Fragmento:
La cantina de Fayette, al filo del pueblo, había dejado de ser bulliciosa mucho antes de que la luna asomara aquella noche. Hubo un tiempo en que el piano tintineaba y las risas rodaban como monedas caídas, pero ahora solo quedaban ecos y un aire cansado, de madera y polvo viejo. Bob Lane, encorvado junto al mostrador, soplaba el humo de su cigarrillo hacia las telarañas. Apenas levantaba la vista cuando el viento mecía la puerta de vaivén; ya no esperaba nada del mundo, ni siquiera el sonido de unos pasos desconocidos viendo entrar el desastre con forma de hombre.
Duración: 04:18
La cantina de Fayette, al filo del pueblo, había dejado de ser bulliciosa mucho antes de que la luna asomara aquella noche. Hubo un tiempo en que el piano tintineaba y las risas rodaban como monedas caídas, pero ahora solo quedaban ecos y un aire cansado, de madera y polvo viejo. Bob Lane, encorvado junto al mostrador, soplaba el humo de su cigarrillo hacia las telarañas. Apenas levantaba la vista cuando el viento mecía la puerta de vaivén; ya no esperaba nada del mundo, ni siquiera el sonido de unos pasos desconocidos viendo entrar el desastre con forma de hombre.
Elsa Dunne limpiaba vasos a su ritmo, esas manos marcadas que sólo eran rápidas cuando reñían o acariciaban. “Ha pasado mucho tiempo”, murmuró, pero Bob apenas la oyó. Él miraba de reojo cómo el crepúsculo tragaba el horizonte detrás del ventanuco. Un caballo sin jinete relinchó a lo lejos. Fayette enmudecía al caer la noche; los que tenían miedo se atrincheraban y quienes no, simplemente no tenían nada que perder.
Afuera, el polvo se arremolinaba como si supiera que pronto tendría más cuerpos que ocultar. Por la carretera llegó un forastero, reconociendo con la mirada la debilidad de un lugar que se estaba disolviendo en sus propios recuerdos. Era alto y flaco, y la sombra de su sombrero, más pesada que la voz con la que pidió whisky. Elsa no preguntó su nombre, pero Bob lo estudió de lado. El revolver era nuevo y la mirada, vieja. Un hombre con asuntos pendientes.
“Me dijeron que aquí se encontraba a gente honesta”, dijo, jugando con su vaso. Elsa resopló una risa cortita, de las que cortan, y Bob murmuró: “Hace años que dejaron de venir.” Por un instante, el silencio se hizo insoportable. El forastero tragó el licor en dos tragos y luego dejó caer una moneda sobre el mostrador como si no valiera más que el polvo bajo sus botas. “Busco a un tal Evers”, dijo. Elsa giró la cabeza hacia Bob. Bob levantó la mirada al fin.
Evers. Nadie pronunciaba ese nombre desde la última vez que Fayette sangró. Bob se imaginó el rancho medio hundido en la maleza, la cerca desmoronada y el viejo pistoleo aún resonando, como si no pudiera desprenderse. “Si tiene suerte, está muerto”, le soltó Bob, dejando caer las palabras como ceniza. El forastero se encogió de hombros. “Ojalá no, señor. Vengo a cumplir una deuda.”
Elsa suspiró, bajando el último vaso limpio. “Las deudas aquí no se pagan, forastero. Solo cambian de dueño”. El forastero la miró, sonriéndole con los ojos cansados. “Lo sé, señora. Pero uno tiene que intentarlo.”
El reloj rechinó el avance de la noche. Afuera, un perro aulló como si le respondiera al viento. Bob se puso de pie, dejó la copa sobre la barra. “No quiero otro muerto en mi piso”, murmuró a Elsa. Pero ella ya estaba contando los cuerpos posibles.
El forastero salió primero; Bob lo siguió. Solo los perros —y los que llevan mucho tiempo viendo morir hombres— sabían cuándo habría plomo en el aire. Fayette tembló apenas cuando, allá cerca de la vieja estación, el forastero gritó el nombre de Evers. Nadie respondió. Una lechuza se lanzó desde el granero, y los grillos callaron un momento, como si el pueblo mismo contuviera la respiración.
Bob vio la silueta de Evers antes de que saliera de las sombras. El cabello más gris, la mirada aún más dura que en los días en que el oro parecía durar, pero la pistola colgando igual: lista, temblorosa de historia. Evers alzó la voz sin rencor: “Ya no peleo por nada, muchacho.” El forastero bajó la cabeza. “No vengo por pelea, señor. Vengo por perdón.”
El silencio de los hombres viejos, de las tierras sin esperanza, llenó la calle. Bob, Elsa y el viento escucharon la confesión: nombres olvidados, promesas rotas, un anillo de plata empuñado con manos sucias. La luna vio lágrimas donde otros habrían jurado ver sangre.
“Perdónese usted”, le dijo Evers. El forastero se marchó en la madrugada, devolviendo a Fayette lo único que la vida le permitía guardar: una memoria menos para doler. Y así, bajo la densa sombra púrpura que precede al alba, los vivos siguieron bebiendo y los muertos —en Fayette y fuera de ella— finalmente descansaron.
Era el fin de algo más que una noche. Era el fin del tiempo en que los hombres podían enterrar todo menos su propio cansancio.
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