué había amado los mapas alguna vez: por sus promesas. Ella se lo recordó sin palabras. Él miró por la ventana. Una vieja vendedora de castañas ascendía empujando el carro, saludando al funicular como cada mañana, su figura difuminada en el vaho.
—Siempre estamos llegando y, a veces, nunca llegamos —dijo la mujer, bajando la vista.
La frase quedó suspendida mientras el funicular se detenía con su estrépito habitual en la estación superior de la Bica. Alexandre pensó en dejar que la vida prosiguiera como siempre, adelantar a la mujer en la bajada, apresurarse hacia el hotel donde nadie esperaba nada distinto. Pero algo distinto sucedió: la mujer recogió su bufanda, la ajustó sobre el abrigo y, antes de cruzar la puerta, se volvió hacia él fugazmente.
—Me llamo Clara.
Él contestó casi sin voz, arrastrado por una timidez adolescente. “Alexandre”, dijo, extrañado de la familiaridad de pronunciar su propio nombre. Clara no respondió; se perdió entre la niebla del tramo empinado, y Alexandre la vio desaparecer con una sensación de falta. Volvió a pensar en los mapas, en los dedos sobre el cristal, en todas las calles que no existen.
El resto del día transcurrió en el hotel como si algo invisible hubiese alterado el aire. Al principio pensó que era la humedad, o tal vez el cansancio acumulado en los huesos. Pero al registrar a los primeros huéspedes, al preparar los cafés para los turistas asustados por la lluvia, notó una leve impaciencia: algo así como el deseo de volver al funicular y ver si la nota extraña de la mañana se repetía. Para él, las jornadas eran un tránsito monótono de maletas y saludos en varios idiomas que nunca le pertenecieron. Sin embargo, ahora ese escenario le parecía falsamente estático, como si algo dentro hubiese empezado a moverse.
Esa noche, mientras revisaba cuadernos antiguos —mapas escolares, caligrafías torpes de alumnos que ya olvidaron su nombre—, Alexandre volvió a sentir la presencia intangible de Clara. A la mañana siguiente, arrastrado por ese impulso que no sabe explicar quien hace mucho ha dejado de buscar sorpresas, llegó unos minutos antes a la parada del funicular. El vagón estaba vacío. Esperó.
Fue el tercer día cuando la vio de nuevo, en el mismo asiento junto a la puerta, dibujando con la yema del dedo sobre el cristal frío. Esta vez, Clara se le quedó mirando con una sonrisa, invitándole al juego.
Durante las semanas siguientes, las conversaciones se sucedieron con puntualidad y una extraña forma de expectativa sensibilizada. Nunca iban más allá del trayecto: desde la Rua da Bica hasta la estación superior. Alexandre se acostumbró a los dibujos de Clara, a sus historias inventadas sobre ciudades invisibles; ella comenzó a preguntarle sobre las escuelas donde había trabajado, los viajes que nunca se atrevió a hacer cuando era más joven. Hablaron de libros, de músicas que solo conocen los insomnes, de la dificultad para encontrar sentido en los días que se parecen tanto. Hablaron, sobre todo, del miedo a perder cosas. O personas.
Clara nunca aclaró dónde vivía ni a qué se dedicaba. Alexandre evitaba interrogar más allá de lo evidente; prefería la disciplina de esas conversaciones breves, el límite impuesto por el traqueteo antiguo del funicular. Al bajar, cada uno tomaba una dirección. Sin embargo, los mapas en el cristal comenzaron a parecerse a Alexandre: dibujaba la línea del tranvía, los portales del barrio, incluso el perfil inconfundible de un funicular subiendo despacio como su propia biografía.
A veces Clara llevaba un libro de tapas desgastadas. Leía en los trayectos, pero interrumpía la lectura si Alexandre entraba en el vagón. Tenía una manera de mirar hacia arriba, de aletear las pestañas, que a él le resultaba escrupulosamente familiar. Así fue colándose en su rutina: como un elemento más del paisaje, pero también como una intrusión amable, un recordatorio de que, incluso en una ciudad tan antigua y cansada como Lisboa, algo podía cambiar.
El invierno dio paso a una primavera húmeda, y los jacarandas comenzaron a florecer. Las lluvias escasearon y el funicular se llenó de turistas; sin embargo, Clara y Alexandre lograban encontrarse casi a diario, esquivando en silencio a los curiosos. Un mediodía, cuando el vagón iba prácticamente vacío y la luz desbordaba los ventanales, Clara le preguntó por qué había dejado la educación. Alexandre tardó en responder.
—Ya no podía decir nada que no estuviera escrito en los libros. Ni siquiera podía inventar mapas nuevos.
Clara asintió, solemne. El silencio resultó inesperadamente doloroso.
—Hay lugares de los que uno se marcha para no volver —dijo ella, como si confesara algo propio.
Esa vez, al llegar al final del trayecto, Clara le esperó un instante en el andén. Alexandre, inseguro, la acompañó dos calles más allá —era la primera vez que proseguían el trayecto juntos—. Allí, en una plazoleta desierta, Clara se detuvo, le cedió el libro que leía y dijo:
—Quizá mañana ya no quiera dibujar más mapas —y desapareció, fundiéndose con la multitud apresurada.
Aquella noche, Alexandre leyó el libro: relatos breves de Pessoa, donde todo parecía hablar de extravío, de saudade, de vidas posibles. Mientras leía, imaginó la posibilidad —remota pero inminente— de que Clara se cansase de la rutina, de que dejara de tomar el funicular, de que sus manos nunca más dibujasen un mapa en el cristal empañado.
Y así fue. Al día siguiente, y al otro, Clara no apareció. Pasaron tres jornadas, luego toda una semana. El funicular continuó su marcha paciente. Alexandre, en silencio, comenzó a pintarse a sí mismo en el reflejo del cristal, una y otra vez, borrando y rehaciendo el trazo conforme avanzaba el vagón por la pendiente. Lisbon seguía igual, con sus colores claros, su gente apresurada, sus calles empinadas. Pero para él, algo se había desplazado; una costumbre irremplazable se le había infiltrado, y no habría modo de regresarla al punto anterior.
Un martes de mayo, de improviso, encontró pegada al respaldo de su asiento una nota escrita en la contraportada del libro: “La ciudad es más fácil contigo. Quizá, algún día, los mapas vuelvan a inventarse”. No había firma. Pero estaba el dibujo de un funicular subiendo una cuesta, y dos figuras sentadas una frente a la otra.
Durante el resto del año, Alexandre buscó a Clara con los ojos cada vez que subía. La esperaba sin desesperación, con la paciencia resignada de quien ha aprendido a aceptar las bifurcaciones y las derivas de los mapas vitales. De vez en cuando, encontraba a otros dibujantes de neblina. De vez en cuando, el funicular avanzaba vacío, o repleto de voces ajenas. Y sin embargo, la pequeña posibilidad —esa rendija— permanecía abierta en la rutina.
Quizá nunca volvió a encontrar a Clara. Quizá sí, una mañana cualquiera, y simplemente los dos reconocieron en sus rostros el inconfundible gesto de los viajeros antiguos: los que saben que el lugar al que se llega nunca es —ni será— exactamente el lugar del que uno partió.
Lisboa seguía desplegándose bajo el funicular, con todas sus calles posibles y todas sus pérdidas. Y, al mirar la ciudad descansando bajo la bruma, Alexandre al fin comprendió: hay mapas que sólo existen cuando alguien mantiene el pulso tembloroso de querer dibujarlos, aunque sea a ciegas, sobre el vaho de un cristal.
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