Fragmento:
Me instalé en una pensión minúscula, atendida por una mujer que hablaba con los gatos y sólo fumaba cuando llovía. Mi ventana se asomaba a un laberinto de baldosas húmedas, y apenas me sentía en el mundo cuando la niebla, tras el crepúsculo, invadía con dedos de seda las callejas empedradas. Al atardecer salía sin rumbo, sin más compañía que la voz interna que pide perderse y el eco de pasos ajenos. Trieste era entonces cruzada por figuras sombrías, marineros de barbas lustrosas, damas envueltas en chales carmesí. Nadie preguntaba de dónde venían ni a dónde iban, como si la ciudad se construyera sobre la premisa del anonimato.
Duración: 04:41
Cuando por fin descendí en la dársena de Trieste, una luz oblicua y levemente mortecina envolvía el puerto, como si la tarde vacilase en marcharse y la noche esperara, indolente, su turno de gobierno. Llevaba días navegando con el mínimo equipaje posible, un cuaderno de notas y una botella azul donde recogía, más que agua, los vestigios de la fatiga y el consuelo de la incertidumbre. No era un viaje en busca de respuestas, sino de preguntas desmembradas por los mapas, de esas que se encuentran sólo mientras uno las huye.
La ciudad me recibió con el aroma amargamente dulce del café y el rumor de idiomas mezclados, palabras que trotaban como caballos nerviosos en la escalinata de la estación. Solía pensar, en las largas horas de soledad tras una travesía, que el verdadero sentido del viaje reside en el desapego; cuanto más echa raíces el viajero en la tierra adquirida, más fantasma se torna entre quienes lo rodean.
Me instalé en una pensión minúscula, atendida por una mujer que hablaba con los gatos y sólo fumaba cuando llovía. Mi ventana se asomaba a un laberinto de baldosas húmedas, y apenas me sentía en el mundo cuando la niebla, tras el crepúsculo, invadía con dedos de seda las callejas empedradas. Al atardecer salía sin rumbo, sin más compañía que la voz interna que pide perderse y el eco de pasos ajenos. Trieste era entonces cruzada por figuras sombrías, marineros de barbas lustrosas, damas envueltas en chales carmesí. Nadie preguntaba de dónde venían ni a dónde iban, como si la ciudad se construyera sobre la premisa del anonimato.
Una noche, tras una cena cuyo sabor a mostaza y membrillo aún luchaba en mi paladar, me detuve ante una puerta sin letrero y fue como si hubiera sido convocado. Dentro, el aire era denso como en un teatro antes del primer acto, y las sombras danzaban en las paredes al compás de un violín invisible. Un hombre de cejas espesas me invitó a sentarme con un gesto apenas perceptible, y ante mí puso un vaso de licor transparente, tan frío como el recuerdo de un amor de juventud.
Aquel lugar era refugio de náufragos urbanos: escritores de cartas anónimas, pintores de horizontes que sólo existen en invierno, comerciantes de mapas que falseaban intencionadamente. Me senté entre ellos, y fue como deslizarse al borde de un sueño febril. Pronto comprendí que todos aguardaban algo, una palabra, una señal, quizá una confesión mientras el mundo afuera giraba impasible. Entablé conversación con una mujer que enhebraba perlas de humo entre los dedos, y hablaba de un país donde, decía, el nombre olvidado de las cosas regía la suerte de sus caminantes.
Fue en ese rincón apartado donde comprendí por vez primera que el viaje, lejos de ser tránsito o descubrimiento, era un acto clandestino, un pacto con el silencio y la posibilidad de renunciar a la forma. En cada ciudad uno deja jirones de sí mismo, como banderas secretas, y a cambio recoge nuevas máscaras, aquellas necesarias para seguir navegando entre los previsibles y los errantes.
La mujer me contó sobre un faro construido sobre huesos de ballena, una isla donde las cartas sólo se enviaban con promesas de olvido, y me retó a encaminarme al este, siguiendo las huellas del tráfico de seda y perfume. Todo acepté, porque en ese instante el horizonte era una oración a medio pronunciar. Al amanecer, con el primer chillido de las gaviotas, partí de Trieste con el fervor de un contrabandista de sueños, y el cuaderno abierto sobre el regazo.
Desandar el continente fue despojarme, capa a capa, de nombres propios y obligaciones. En Ljubljana, compartí bocado con pastores ilustres en historias pero anónimos a la luz. En Budapest, dejé que el Danubio me arrebatara un anillo viejo, pues el río siempre pide un tributo para no mostrar los dientes. En Estambul, compré un pañuelo azul a orillas de una mezquita y me dijeron —sonriendo— que cada viajero deja tras de sí un rastro de preguntas nunca contestadas.
Y supe, entonces, que mis pasos ya no me pertenecían, que cada país era una partitura, un estribillo en una melodía interminable de exilios. Ciertos rostros volvieron a mí en sueños: la posadera de Trieste limpiando una copa con la manga, la mujer de las perlas de humo desapareciendo por una puerta lateral. Cada mañana era un folio virgen lleno de posibilidades, y cada noche una copa donde el azar vertía su último secreto.
Así sigo, navegando a través de continentes y nieblas, sellando cartas que nunca envío, aprendiendo idiomas que olvido al alba. Algún día regresaré, quizás, al puerto de Trieste sólo para encontrar que la ciudad no recordará mi forma ni mi voz, y que el verdadero viaje estriba en ser eternamente extranjero, y, así, libre.
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