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Portada del relato El Último Saludo
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Fragmento:


La sed apretaba en la tráquea, y la garganta era un cuenco vacío. Samuel podía oír el lejano rumor del río; cuerda floja para él y su bestia. Ató las riendas en corto y descendió entre las peñas, atento. No hizo falta afinar mucho el oído: una risotada quebró el silencio, áspera como soga sin curtir. Frente a él, entre las sombras de los ocotillos, aparecieron los dos menores de los Pierce, Rufus y Clay, con la desvergüenza pintada en las facciones y el plomo al alcance de la mano.

Duración: 04:08

El Último Saludo
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La tarde había comenzado a arder desde temprano sobre el lomo de la vastedad, extendiendo una manta invisible de fuego desde el cañón hasta la última línea de mezquites lejos de los corrales. Samuel Flynn escupió tierra, se subió el pañuelo al cuello y siguió cruzando el sendero polvoriento sin volverse ni una sola vez hacia el pueblo que dejaba atrás. Los tejados eran apenas cicatrices en el horizonte, y todos los conocidos allí sabían que aquel hombre de las botas sucias y la mirada dura solo volvería muerto, o si tenía suerte, a por su venganza.

El caballo leía el ánimo de su jinete tan bien como un lobo olfatea sangre. El animal caminaba tenso, costillas marcadas, la mirada siempre alerta, porque por esas tierras el peligro tenía la educación de atacar solo cuando uno menos se lo esperaba. Samuel sentía la extensión del revólver contra su muslo; el peso de la culata era un recordatorio de que toda cuestión, tarde o temprano, se resolvía con plomo en el Territorio.

Más delante, donde el sol declinaba y el polvo bruñía las siluetas, aguardaba la quebrada de Sombra Alta. Decían que era madriguera de zorros, de búhos y de hombres peores todavía. Hombres como los hermanos Pierce, cuyas huellas habían arrastrado lo mismo vacas que opiniones ajenas y tres familias que juraron venganza antes de quedarse en simple memoria entre las tumbas del camposanto. Samuel tenía razones de sobra para buscar a los Pierce. Razones enterradas cerca de la vieja estación de correo, donde la tierra aún guardaba el olor de la pólvora y del miedo.

La sed apretaba en la tráquea, y la garganta era un cuenco vacío. Samuel podía oír el lejano rumor del río; cuerda floja para él y su bestia. Ató las riendas en corto y descendió entre las peñas, atento. No hizo falta afinar mucho el oído: una risotada quebró el silencio, áspera como soga sin curtir. Frente a él, entre las sombras de los ocotillos, aparecieron los dos menores de los Pierce, Rufus y Clay, con la desvergüenza pintada en las facciones y el plomo al alcance de la mano.

–Andas ligero para un hombre con tanto muerto atrás –se burló Rufus, escupiendo un sorbo de tabaco al suelo marmóreo.

–Más vos, para un chico sin madre que le planche la camisa –respondió con voz rasa Samuel, sin sujetar el revólver, pero dejándole claro al aire quién mandaba.

Clay no habló, solo inclinó la cabeza, mirada rápido al cañón en la cadera de Samuel. Bajo ese sol dorado, un solo roce de la culata era suficiente para volver mortal toda palabra. Pero Samuel no había venido desde tan lejos para morir con la boca llena de tierra ni la panza de odio.

Las sombras crecían y la tensión era la cuerda de un laúd a punto de reventar. De repente, un disparo rompió el aire. Nadie apretó el gatillo: fue el eco de un relámpago lejano, uno de esos que la sierra vomitaba por la tarde como maldición. Pero el hechizo se rompió. Rufus se lanzó primero, pero Samuel ya tenía la pistola en alto, el cañón vomitando plomo y humo; el impacto lanzó a Rufus al polvo, la mano crispada en el aire. Clay vaciló, pero el miedo manda más que la sangre cuando huele a muerte. Sin dignidad, soltó el arma y rodó colina abajo, envuelto en un llanto seco y animal.

Samuel soltó el aire despacio, tanteando el pulso entre los dedos, y se acercó a Rufus, que moría sin palabras, la mirada implacable y llena de rencor.

–A veces, se paga tarde –murmuró el forastero. Luego cubrió el cadáver con el sombrero del muchacho y bebió al fin, agua y venganza mezcladas en la boca seca.

Volvió a subir a su caballo, empapado en sudor y polvo. Aún faltaba el mayor de los Pierce y Samuel sabía que aquella noche no habría sueño, ni para él ni para las aves que habitaban los árboles retorcidos. La luna sangraba débil sobre las rocas y en aquel silencio Samuel supo lo que significaba estar verdaderamente solo: no por la muerte cercana, ni por la huella de la venganza, sino porque el eco de las espuelas, allá a lo lejos, era el único canto que acompañaba a los hombres que han dejado de buscar algo mejor que el respeto.

El caballo avanzó, paso a paso, llevando consigo a un hombre cargado de polvo y cicatrices, mientras el desierto sepultaba en la oscuridad un secreto más.

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