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Portada del relato El último regreso de Carter Lee
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Fragmento:


En un rincón, dos jugadores de cartas se esfumaron lentamente hacia la puerta, dejando sobre la mesa una pila de monedas y un aire insoportable a derrota. Todo Willow Bend sabía por qué Carter Lee había regresado: rumores de que Bill Maddox estaba de vuelta, trayendo consigo una cuadrilla de forasteros de la mano izquierda, hombres sin escrúpulos capaces de quemar un establo solo para ver el brillo del fuego en los ojos de los vivos.

Duración: 05:36

El último regreso de Carter Lee
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La luz se filtraba en hilillos ígneos entre los tablones de la destartalada puerta del salón Marigold, allí donde hasta las ratas preferían hacer sus tratos de madrugada, y el polvo tenía su propio lenguaje antiguo. Carter Lee entró inclinando la cabeza, sombrero bajo, la mano sobre la culata de su Colt, y en el local el silencio cayó como plomo fundido. Habían pasado años desde la última vez que cruzó esa calle, y sin embargo, la sangre de la madera parecía aún recordar el eco de sus pasos.

Se quitó el sombrero, y todos en el salón pudieron ver la cicatriz encima de su ceja izquierda, recuerdo de un tiempo donde los forasteros aún soñaban con oro y justicia. Detrás de la barra, Mabel toqueteó un vaso con manos fuertes, y aguardó sin decir palabra mientras Carter, con una lumbre de tensión en los músculos, se dejaba caer en el taburete más cercano a la pared, allí donde ningún hombre con deudas preferiría tenerlo cerca.

—No pensé que volverías —dijo ella al fin, la voz tan seca como el whisky barato que servía.

—Tampoco yo —respondió él, y miró su reflejo distorsionado en el viejo espejo, preguntándose si en ese rostro endurecido aún quedaba algo que mereciera la pena.

En un rincón, dos jugadores de cartas se esfumaron lentamente hacia la puerta, dejando sobre la mesa una pila de monedas y un aire insoportable a derrota. Todo Willow Bend sabía por qué Carter Lee había regresado: rumores de que Bill Maddox estaba de vuelta, trayendo consigo una cuadrilla de forasteros de la mano izquierda, hombres sin escrúpulos capaces de quemar un establo solo para ver el brillo del fuego en los ojos de los vivos.

Carter no era un hombre de muchas palabras, pero la noticia le había mordido como la víbora que a uno le pisa sin mirar. Maddox y él compartían más que una historia de plomo y miedo: también una promesa rota hecha bajo las estrellas, muchos años antes, cuando los dos eran apenas muchachos y el mundo aún podía llamarse hogar.

El atardecer cayó en ámbar sobre el pueblo. Un viento del norte traía el aroma de los pinos y la desconfianza, y Carter supo que esa noche sería larga. Afuera, los caballos relinchaban inquietos, detectando la violencia flotando en el aire como ese fino polvo seco que anuncia tormentas.

Mabel dejó caer un vaso frente a él, sin preguntar, y a su lado dejó un pequeño papel doblado. Carter lo abrió con dedos tensos: “Oeste de los corrales, medianoche. Vienen armados.”

No hacía falta firma. Carter Lee reconocía la letra de Lucille, la hija del viejo quincallero, y la sola mención a los corrales le trajo de golpe los recuerdos: carreras a caballo bajo la lluvia, una noche de primeros besos y, al fondo, el estruendo de disparos bajo un firmamento sin dioses.

Dejó una moneda en la barra, la mitad de una promesa, y salió sin mirar atrás. El aire le golpeó el rostro como si hubiese cruzado miles de millas en una sola exhalación. Cruzó la calle lentamente, la mano firme en el revólver. El ruido de sus pasos resonaba en el polvo, hueco y definitivo.

Hacia el oeste, las últimas casas parecían derretirse en la sombra y la lejanía. Bajo la luna, cerca de los establos, un grupo de sombras aguardaba. Distinguió a Maddox —el inconfundible perfil ancho, el sombrero calado hasta los ojos, y esa calma brutal de quien sobrevivió a demasiados inviernos en los márgenes de la ley—. Junto a él, la cuadrilla: hombres de miradas huecas, cuerpos curtidos por la vida a caballo y la muerte al alcance de una bala.

Lucille estaba allí también, atada a un poste, el rostro desafiando la desesperación. Maddox la mantenía como anzuelo; la crueldad era su lenguaje favorito. Carter supo entonces que mucho más que su propio destino bailaba en el filo de la pelea.

—Nunca debiste regresar, Lee —gritó Maddox, los dedos tamborileando el revólver—. Este es el fin.

En ese instante, en el extraño claroscuro de la noche, Carter sintió cómo el pasado y el presente se fundían en una ráfaga fría. Cada músculo, cada viejo resentimiento, cada noche de insomnio traía el momento a su peso justo. Respiró hondo. La pistola en la mano no era sólo un arma: era la justificación y la condena, el lazo con un mundo que él mismo había ayudado a destruir.

El primer disparo fue de Maddox, indisciplinado, doloroso en el aire. Carter sintió el roce de la bala y respondió de inmediato. La pólvora floreció entre ellos. Hubo un estallido de gritos, el silbido de otra bala y, de pronto, el silencio: breve, espeso, el eco de la muerte.

Carter cayó a una rodilla, la sangre manando espesa de su muslo. Lucille movió los hombros, forcejeando, pero él ni la miró: solo había espacio para el frío y la necesidad de seguir respirando, de dejar al menos una huella en esa tierra que lo había parido duro. Uno a uno, los hombres de Maddox cayeron, el trabajo de un letal y cansado soñador al que sólo le quedaba la puntería como último consuelo.

Al final, cuando Maddox, acribillado en el pecho, cayó de espaldas al barro, Carter camufló la pistola bajo el abrigo, y con su último esfuerzo desató a Lucille. En su mirada, ella leyó todo lo que nunca habían dicho, y durante un segundo el mundo fue solo el susurro del viento y las promesas incumplidas de otro tiempo.

Willow Bend sobreviviría una noche más. Carter, cojeando, se perdió entre las sombras, sabiendo que la paz, en esos parajes, era apenas el resuello entre dos disparos. Pero aquel amanecer, mientras la sangre aún marcaba su paso en la tierra, Carter Lee fue, solo por unas horas, un hombre libre.

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