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Fragmento:


“Hoy no servimos para forasteros”, ensayó Ignacio, voz ronca, amarga. Nadie más respiraba. La Patagonia puso su peso en el mostrador y sus ojos, que parecían hechos de lumbre de kermesse, se arrastraron por la estancia. La cosa—la sombra—parpadeó en el reflejo del ventanal, y algunos jurarían después que tintinearon espuelas donde nadie caminaba.

Duración: 03:59

Sangre de pradera
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La campana grande de San Fermín repicó una vez antes de quebrarse sola, justo mientras en la cantina de los Torres se deslizaba la cosa que todos creían una sombra, pero nadie quería nombrar. Afuera, la salina hervía bajo el sol, reflejando destellos que lastimaban, dando la impresión de que por allí jamás había caído la noche. Solo el hombre que entró entonces, con dos revólveres como alas, parecía no encogerse ante el calor ni ante las miradas hurañas.

La Patagonia, que así le decían aunque nada explicaba el remoquete, tenía la cabeza pelada y cicatrices curvas en los nudillos. Caminaba cojeando, como si cada paso arara la tierra propia. Era la clase de hombre que cuando pasa entre mesas, la gente recuerda haberse encomendado a algún santo muchos pasos atrás.

Don Ignacio, el patrón, jugaba solitario apoyo en la barra, acercando sus dedos hinchados a un vaso de mezcal con la parsimonia de quien ha desgastado más vidas que botas. Apenas levantó el mentón mientras la Patagonia pedía su trago y el murmullo caía a polvo.

“Hoy no servimos para forasteros”, ensayó Ignacio, voz ronca, amarga. Nadie más respiraba. La Patagonia puso su peso en el mostrador y sus ojos, que parecían hechos de lumbre de kermesse, se arrastraron por la estancia. La cosa—la sombra—parpadeó en el reflejo del ventanal, y algunos jurarían después que tintinearon espuelas donde nadie caminaba.

“No busco hospitalidad, busco una deuda”, espetó la Patagonia. Nadie preguntó ni nadie admitió saber de qué hablaba, pero en ese mismo instante, el reloj se detuvo entre tictacs: las puertas cedieron a un viento helado, barriendo el aire caliente y con él un puñado de huesos roídos. Todos sabían de las señales. Nadie quería saber.

La sombra, que para entonces se había extendido bajo todas las mesas, sospechó que era el momento. Crecía con algo de petróleo y mucho de rencor, desdoblándose en figuras altísimas, con brazos de muchas yemas y dientes de huesos partidos. Las mujeres gritaron por lo bajo, los hombres bebieron de golpe, menos la Patagonia, que ponía el vaso en la barra como quien pone la última carta.

El viento arrastró palabras que se cuelan entre las paredes, nombres antiguos, promesas rotas y una leyenda: “Ninguna deuda queda sepultada bajo el sal, sin que la sal vuelva a buscarte”. Don Ignacio giró el anillo de hierro en su dedo, y la sombra se pegaba ya a su espalda.

La Patagonia se volvió y miró de frente al monstruo, y allí, por un breve segundo, todos supieron que había entre ambos un trato sellado mucho antes de que San Fermín tuviera una campana. Disparó dos veces. Una, para hacer retroceder a la bestia, y otra, para cortar lo invisible que la ataba a ese polvo de Dios y leyenda.

La criatura chilló, y el sonido abrió fisuras en las paredes, volando botellas y poniendo a todos de rodillas. Pero la Patagonia no retrocedió. Tampoco pidió compasión. Sabía que la bala especial, rellena de sal gruesa y promesas imposibles, no mataría al monstruo, pero le haría recordar. Recordar que había otra clase de hombres allá afuera, suficiente para no dormir en cien años.

La sombra se fue replegando, arrastrando con ella el frío, el hedor y algunos suspiros de otros que ya no volverían. La taberna quedó temblando, el sudor de todos era una piel sobre las mesas. La Patagonia se volvió al patrón, recogió su sombrero y dejó un puñado de monedas negras, tan viejas que echaron raíces en la madera.

“Las deudas, patrón, mejor pagarlas cuando son pequeñas.”

Salió arrastrando la sombra de su bota, como si llevara un muerto más. Afuera el calor volvía a ser normal, la salina quieta, y la campana, rota, ya no llamaba a nadie. Pero los ojos de algunos, en las noches húmedas, jurarían ver, por entre los reflejos, que la sombra todavía los mira, esperando que algún otro hombre—o algún otro monstruo—olvide que en este lugar, el miedo y las deudas nunca se entierran lo suficientemente profundo.

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