El sol caía a plomo sobre el desfiladero, arrancando destellos dorados de la cuerna seca y los guijarros. Nada se movía en la aldea de Crosscreek, salvo el humo que subía parsimonioso de la chimenea del saloon y dos halcones midiendo círculos en el cielo. Aquella mañana, la llegada de un desconocido rompió la calma reseca del pueblo.
Montaba un tordillo flaco, viejo por demasiados caminos. La chaqueta de paño mostraba remiendos y las pistolas, colgadas a la cintura, acostumbradas al roce y la prisa. Pocos repararon en su rostro curtido de cicatriz, pero todos sintieron el vaho de peligro que traía en la mirada.
Entró al saloon sin saludar. El piano bajó de nota, y un leve temblor recorrió el silencio. Se detuvo junto a la barra, pidió un whiskey y dejó caer una moneda oxidada, casi tanto como él. La camarera, una viuda llamada Maybelle, interceptó la moneda y sus ojos.
—¿De paso? —inquirió ella.
—Busco a un hombre —respondió el forastero, sin mirar arriba—. Un hombre con una herida reciente en la pierna, y prisa por marcharse.
Entre las mesas algunos intercambiaron miradas. En ese pueblo las heridas no pasaban inadvertidas, y la prisa solía traer plomo.
Del fondo se levantó un hombre rechoncho, el sheriff Jeb Hawkins. Su voz llegó como un trueno adormecido:
—Aquí no buscamos problemas, amigo. Ni estamos para cuentas antiguas. Si busca algo ilegal, sírvase irse por donde vino.
El desconocido enfrentó finalmente sus ojos y los del sheriff midieron fuerzas en un duelo mudo. El tiempo se estiró largo, como una cuerda a punto de romperse. El forastero no parpadeó.
—No busco problemas, busco justicia. Hay una mujer muerta y un niño esperando a su padre en Grayson. Vengo de lejos para llevarme a Burke Latham.
Un nombre, como una chispa en el alcohol. Burke Latham: trampero, a veces cuatrero, siempre mala suerte para quienes lo toparan. Había pasado por Crosscreek dos noches antes, herido de un balazo según contaba la barbería. Nadie gozaba de su compañía, pero nadie en ese desierto le negaba un vaso de agua a un hombre herido.
Jeb Hawkins escupió tabaco, lanzando un chasqueo de desaprobación.
—No acostumbro negociar con forasteros, pero Latham dio mala sombra desde que llegó. Media docena lo buscan vivo o muerto. ¿Quién dice que usted es distinto de los otros?
—No busco oro —replicó el forastero—. Solo una promesa. Déjeme cogerlo y me iré en cuanto pueda.
Una pausa, el peso de la justicia del oeste, siempre negociable y siempre costosa. Maybelle metió la moneda en el bolsillo, y así quedó sellado el trato, como suelen hacerse en tierra de nadie: sin ley, pero con palabra.
Esa noche, entre el rumor del aire y el crujir de las puertas, Crosscreek vivió encogido. Algunos guardaron balas por si acaso. Hombres y mujeres con cuentas pendientes arriba, en el cielo o abajo, en la tierra. El forastero veló el sueño bajo el mismo tejado que Burke, en la pensión de la viuda Miller, pero nadie lo sabía. Allí, junto a la fogata de aceite y la linterna que goteaba sombra, las horas pasaron lentas hasta que crujió la escalera.
Era Burke, digno en su derrota, arrastrando la pierna vendada con trapos sucios de sangre y miedo. Se quedaron callados un momento, contando los latidos, luego Burke soltó una risa cenagosa.
—¿Ya sabes que vas a morir tú también, verdad, Maine Will?
Maine Will. Así le llamaban los carteles y las balas viejas, por el estado donde empezó a correr antes de que la vida se le hiciera pequeña. No respondió, apuntó su revólver con fatiga y tristeza.
—No vine a morir. Vine a cumplir. Levántate.
Bajaron la escalera, dos sombras y el chirrido de la madera. Algunos huéspedes se asomaron, cuchillo en mano o Biblia bajo el brazo. Afuera, el aire olía a lluvia vecina, promesa de alivio o de barro inconcluso.
La calle estaba desierta pero viva. El relincho del tordillo, el farol oscilando viento. Jeb Hawkins los esperaba con la escopeta al hombro, unos testigos más en la tragedia de hombres cansados y destinos viejos.
Burke miró el cuchillo de su bota, luego a Maine Will. Sus ojos suplicaron por el perdón del que sabe, aun así, que no lo merece. Ninguno habló. El ritual del oeste requería silencio antes del trueno.
Maine Will hizo señas. Burke avanzó. Jeb asintió. Entonces, de la esquina salió la viuda Miller, pañuelo rojo, a terciar.
—Ya basta, hay cosas que no se arreglan pegando tiros. ¡Aquí no, no frente a mi pensión!
La súplica cortó el aire un segundo, justo el tiempo en que Burke, rápido a pesar de la herida, lanzó el cuchillo. Maine Will ladeó el torso, disparó. El cuchillo silbó contra la manga del forastero, su bala entró en la carne de Burke y lo detuvo en seco.
Burke cayó despacio, como si la tierra lo recogiera fatigada. Un balazo sin remordimientos, pero no sin tristeza. Jeb se acercó, revisó el cuerpo.
—No hay gloria en esto, Maine. Solo menos carga para el infierno.
—Eso busco —musitó Will—. Menos carga.
Maybelle, asomada en la puerta del saloon, vio al forastero montar al tordillo al amanecer. La sangre de Burke aún mojaba el polvo, y el sheriff no hizo preguntas cuando Maine Will partió hacia el este, donde aún quedaba un niño esperando.
Las sombras se alargaron, las cuentas vacías. En Crosscreek el viento volvió, trayendo promesas de polvo y paz efímera. Solo el eco de un disparo, y la estela de un hombre que nunca fue héroe, quedó latiendo bajo el sol.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.