Fragmento:
Los primeros días en el mar son como un extraño paréntesis en la existencia, donde el calendario se disuelve entre el oleaje y las voluntades sólo existen para obedecer al compás del timón. En la mesa del capitán florecen conversaciones mordaces; sobre mapas y amores rotos, sobre ruinas ancestrales y los nombres de las mujeres que hemos amado y dejado atrás. Lady Evangeline, de afilados pómulos y cabellera cobriza, parece intuir mi tormento apenas mejor que yo mismo. Su risa es un anzuelo, pero sus ojos, cuando me rozan en los estrechos pasillos del camarote bajo, recuerdan a un espejo empañado; uno que preferiría evitar y, sin embargo, busco a cada instante.
Duración: 04:07
El viento del Atlántico arrecia con un silbido inquietante sobre la cubierta de la goleta, ese tipo de nota que entona siempre a medianoche, cuando solo los marineros y los que huyen de sí mismos se mantienen en vela. Yo, Michael Carver, he cruzado océanos y continentes tras la huella inasible de una insatisfacción; pero nada, ni el whisky fuerte de Belfast, ni la caricia fugaz en los burdeles de Lisboa, han logrado devolverme el perfume ineludible de la pasión perdida. Quizá por eso, cuando Lord Winthrop me ofreció un pasaje a Thule, ese destino improbable en el extremo septentrional del mundo, no vacilé. Todos los hombres escapamos de algo, y en mi caso, viajaba con la esperanza infructuosa de poder alcanzarlo de una vez.
Los primeros días en el mar son como un extraño paréntesis en la existencia, donde el calendario se disuelve entre el oleaje y las voluntades sólo existen para obedecer al compás del timón. En la mesa del capitán florecen conversaciones mordaces; sobre mapas y amores rotos, sobre ruinas ancestrales y los nombres de las mujeres que hemos amado y dejado atrás. Lady Evangeline, de afilados pómulos y cabellera cobriza, parece intuir mi tormento apenas mejor que yo mismo. Su risa es un anzuelo, pero sus ojos, cuando me rozan en los estrechos pasillos del camarote bajo, recuerdan a un espejo empañado; uno que preferiría evitar y, sin embargo, busco a cada instante.
A medida que nos internamos hacia el norte, los días se alargan en una luz ámbar sobrenatural, y las noches se achican hasta caber en un suspiro perfumado de escarcha marina. El clima hace estragos en los nervios; las pieles se buscan bajo las mantas, y la incertidumbre de la travesía nos empuja a explorar territorios mucho menos cartografiados que los fiordos y ensenadas que aparecen en el horizonte. Fue una madrugada, mientras buscaba el aire fresco para ahuyentar los demonios de la botella, cuando me topé con ella en la proa. Evangeline, envuelta en su capa azul, fumaba un cigarrillo y contemplaba el resplandor espectral de la aurora boreal. No hablamos del destino, ni de la razón de nuestro viaje, sino de la soledad y el deseo, de la manera en que la distancia nos hace repensar lo vivido.
Las noches siguientes se sucedieron entre confidencias empapadas de ron y miradas cada vez menos furtivas. El viaje nos ofrecía un anonimato, la posibilidad de reinventarnos lejos de las ataduras previas. La tensión sexual, igual que el magnetismo de los polos, era inevitable y absurda, irónica en sus inicios y furiosa en su consumación. Fueron noches de crisol en las que la pasión era un acto de libertad y resignificación, de olvido momentáneo de todo lo que no se puede olvidar. En la penumbra de mi reducida litera, la piel de Evangeline tenía la temperatura exacta de lo irrecuperable.
Pero el norte, con su belleza salvaje y despiadada, exige tributos. Al quinto día de navegación, la tormenta cayó sobre la embarcación como una sentencia bíblica. Los viejos y los cobardes se encomendaban a santos de nombres exóticos, mientras los valientes aferrábamos los recuerdos y las mujeres con igual desesperación. Fue entonces cuando comprendí que los límites verdaderos no están en los horizontes sino en el ayuno de los placeres que uno nunca se atrevió a permitir. En la inclemencia del oleaje, entre sudor y salitre, la soledad encontró su némesis en el cuerpo de Evangeline, y por un instante, fuimos tan eternos como lo permite la pasión desatada en tierra incógnita.
Cuando finalmente avistamos las costas ásperas de Thule, el mundo parecía renovado. El viaje no había sido una huida sino una búsqueda; del propio nombre, tal vez, o de la posibilidad de aceptarlo. Los viajeros adultos cargamos con cicatrices en lugar de equipaje, y el recuerdo de lo vivido se convierte en una brújula menos precisa pero infinitamente más sincera que cualquier astrolabio. Lady Evangeline y yo descendimos por separado, como dos cometas sueltos a merced de su propia órbita. Thule nos recibió en silencio, el aire helado cortando la piel, haciéndonos saber que la verdadera travesía comienza cuando uno se atreve a dejar atrás el relato aprendido y se entrega, desnudo, a la siguiente página sin título.
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