Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
La niñera
Hay algo malo en casa
Powerless (edición especial limitada)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Portada del relato Bajo soles indómitos
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Fragmento:


Mi compañero, el doctor Greven, era un hombre de modales exquisitos y ademanes caballerosos, eternamente envuelto en un aura de escepticismo europeo. Bajo su sombrero de fieltro y su capa clara, ocultaba tanto su melancolía como su temor. Había llegado a Oriente buscando una cura a una enfermedad más del espíritu que de la carne, y era en la embriaguez indómita del viaje donde encontraba instantes de alivio. Me contó, junto al fuego, historias de mujeres rubias y primaverales, de las que ningún moreno de ojos de ónice podía hacerle olvidar, aunque a menudo se le adivinaba la fascinación por las sombras sugeridas de las jóvenes beduinas.

Duración: 03:47

Bajo soles indómitos
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La noche se cernía sobre el campamento, un manto interminable de estrellas derramándose por encima de las tiendas y el silbido interminable del viento que, desde las dunas de Bagdad hasta los peñascos de Kermanshah, traía consigo aromas de especias, leña quemada y lejanos recuerdos de Occidente. Para mí, embarcado en esta travesía más por necesidad que por deseo, cada día de viaje era un redescubrimiento de aquello que el alma agradece y el cuerpo resiste: el roce áspero de la seda contra la piel, el filo invisible de la arena, y la mirada intermitente de los ojos que se ocultan tras los velos.

Mi compañero, el doctor Greven, era un hombre de modales exquisitos y ademanes caballerosos, eternamente envuelto en un aura de escepticismo europeo. Bajo su sombrero de fieltro y su capa clara, ocultaba tanto su melancolía como su temor. Había llegado a Oriente buscando una cura a una enfermedad más del espíritu que de la carne, y era en la embriaguez indómita del viaje donde encontraba instantes de alivio. Me contó, junto al fuego, historias de mujeres rubias y primaverales, de las que ningún moreno de ojos de ónice podía hacerle olvidar, aunque a menudo se le adivinaba la fascinación por las sombras sugeridas de las jóvenes beduinas.

El viaje no era sencillo, y lo sabíamos. Más allá de los peligros naturales —la fiebre, los escorpiones, los bandidos—, acechaba el riesgo de perderse en los meandros de la costumbre y la moral local. Sin embargo, el atractivo de lo prohibido es un viejo conocido del viajero adulto, y pronto nos descubrimos aprendiendo palabras en persa que escondían promesas tras las cortinas de las casas de té, o recorriendo la intermitencia luminosa de las calles de Damasco mientras la ciudad dormía a medias.

Una noche, tras compartir un tajín con especias imposibles en la ladera de un caravanserai, un comerciante de apellido Samir se nos acercó con voz grave y sonrisa misteriosa. Era un hombre de mundo, aunque sus ropas la tachaban de ascético. No tardó en proponernos algo singular: una visita, al amparo de su discreción, a una casa situada entre jardines secretos, donde nos prometía el desafío de los sentidos y los placeres reservados a quienes se atreven a cruzar todas las fronteras.

No fuimos ingenuos, pero sí arrastrados por la tierra húmeda de la curiosidad. Aquella noche, guiados por Samir a través de vericuetos angostos y silenciosos, nos vimos entrando por un portón antiguo, detrás del cual el tiempo parecía haberse detenido. El aire estaba denso de perfumes, y el sonido embriagador de laúd se mezclaba con el roce de risas apagadas y palabras dulces cuando la lengua no era necesaria.

Nos recibió una mujer de ojos negros como brea y voz tersa, que sin presentarse nos tomó de la mano con la autoridad de una reina. El ritual comenzó con un baño de esencias, y continuó con la degustación de mieles y frutas servidas en bandejas de cobre rojo. La sensualidad latía en cada gesto, en cada mirada; era una celebración de los sentidos, un aprendizaje de la lentitud, donde la piel extraña se tornaba paisaje y la frontera cuerpo.

El éxtasis no fue sólo físico, sino vital: la comprensión súbita de que, en las vastedades asiáticas, los viajeros somos a la vez conquistadores y conquistados. Al alba, volvimos al campamento, exhaustos y plenos, y al mirar a mi alrededor descubrí que el desierto, tan temido, comenzaba a formar parte de mi interior.

No todos los amaneceres nos vieron regresar de aquellos jardines prohibidos; otras noches el viaje fue menos tangible y más secreto, hecho de silencios compartidos y miradas fugaces hacia la luna. El Oriente nos enseñó que, lejos de Europa, la vida se multiplica bajo otras reglas, y que el verdadero viaje empieza cuando las amarras del pudor y las costumbres quedan atrás, tendidas al sol como viejos tapices de los que, a veces, es preferible no regresar jamás.

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