Fragmento:
Ethan McCrae se perfiló en el umbral, silueta derruida, sonrisa torcida. Llevaba años buscándolo. Tenía la mirada fatigada de quien ha dormido en más sitios de los que recuerda, cada uno menos misericordioso, pero aún sostenía un brillo al acecho, la chispa de la venganza demorada. Lila, desde la barra, no apartaba la mirada. Sus ojos reflejaban lámparas humeantes y años de secretos.
Duración: 04:20
El día huía ya, derramando los últimos ríos de oro viejo sobre la frontera. Entre los álamos resecos y la vasta soledad que zumbaba de chicharras y polvo, Gregor yacía apoyado en la tapia desmoronada de la cantina. Una estación más y sólo quedarían los huesos: suyos, del pueblo, de toda esta vida esculpida en barro y sangre seca.
Han pasado tantos años desde el sonido limpio de campanas y promesas. Ahora, sólo las bisagras chirriantes y los pasos arrastrados rompen el silencio, pequeños ecos de una civilización que se diluye en la nada. Nadie se aventura tras el anochecer en el Paso Brujo, y menos aún en la cantina de Lila, la última mujer que persiste en servir whisky y muerte por igual.
Gregor contemplaba la puerta, un par de tablas torcidas bajo la calidez moribunda. La aguardaba un cliente; lo reconocería por la manera en que el viento cambiaba al arrastrarse con sed entre los cascos y el polvo. Un reguero de huellas en la tierra endurecida marcaba la llegada de alguien, recio como la tierra misma, lento como la culpa.
Ethan McCrae se perfiló en el umbral, silueta derruida, sonrisa torcida. Llevaba años buscándolo. Tenía la mirada fatigada de quien ha dormido en más sitios de los que recuerda, cada uno menos misericordioso, pero aún sostenía un brillo al acecho, la chispa de la venganza demorada. Lila, desde la barra, no apartaba la mirada. Sus ojos reflejaban lámparas humeantes y años de secretos.
“El tiempo pasa incluso para los cuervos”, murmuró Gregor, apenas audible. La frase no era un saludo, más bien una invitación tenue al silencio o a la sangre.
El otro soltó una risa agria. “Venía por ti cuando aún creías que huir era cosa de piernas rápidas, no de almas cansadas.”
Una pausa, como si la noche apenas recordara cómo moverse. Detrás de la barra, Lila rellenó dos vasos, sus dedos ligeros, el gesto de quien ya vio demasiadas historias extinguirse en una pelea absurda por algún error polvoriento. Afuera, la luna subía lenta, redonda y amarilla —como el ojo de una vieja vaca testaruda— sobre los escombros, cerniéndose sobre la escena.
Ethan no se sentó. Gregor tampoco esperaba que lo hiciera. En la mesa más alejada, cerca de la ventana astillada, un anciano dormitaba abrazado a su sombra. El tiempo se extendía entre todos, viscoso, ardiendo con un recuerdo que sólo podía terminar de un solo modo.
“He soñado tantas veces con este momento,” dijo Ethan, por fin, su voz rugosa y delgada. “Pero ahora, viéndolo de cerca… Hay menos luz de lo que imaginé. Más frío.”
Gregor sacó su revólver y lo dejó sobre la mesa, mecánicamente, como un carnicero sacando el cuchillo. Lo miró a los ojos, vio allí la muerte, sí, pero también el cansancio: un espejo de sus propios pecados.
“Acabemos con esto. Para que algo, lo que sea, termine hoy,” murmuró.
Lila, con esa resignación muda de quien entiende la tragedia mejor que la esperanza, se apartó en silencio. El tic tac del viejo reloj de pared marcaba el compás final, un corazón desesperado por latir, aunque fuera por última vez.
Pero el destino rara vez es tan sencillo. Un disparo, ensordecedor en el vacío, derramó una línea oscura sobre la mesa. Fue Ethan quien cayó primero, el pecho agujereado por la traición de sus propios temblores, la vida escapando con ese resuello quebrado de los que ya no desean más venganza, sólo reposo.
Gregor observó en silencio, apoyando de nuevo la espalda en la pared. No había victoria, sólo un cese. Deseó con fuerza sentir algo, lo que fuera. Pero la culpa es una savia densa; mancha y permanece.
El pueblo dormiría ignorante u olvidado. Mañana mirarían el cuerpo, alguien murmullaría una plegaria, la vida seguiría resbalando hacia la ruina y el ocaso. Lila callaría, limpiando la barra, los vasos, los rastros de sangre, con esa paciencia de quien sabe que no hay salvación al oeste del adiós.
Cuando Gregor salió a la calle, la luna ya miraba altiva, la brisa era sólo polvo en los labios. Miró atrás, una vez más, y supo que los días gloriosos nunca volverían. Esa era su absolución: nada resta, nada redime. Siguió caminando, hombre y espectro, hasta que las sombras lo devoraron.
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