Fragmento:
Las primeras noches, exploramos los restos de una enorme iglesia medieval, absorbiendo el aire fúnebre entre tumbas cubiertas de líquenes. Yo, cada vez que mis pies tocaban el pavimento de piedra, sentía un temblor difícil de atribuir al frío. Sabía que alguien —algo— nos observaba.
Duración: 03:58
El barco avanzaba despacio, cortando la niebla gélida del mar de Noruega. Cuando acepté la invitación para un viaje de investigación sobre leyendas escandinavas, imaginé paisajes de hielo y relatos paganos, no la inquietud que me envolvía ahora mientras la costa de Ålesund desaparecía detrás del vapor.
Nuestra expedición estaba compuesta por seis especialistas: arqueólogos, médiums y etnógrafos, cada uno arrastrando sus propios secretos. Todos coincidíamos en una cosa: Vik, la aldea donde nos dirigíamos, era famosa por su hospitalidad y por el “folklore vivo”. Nadie mencionaba abiertamente el otro rumor: las desapariciones extrañas, los lamentos nocturnos que algunos pescadores juraban oír después de las tormentas.
La travesía tomó siete horas. El pequeño puerto estaba vacío cuando llegamos, salvo por un anciano encorvado, Torvald, que nos saludó con una advertencia entre dientes: “Aquí, los fantasmas no mueren. Sólo buscan a quién contarse”.
Las primeras noches, exploramos los restos de una enorme iglesia medieval, absorbiendo el aire fúnebre entre tumbas cubiertas de líquenes. Yo, cada vez que mis pies tocaban el pavimento de piedra, sentía un temblor difícil de atribuir al frío. Sabía que alguien —algo— nos observaba.
La médium, Linnea, era la única que parecía cómoda; se movía murmurando nombres en voz baja, sus dedos rozando el aire. La última noche, bajo una aurora espectral, propuso una sesión de espiritismo en la nave principal de la iglesia. Aceptamos, más por el peso de la expectativa que por convicción.
Formando un círculo dentro del ábside, la linterna arrojando sombras demasiado largas, Linnea cerró los ojos. El silencio era absoluto, salvo el débil crujir de la madera vieja y el batir lejano de una campana invisible.
Entonces, Linnea comenzó a hablar con una voz que no era la suya. Invocó un nombre desconocido para todos: Eirik, un adolescente muerto hacía siglos, responsable —aseguró— de “cargar la deuda de otro”. El ambiente se cargó de electricidad y una ráfaga fría nos obligó a apretar las manos.
Linnea -o quien estuviera en ella- narra entonces una historia que heló nuestra sangre: en ese lugar, durante la peste negra, algunos habitantes intentaron salvarse encerrando a los enfermos en la cripta, vivos aún, sellada por tablones, piedra y plegarias. Sólo uno de ellos sobrevivió, absorbiendo la “culpa compartida” de todos los traicionados, y desde entonces su alma caminaba incompleta, vagando entre los cuerpos desocupados de los forasteros. La venganza no era contra los descendientes del pueblo, sino contra aquellos lo bastante crédulos para escuchar, para “compartir” el relato y, sin querer, abrirse a ocupar la mitad de ese espíritu errante.
De repente, la puerta de la iglesia se cerró de golpe. Uno de mis colegas, Elsa, se derrumbó convulsionando. Sus ojos, abiertos de par en par, nos buscaban sin reconocernos. Linnea, aún en trance, murmuró “Eirik” y Elsa repitió: “No quiero estar solo, comparte esta carga…”. Nos acercamos, incapaces de explicación racional, y sentí un tirón dentro de mi pecho, la súbita impresión de que algo invisible intentaba escarbar, dividirse, encontrar espacio en mi conciencia.
Desde esa noche, nada volvió a ser igual. Elsa despertó creyéndose otro. Linnea no habló más. Y yo siento, a veces, una marea vieja empujando recuerdos ajenos en mis sueños, fragmentos de una vida cerrada en piedra y olvido, compartiendo, aunque no quiera, el peso de una culpa que nunca fue mía.
Las leyendas, comprendí tarde, no buscan testigos: buscan anfitriones. Ahora, escribiendo este relato en un intento de “contarlo”, temo estar dejando una puerta abierta. Y que, en alguna próxima noche, otro forastero acepte la invitación de viajar a Vik.
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