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Portada del relato La última polvareda del horizonte
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Fragmento:


Pidió una copa de bourbon a Myrna, que no le devolvió sonrisa ni mirada. Ella tampoco tenía mucho más que dar. Él bebió de un trago largo, sintiendo el ardor esparcirse como brasa vieja. Al fondo, una cara que reconocía de otros inviernos se giró: era Vogel, la última sombra de una banda que cosechó miedo cuando las cosechas aún valían la pena. Vogel tenía los ojos hundidos, el cabello revuelto por el tiempo y una mano dentro de la casaca.

Duración: 04:51

La última polvareda del horizonte
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La noche caía lenta, deslizando sombras frías sobre los matorrales resecos y los retazos de alambrado que alguna vez separaron la esperanza del hombre de la obstinación silvestre del desierto. Ethan MacAllister espoleó con suavidad a su cansado caballo mientras el ocaso abría una herida naranja entre las sierras desgastadas. Tenía el sombrero ladeado, el abrigo largo tapando el revólver y la mirada del que calcula, no ya los peligros, sino el peso de todas las derrotas que sumó por el camino.

No quedaba mucho en Dry Valley, ni mucho de él mismo para repartir. El saloon estaba casi vacío, salvo por algún borracho con la cabeza desplomada en una mesa y el traqueteo monótono de una camarera agotada. MacAllister dejó las riendas al poste, notó la madera astillada bajo los dedos. Entró, y el rechinar de sus botas sobre el tablón fue como un anuncio que nadie quiso escuchar: los días buenos se fueron volando, solo quedaba polvo y mala memoria.

Pidió una copa de bourbon a Myrna, que no le devolvió sonrisa ni mirada. Ella tampoco tenía mucho más que dar. Él bebió de un trago largo, sintiendo el ardor esparcirse como brasa vieja. Al fondo, una cara que reconocía de otros inviernos se giró: era Vogel, la última sombra de una banda que cosechó miedo cuando las cosechas aún valían la pena. Vogel tenía los ojos hundidos, el cabello revuelto por el tiempo y una mano dentro de la casaca.

“Pensé que estarías muerto o lejos, Ethan,” gruñó en voz ronca, como un perro sarnoso al que han pateado más veces de las que merece.

“Ambas cosas,” respondió Ethan, relamiendo el alcohol de los labios secos. “A veces, la vida te entierra de pie.” Se giró al rumor quejumbroso de la tormenta lejana, sin decidir si era trueno o disparo atrasado.

Hubo un silencio incómodo, vibrando más denso que la polvareda en el aire. Entre ambos, solo los años y las afrentas que nunca se apagan. Ethan sabía para qué había vuelto, así como olía la promesa de sangre en las noches templadas: aquí nadie encontraba redención, solo una mínima tregua antes de la cuenta final.

Vogel se levantó torpemente, la silla rechinó. Ethan se tensó. Myrna dejó una botella vacía entre ellos como única mediadora. Vogel soltó una risa grotesca, llena de espinas. “Dicen que los hombres duros se mueren despacio, ojalá fuera cierto. Yo me voy pudriendo cada día más rápido.” Sacó de la casaca una carta arrugada, la tiró sobre la mesa.

Ethan la cogió. La letra era de una mano temblorosa, pero reconocible: Abigail, la mujer que ambos amaron, la que huyó antes de que la vida la devorara por completo. Las palabras apenas podían sostener la tinta, hablaban de un hijo, de deudas, de perdones imposibles.

Las horas pasaron lentas. El viento traía polvareda y el olor de lejanos incendios. Afuera, un grupo de forasteros jugaba a las cartas con las reglas de la pólvora. Ethan supo que Vogel buscaba terminar viejo el duelo que ambos arrastraban, pero no aquí, no ahora. No en presencia de la memoria compartida de una mujer. Así que salieron juntos al amanecer, cuando el sol era solo una brizna herida en el horizonte. A cada paso, la tierra gritaba bajo las botas, y los pájaros fugaces marcaban tumbas invisibles sobre el lodo.

Ningún testigo salvo la pradera, el tiempo y la promesa rota. A veinte pasos uno del otro, los labios secos, el sudor frío en la frente y la mano vagando cerca del cinto. Ethan no sentía odio ni redención: solo el cansancio de mil derrotas, el deseo de cerrar el círculo y descender por fin al silencio. Vogel disparó primero, el estruendo reverberó en los huesos del paisaje. El tiro erró de puro temblor, o porque la mano ya solo servía para escribir cartas.

Ethan levantó su revólver, pensó en Abigail, en el hijo, en la mujer con la esperanza aún en los ojos. Bajó el arma. “Se acabó, Vogel. Todo se termina, hasta la sangre entre nosotros.” Vagó su voz como el último eco de una tormenta que se disipaba. Vogel cayó de rodillas, vencido por el abandono, el arma colgando de la mano suelta.

Ethan se alejó, sin girar la cara, mientras el viento le arrancaba de los labios una oración seca, apenas audible. Volvió al valle y a la soledad que había cultivado toda una vida, sabiendo que ya nada volvería a crecer, salvo la memoria de lo que fue, y la ceniza roja del horizonte.

Al cabo de un tiempo, Myrna dobló el letrero de “cerrado” y echó el pestillo al saloon. Los últimos hombres duros habían partido, y el oeste se extendía, cada vez más viejo y gris, con las tumbas creciendo bajo el sol sin testigos. Una vez más, la vida en la frontera se vació de significado en el eco solitario de unos pasos y una decisión que nunca encontraría reposo, ni redención, ni olvido. Solo esa brasa sin ceniza que es el ocaso de los hombres.

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