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Fragmento:


Cuando el barco encalló en la costa de Esmirna, la luna era una uña afilada sobre las aguas oscuras, y el aire tenía el perfume del naranjo herido. Atravesé la ciudad movido por el magnetismo de los bazares, los susurros extraviados en los zocos, el humo dulzón que se mezclaba con la salitre. Una extraña mujer de cabellos rojos, vestida con un chal que parecía beberse el sol, me vio mirar obsesivo una alfombra persa que no podía pagar. Se acercó, me ofreció un dátil azucarado y pronunció mi nombre en perfecto francés. “Demasiados viajeros se pierden en el deseo”, dijo ella, y esa sola frase fue suficiente para invitarme tras su sombra.

Duración: 03:12

La sombra de las sedares
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Contaba yo aquel verano ya lejano en que, hastiado de los salones parisinos y su sempiterno murmullo de secretos, decidí abandonar la ciudad, acallando la voz de la razón a fuerza de anhelo y vino. No deseaba compañía, pues la aventura verdadera sólo se entrega en brazos de la soledad. Así zarpé desde Marsella con la única promesa de cruzar el Mediterráneo como antaño hicieron los cruzados, sin más propósito que el de gastar mi corazón y mi tiempo en tierras ajenas a mi lengua y mis recuerdos.

Cuando el barco encalló en la costa de Esmirna, la luna era una uña afilada sobre las aguas oscuras, y el aire tenía el perfume del naranjo herido. Atravesé la ciudad movido por el magnetismo de los bazares, los susurros extraviados en los zocos, el humo dulzón que se mezclaba con la salitre. Una extraña mujer de cabellos rojos, vestida con un chal que parecía beberse el sol, me vio mirar obsesivo una alfombra persa que no podía pagar. Se acercó, me ofreció un dátil azucarado y pronunció mi nombre en perfecto francés. “Demasiados viajeros se pierden en el deseo”, dijo ella, y esa sola frase fue suficiente para invitarme tras su sombra.

Aquel fue el principio de un viaje tan físico como espiritual. Amira, que así se llamaba mi guía, me enseñó la alquimia de los sentidos. Caminamos juntos por sendas de polvo antiguo, a lomos de caballos blancos que robaban la sombra de los cedros. En caravanas de comerciantes, bajo mantos estrellados, aprendí la lengua de las miradas furtivas y el lenguaje sin palabras de los mercados nocturnos. Recorrí sus tierras y sus historias, escuchando relatos de bandidos y princesas caídas, saboreando el ardor del café turco y el frescor de las hierbas nuevas cada amanecer.

Pero el viaje no fue sólo un banquete de aromas y colores: la tentación de huir de uno mismo me llevó hacia pasajes más oscuros. En una posada junto al Éufrates, bajo débiles lámparas de aceite, un desconocido jugó su vida y la mía a las cartas. Me vi obligado a apostar mi destino por una dama enmascarada que, entre besos clandestinos y confesiones de medianoche, me mostró que el deseo puede ser a la vez amarra y naufragio.

En Damasco hallé una pasión menos febril pero más honda. Una viuda de ojos incendiados, poseedora de una biblioteca que olía a pergamino, me acogió en su casa como un hermano extraviado. Allí, entre versos de poetas árabes y largas conversaciones sobre la memoria y el exilio, entendí que todo viaje, por largo que sea, termina por devolvernos al mismo lugar: la soledad elegida, la nostalgia de lo imposible, el suspiro por un amor que sólo pertenece al futuro.

El retorno fue menos glorioso que la partida; la travesía inversa, marcada por los ecos de voces perdidas y la certeza de que los puertos conocidos jamás nos aguardan de la misma manera. Al pisar París, ni la luz ni el polvo de sus calles me resultaron familiares. A veces, en tardes de lluvia, cierro los ojos y veo aún la curva azul del Bósforo, las sombras entregadas a la música de un laúd, el vértigo de la noche donde el deseo y la culpa se persiguen como febriles amantes. Y entonces entiendo al fin que viajar no es sino extraviarse, dulce y deliberadamente, en los brazos de uno mismo.

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