Fragmento:
Carver desmontó y se sacudió el polvo de los vaqueros. No había nadie fuera, y sospechó que lo estaban mirando ya desde adentro, tal vez contemplando su porte o descifrando si era amigo o amenaza. En el Oeste nunca eras uno solo: siempre eras lo que los demás temían que fueras. Empujó la puerta, sintió el brusco silencio, las miradas arrastrándose como escorpiones al rincón más hondo. Dentro olía a sudor reseco y madera vieja. Al fondo, un hombre con una cicatriz en la mandíbula servía whisky. A su lado, una mujer de pelo oscuro no apartaba la vista de las cartas en la mesa.
John Carver cabalgaba despacio, la espalda tiesa y la vista fija en el horizonte. La sierra, allá al fondo, cortaba el cielo en líneas azules y grises, y la brisa traía consigo olores de salvia machacada y tierra caliente. Cerca de la frontera, los caminos son todos inciertos; donde hay polvo, puede haber huellas, y donde hay huellas, puede comenzar la desgracia. Tenía un encargo. También tenía su soledad, que pesaba tanto como el revólver a su cintura.
Se acercaba la hora del crepúsculo y los llanos ya eran un mar de sombras. Desde el regreso de la mina aquel invierno, no había vuelto a ser el mismo. El silencio de los túneles lo perseguía en los sueños, y los hombres como él acarreaban muchas noches sin dormir. Su caballo resopló. En la distancia, el perfil de una cantina rugosa relucía con el último sol, las ventanas entornadas, una promesa de calor y de whisky barato.
Carver desmontó y se sacudió el polvo de los vaqueros. No había nadie fuera, y sospechó que lo estaban mirando ya desde adentro, tal vez contemplando su porte o descifrando si era amigo o amenaza. En el Oeste nunca eras uno solo: siempre eras lo que los demás temían que fueras. Empujó la puerta, sintió el brusco silencio, las miradas arrastrándose como escorpiones al rincón más hondo. Dentro olía a sudor reseco y madera vieja. Al fondo, un hombre con una cicatriz en la mandíbula servía whisky. A su lado, una mujer de pelo oscuro no apartaba la vista de las cartas en la mesa.
—Busco a Will Hanlon —murmuró Carver, dirigiéndose al cantinero.
El tipo de la cicatriz chasqueó la lengua, sin levantar la vista—. ¿Vivo o muerto?
Carver se encogió de hombros—. Eso lo decidirá Will.
La mujer de la mesa esbozó una sonrisa cansada, como quien ha gastado demasiada vida entre tragos y mentiras. —Hace días que nadie pregunta por Will Hanlon con esa cara —dijo, y entonces rebuscó una moneda en la faltriquera—. ¿Tienes prisa o hambre?
Carver la evaluó de un vistazo. Aquí, las mujeres no eran flores, eran cardos fuertes y viejos, con más cicatrices que los maridos. —Sólo sed —contestó.
Se sentó al mostrador, sintiendo detrás el siseo de cuchicheos. Era un hombre alto, los cabellos ya tocados por la ceniza, una arruga vertical partiendo la frente en dos. Los días en el camino lo habían vuelto arisco. Esperó a que le sirvieran, y cuando llevó el vaso a la boca, un murmullo nuevo creció cerca de la ventana.
La puerta volvió a golpear. Tres hombres entraron, cargados por el polvo, sombreros bajos y botas gastadas. El del centro era Will Hanlon: más joven de lo que Carver esperaba, pero con la sonrisa torcida de los que ya han matado y no se han arrepentido. Will se detuvo en seco al verlo.
—Escuché que me buscabas, Carver —dijo, esbozando una media sonrisa.
La tensión se estiró como una cuerda vieja. Nadie tocó las armas, pero todos en la cantina sabían que estaban a punto de ver sangre. La mujer dejó caer las cartas y se levantó, los ojos ardiendo de miedo y deseo.
—Will… —susurró ella, pero él ni la escuchó.
—Te buscan en Silver Creek —dijo Carver—. Me pagaron por llevarte. No pregunté los motivos.
Will sacudió el polvo del abrigo. —¿Vas a arrastrarme, Carver, o piensas convencerme con palabras?
Carver no era hombre de muchas palabras. La experiencia le había enseñado que, en la llanura, sólo hay un lenguaje que el miedo respeta. Con movimientos lentos, calculados, se giró hacia Will. Los ojos de los otros dos hombres estaban clavados en él, manos muy cerca de sus armas. En ese momento, la cantina era el confín de todas las desgracias.
—Me da igual si vienes caminando o amarrado a la silla de tu caballo —dijo Carver—. Alguien en Silver Creek cree que tienes cuentas pendientes.
Will resopló y, en un abrir y cerrar de ojos, desenvainó la pistola. El relámpago de acero cruzó la penumbra; Carver giró la muñeca y disparó sin pensar. El estruendo ahogó los gritos, dos hombres cayeron al suelo, y el humo de los revólveres flotó azulado entre las vigas del techo.
Carver se acercó a Will, que jadeaba en el polvo del suelo con un hilo de sangre en la camisa. Los otros dos no se movían. La mujer había encogido el cuerpo tras la barra, con lágrimas abiertas en el rostro.
—¿Por qué siempre esperáis que la vida sea justa? —susurró Carver, agachándose junto al postrero aliento de Will.
La puerta se abrió otra vez. Era el sheriff, desarmado, mirada cansada.
—Vas a tener que responder por esto, Carver —dijo sin dureza, sabiendo que nadie más iba a contar la historia.
Carver asintió. Sabía que el Oeste no era tierra para héroes; era donde las sombras se comían a los hombres antes que el tiempo. Afuera, la noche caía por el Valle del Tordo, y sólo la silueta de un viejo caballo se perdía en la polvareda de un camino sin dueño.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.