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Portada del relato La huella de la sierpe blanca
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Fragmento:


Apagaba ya el último fulgor del sol sobre la hondonada, tiñendo de cobre las viejas bardas y empapando el polvo de color de sangre. Nadie andaba por los caminos a esa hora. El viento soplaba seco, tremolando las puertas de un paradero olvidado y haciendo crujir la madera añosa de la verja. Pero aquel atardecer, algo más cruzó las lindes del pueblo: el trote irregular de un caballo cojo, y sobre él, una figura embozada bajo un poncho moteado de polvo e hilachas de misterio.

Duración: 03:41

La huella de la sierpe blanca
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Apagaba ya el último fulgor del sol sobre la hondonada, tiñendo de cobre las viejas bardas y empapando el polvo de color de sangre. Nadie andaba por los caminos a esa hora. El viento soplaba seco, tremolando las puertas de un paradero olvidado y haciendo crujir la madera añosa de la verja. Pero aquel atardecer, algo más cruzó las lindes del pueblo: el trote irregular de un caballo cojo, y sobre él, una figura embozada bajo un poncho moteado de polvo e hilachas de misterio.

Cuando el hombre desmontó, el rumor de su llegada se esparció en el silencio denso. Solo el viejo Sandoval, borracho y tullido, se atrevió a lanzar una mirada desde la penumbra. Nadie reconocía al forastero, mas tampoco podían decir que nunca lo hubiesen visto antes en pesadillas. Media cara oculta, los ojos fríos como el rifle bien cuidado, pudo haberse fundido con el ocaso de no ser por la cicatriz, aquella que cruzaba su frente como una grieta en el mundo.

El hombre caminó hasta el bar, donde las lámparas apenas lograban desafiar la enemistad de la oscuridad. Nadie osó preguntarle, pero todos sintieron su presencia, y hasta el whisky pareció quedarse quieto en su vaso. Con voz seca, pidió un trago, y mientras lo sorbía, el piano desafinó con un quejido, como si reconociese una melodía antigua y peligrosa.

Fue entonces que la puerta volvió a abrirse. Lo que entró no era del mundo de los vivos íntegros ni del de los muertos tranquilos. Era una silueta envuelta en vendajes, exhausta, y cuyos ojos, rojos como brasas, no parpadeaban nunca. Toda charla cesó. Nadie vio sus pies tocar el suelo, pero allá estaba, en mitad del salón, buscando —o llamando— a alguien. El barman palideció, torpe y tembloroso. “Te buscan, extranjero”, murmuró Sandoval, casi inaudible.

El forastero se volvió, llevándose la sombra como una segunda capa. Las palabras entre ambos fueron pocas, y no importaba el idioma. La criatura del vendaje alzó una mano negra de polvo. “Pagas la deuda de la colina”, siseó. El forastero inclinó apenas la cabeza, y salió hacia la noche, seguido por la figura. Nadie del pueblo se atrevió a moverse; ni los perros, ni las ratas.

En las afueras, cerca del cementerio, las puertas de hierro retorcidas por la herrumbre se abrieron solas. Rumores decían que bajo esas tierras dormía algo más que huesos. Las tumbas, taraceadas de óxidos, brillaban mortecinas bajo la luna enferma. El forastero llegó hasta la cruz quebrada, sacó un puñado de polvo negro de sus alforjas y lo dejó caer al pie. El muerto vendado se inclinó. De entre la tierra, surgió entonces una voz, sorda y pesada, que apestaba a siglos. “Un hombre prometió sal y sangre”, gimió, “y solo pagó con traición”.

El forastero desenvainó el revólver, pero no enarboló contra bestias de carne ni espectros de leyenda. Disparó contra su propia sombra, la cual creció y se retorció, huyendo como humo bajo tierra. La figura vendada gimió, disolviéndose en el aire frío. El forastero se volvió y, por un momento, los ojos de Sandoval lo vieron entrar en el pueblo. Pero donde antes estuvo una cicatriz, ahora había solo ceniza, y en el suelo quedó una hebra de humo, obligación antigua que ningún hombre en ese pueblo osó tocar ni preguntar, pues no todo lo que llega —ni todo lo que se marcha— pertenece de veras a este mundo.

Esa noche, nadie durmió bien, y solo al amanecer, los perros ladraron al viento. Pero la senda del forastero estaba borrada y, como siempre en estos parajes, los nombres cambiaban, pero la deuda de la colina seguía intacta, esperando a que otra sombra respondiese al eco del hierro silente.

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