Fragmento:
Pero el pueblo no sabía, y eso era lo importante. Lo único que de verdad flotaba en las bocas era el rumor de que Miller tenía cuentas pendientes. Tom Standish, entretanto, no se alejaba del Hotel Norwood, mientras su mano derecha no soltaba nunca la culata de su Schofield.
Duración: 04:43
El pueblo de Silver Branch descansaba, a la hora en que el sol atraviesa las persianas como una advertencia, al costado del polvo y la sangre. Una vez fue próspero, pero eso quedó atrás, y a la taberna no la sostenía más que el whisky rancio y los murmullos de ocasiones perdidas.
A esa hora, en el cobertizo detrás de la herrería, un hombre inclinaba la cabeza sobre una mesa cubierta de frascos, polvos y láminas de cobre. Arno Miller, cuyo acento arrastraba la tierra de Tennessee, no miraba a nadie a los ojos desde la vez que su pistola falló en el duelo contra Tom Standish, y desde entonces algo se había extraviado dentro de él.
En la otra parte del pueblo –es un decir, porque dos calles no hacen un pueblo, pero llamémosle así–, la gente notaba que Arno sacaba poco su revólver, aunque el frío que lo rodeaba era como el filo del acero. El sheriff Bellamy decía: “Miller viene gestando algo, y no es precisamente pan”, pero nadie prestaba mucha atención, excepto el propio Tom, que había empezado a temerle a las noches tranquilas.
El experimento de Arno era una mezcla de paciencia y obsesión: combinaba sales extrañas con trampas de ratón, cables de cobre trenzados con el candor de un niño, y a cada solsticio, ensayaba una explosión controlada detrás del corral de caballos. En el fondo, buscaba algo que superara la pólvora, buscaba el modo de quebrar el ciclo de violencia con una invención que cegara a todos los ruines, incluido él mismo.
Pero el pueblo no sabía, y eso era lo importante. Lo único que de verdad flotaba en las bocas era el rumor de que Miller tenía cuentas pendientes. Tom Standish, entretanto, no se alejaba del Hotel Norwood, mientras su mano derecha no soltaba nunca la culata de su Schofield.
Una semana antes de la feria de ganado, una explosión menor sacudió los ventanales de la taberna. La gente se asomó, vio humo pero nada más. Dos muchachos, entusiasmados, rondaban el cobertizo de Arno, hasta que él salió con la camisa rasgada y la mirada encendida. Nadie se atrevió a preguntarle, pero desde ese día, los perros ladraban cada vez que pasaban por allí.
Esa noche, Arno salió hacia el río, detrás del saloon, y encontró a Bellamy tomando aire y despotricando contra las cuentas del mes. Bellamy lo miró, y vio en sus ojos una densidad que no era de este mundo.
—Arno —dijo Bellamy, sin rodeos—. Si andás tramando algo, maldita sea, más vale que no se lleve por delante al pueblo.
—Nada es para el pueblo —repuso Arno—. Es para mí. Para acabar con algo.
—¿Con Standish?
Arno no respondió, pero Bellamy lo entendió igual. Hubo un silencio cargado. El sheriff decidió cambiar de tema.
—Dicen que la ciencia traída por forasteros nunca arregló una sola gotera en Silver Branch. Vos, que tenés cabeza para polvos y cables, ¿no pensaste en irte?
—¿Y dejar esto sin terminar?
—Es que hay cosas que no se terminan, Arno.
La noche bostezó después y ambos supieron que volvería a haber duelo, aunque eso era lo que Arno menos deseaba. Volvió a su cobertizo, al color naranja de su lámpara de aceite y al zumbido ansioso de las moscas.
En el alba, Tom Standish se presentó en la herrería. No iba armado esta vez, sólo traía el sombrero en la mano y el orgullo doblado.
—Arno —dijo, quedo—. Sé lo que estás intentando. Podríamos…
Pero la palabra quedó en suspenso, porque Arno levantó la mirada y supe que la culpa no tiene remedio.
—No vine por venganza, Tom. Si eso te preocupa —dijo Arno, y meneó la cabeza—. Vine a probar si la muerte se puede apagar.
—¿La muerte?
—El miedo. ¿No es lo mismo?
Tom sonrió triste. Luego, bajó los ojos al aparato que Arno tenía en la mesa: un artefacto feo y hermoso, con resortes y una manivela como una promesa.
—¿Eso es?
—La última vez —dijo Arno. Giró la manivela, y una chispa saltó. Después, un chorro de fuego azul iluminó la estancia. No era pólvora, no era dinamita. Era algo… limpio, una luz eléctrica, pero viva e inquieta.
Tom retrocedió, indeciso. Arno le sostuvo la mirada.
—Podrías dispararme, Tom. Terminaría el ciclo. Pero yo terminé con eso. Esta vez, busco otro final.
Tom alzó las manos vacías. En ese instante, el relámpago azul subió hacia el techo de madera, ondeando como un cometa, hasta que se extinguió con un suspiro. Cuando la penumbra regresó, ambos hombres comprendieron: era demasiado tarde para cambiar lo que habían sido. Pero el artefacto, humilde y brillante, había dejado una marca. Donde antes sólo pesaba la muerte, ahora quedaba una chispa de otra clase de peligro. Uno cuyo rumbo los hombres de Silver Branch tendrían que descifrar.
Así quedó la herrería en silencio, con el yunque aún caliente del experimento de Arno Miller. Y desde ese día, el pueblo miró distinto el camino que llevaba fuera, con la sospecha viva de que acaso el mayor experimento era intentar, aunque fuera a destiempo, no matarse mutuamente. Aunque sólo fuera por una chispa azul.
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