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Portada del relato La isla interior al anochecer
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Fragmento:


Desde la fonda donde pasé la noche anterior había oído historias, entrecortadas por el ron y el canto del mar, de un paso interior al corazón de Ceilán, donde la selva es tan densa que parece que el mismísimo sol ha olvidado su camino. No era la promesa de especias ni el rumor del comercio lo que me atraía, sino la posibilidad de perderme —transitorio y casi invisible— en un mundo distinto del jurado por el tiempo y la costumbre europea.

Duración: 04:21

La isla interior al anochecer
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Aquel día, el cielo sobre Colombo parecía contener todos los naufragios; la humedad del puerto, resuelta en promesas y advertencias, se mezclaba con el hedor acre del tabaco y la canela. Los marinos llegaban y partían con la parsimonia de quienes han hecho de la espera una profesión, y yo, extranjero entre quienes, como yo, buscaban el exilio y el asombro, me vi compelido a dejar atrás la familiaridad de los nombres y sumergirme en esos otros mapas, los que sólo se dibujan con el temor y la curiosidad.

Desde la fonda donde pasé la noche anterior había oído historias, entrecortadas por el ron y el canto del mar, de un paso interior al corazón de Ceilán, donde la selva es tan densa que parece que el mismísimo sol ha olvidado su camino. No era la promesa de especias ni el rumor del comercio lo que me atraía, sino la posibilidad de perderme —transitorio y casi invisible— en un mundo distinto del jurado por el tiempo y la costumbre europea.

Partí antes de la aurora, tras encargarle a un joven cingalés el transporte de mi baúl, que contenía, además de mis efectos y algunos cuadernos, una opaca piedra que había comprado en un mercado de Calcuta, sin conocer su valor, sólo seducido por el misterio de su superficie. La ciudad fue cediendo paso a una sucesión de arrozales húmedos, donde los búfalos pastaban en la bruma y rostros particulares, huidizos, distinguían entre el hábito del viejo colonial y el forastero inofensivo que no busca comprar nada más que historias.

Llegué a Kandy al caer el sol, y la urdimbre de aromas —incienso, jazmín, sudor, humo— me recibió con una intensidad animal. Me hospedé en una posada al borde del lago: las puertas entornadas, el rumor de las cigarras, las promesas contenidas en cada sombra. Aun así, la inquietud del viajero me empujó fuera poco después, desandando sendas de polvo entre palmas reclinadas, guiado solo por el vago consejo que una anciana me regaló en inglés rudimentario: "Busque al hombre del ojo blanco, él conoce la selva secreta."

Aquella noche, bajo un cielo tan densamente sembrado de estrellas que parecía tangible, encontré la figura que buscaba. Vestía una túnica desteñida y portaba colgantes de marfil, e, inexplicablemente, los aldeanos le abrían paso murmurando palabras que resonaban como conjuros. Su ojo derecho era lechoso, sin pupila ni destello, pero la voz clara, firme: "¿Por qué los extranjeros siempre buscan lo que han perdido? Vamos, te enseñaré lo que aquí nadie pide ver."

Caminamos durante horas, internándonos en una vegetación que devoraba la luz. Los sonidos mutaban de pájaros a insectos, de insectos a soplos y a pulsos que parecían venir de la tierra misma. Finalmente, llegamos a una grieta en la roca, una apertura mínima, oculta tras una cascada. El guía me miró largo rato, luego sonrió como si recordara un chiste privado. "Del otro lado no hay oro ni piedras, sólo la verdad de este lugar."

Atravesé y, por un instante, sentí el vértigo de quien pisa en otro continente. El aire era fresco, con aroma de orquídeas negras y barro viejo. Allí habia pinturas en las paredes: figuras estilizadas, escenas de caza y, en el centro de todo, la imagen de una mujer con un niño, ambos rodeados por llamas y agua. El hombre susurró a mi lado: "Todos los que llegan deben dejar algo atrás."

No entendí de inmediato, pero al rebuscar en mi chaqueta, la piedra opaca que llevaba conmigo pareció, súbitamente, adquirir un peso intolerable. Sin pensarlo, la deposité al pie de la pintura central. El eco de ese simple gesto recorrió la cueva. Cuando salí, el guía ya no estaba.

El regreso a la civilización fue un descenso a otra clase de extranjería. La ciudad, tan brillante y despiadada, me resultó ajena. Sabía que, más allá de las fronteras señaladas en cualquier atlas, siempre existirían pasos interiores: lugares donde el viajero no es quien descubre, sino quien es despojado. Cuántos días, cuántos nombres se necesitan para comprender que el viaje, lejos de alejarnos del pasado, nos ofrenda un claro donde, brevemente, podemos dejarlo ir.

Así terminó mi travesía en Ceilán. Un recuerdo de jungla y vapor, una piedra sin valor y la certeza de haber transitado, por una fractura del mundo, hacia adentro de mí mismo.

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