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Portada del relato El sendero de la bruma sangrienta
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Fragmento:


Randall desmontó. La brisa le trajo el hedor de cuero viejo y sangre fresca. Sus ojos se acostumbraban a la penumbra, pero ahí, a unos pasos, la silueta de una casa se dibujaba torcida, con ventanas ciegas y jambas podridas. Era la taberna al final del polvo, la que los hombres del poblado juraban que ardió hacía una década cuando los forasteros mataron a todos los músicos, menos uno. Se rumoreaba que aún hoy, bajo la luna roja, un piano tocaba solo.

Duración: 05:29

El sendero de la bruma sangrienta
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El crepúsculo caía pesado sobre las llanuras de San Andrés, tiñendo la tierra de un naranja ocre y extendiendo sus dedos sangrientos entre los matorrales y los restos de establos consumidos por el tiempo. El calor seco levantaba espejismos en el horizonte, donde las ruinas del viejo ferrocarril parecían danzar y desvanecerse en el aire. Nadie caminaba ese tramo, salvo los desafortunados o los destinados a la locura, y aún menos cuando se oía el lejano redoble de los tambores ocultos bajo la piel de la tierra.

Randall Stokes montaba a lomos de su yegua cansada, el sombrero echado sobre los ojos, el cigarro mascado apagado en la comisura de los labios. Atrás había dejado cananas vacías, manos temblorosas y una deuda de sangre. No fue por coraje que cruzaba esa tierra ni por deseo; el oro ya no circulaba ni en sus sueños. Solo la promesa de olvido, y la amenaza de perseguidores invisibles, lo llevaban directo hacia la boca del peligro.

Había escuchado historias desde que era un crío: de sombras que caminaban en dos patas pero nunca dejaban huella, de ranuras en la piel de la realidad por donde brotaban manos quebradas por el odio y la sed maldita. Viejos navajos lo advertían en susurros, mientras las mujeres cerraban las tiendas y los hombres tallaban cruces de madera para esposas desaparecidas. Pero en San Andrés hacía años que la gente no rezaba.

El silbido le llegó por la espalda, agudo, como un cuchillo afilado cruzando la noche. Tiró de las riendas, sintiendo cómo la yegua se revolvía, olfateando un miedo que le apretaba el espinazo. Aquel lugar, según los mapas, debía estar muerto. Pero en el último mes, cinco hombres duros como las piedras del cañón habían desaparecido. Las huellas terminaban en un punto donde la arena había sido removida—como una fosa común que nunca se llenaba del todo.

Randall desmontó. La brisa le trajo el hedor de cuero viejo y sangre fresca. Sus ojos se acostumbraban a la penumbra, pero ahí, a unos pasos, la silueta de una casa se dibujaba torcida, con ventanas ciegas y jambas podridas. Era la taberna al final del polvo, la que los hombres del poblado juraban que ardió hacía una década cuando los forasteros mataron a todos los músicos, menos uno. Se rumoreaba que aún hoy, bajo la luna roja, un piano tocaba solo.

Tres pasos, y la puerta se abrió con un quejido animal, algo más profundo que madera quejándose: más como un gemido humano estrangulado bajo toneladas de tierra. El olor dentro era peor. Chapoteó su bota contra el suelo, húmedo. Vio rastros: sangre, barro y una especie de limo gris que no pertenecía a mundo alguno que conociera.

La barra seguía en pie. Tras ella, un hombre de rostro desollado, como arrancado por garras diminutas, lo miraba sin ojos. “No te detengas aquí, amigo”, siseó la voz, borboteando por la carne abierta, “lo que buscan no eres tú, pero el hambre les hace ciegos”.

Randall no temía a los muertos, pero aquel no era fantasma común. Sintió el frío en el estómago, el hielo que solo dejan los pecados antiguos, esos que ni el whisky ni el fuego consiguen borrar. Hizo ademán de marcharse, pero la puerta detrás de él se esfumó: en su lugar, solo pared y clavos oxidados.

El sonido del piano se deslizó desde el fondo, como un animal mojado bajo piel de madera. Melodía imposible, desafinada, acompañada por risas de niños y sollozos de mujer. El suelo palpitaba, y se formaron grietas. De una de ellas brotó una mano pequeña, con uñas negras y dedos dobles.

Randall retrocedió, pero el hombre tras la barra extendió su brazo descarnado. “Bebe esto.” Un vaso turbio apareció, colmado de un líquido lechoso. “Si no lo haces, serán peores contigo.”

Bebió. El líquido era frío, ardía bajo la lengua, y en su mente aparecieron imágenes: la luna partiéndose como un huevo, hombres arrastrados al barro por garras de sombras, y los músicos de la vieja taberna tocando sin parar mientras se abrían la piel con aguijones de alacrán.

A su alrededor, las paredes se ablandaron, convirtiéndose en piel, pulsando al ritmo de un latido colosal. El piano se cubrió de un musgo negro que rezumaba aceite y radios de hueso. Los niños, quebrados, treparon por las patas del taburete, riendo con dientes de cobre.

Extendió la mano a su revólver, pero el instrumento se disolvió antes de alcanzarlo. La música subió de volumen, y la barra vomitó una lengua viscosa que rodeó el tobillo de Randall.

La voz del hombre-tras-la-barra dio la sentencia, “Así sucede siempre. Los deudores y los criminales, los cobardes que arrastran su salvación en cubiletes llenos de nada. Aquí no hay redención. Aquí pagas a la casa, o la casa te paga de vuelta.”

Por una grieta en el suelo emergió otra mano, la de una mujer, tatuada con runas. Su tacto era fuego y promesa. Randall sintió su memoria drenarse, veranos enteros de infancia robados en un instante; luego vio la noche sin fin, el hambre, supo el porqué del miedo de los vivos y la esperanza de los muertos.

Quiso gritar, pero solo salió de sus labios un remedo de carcajada, ahogada por la música que nunca cesa. Afuera, la bruma se hizo espesa y, bajo la luna de cobre, la puerta invisible de la taberna se abrió esperando a su próximo parroquiano. El sendero se perdió en la oscuridad, nadie volvería a encontrarlo, y en la llanura sólo quedaron los ecos del piano y el lamento de los que cruzaron la línea y pagaron el precio que ningún hombre admitirá haber pagado jamás.

La grieta del silencio
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