Fragmento:
Los pasillos, húmedos y blanquecinos, se alargaban sin fin, llenos de puertas idénticas y miradas ausentes. La comida llegaba puntual, los trabajos se asignaban como piezas de un reloj; nadie tenía que pensar en el afuera, sólo en mantener la armonía dentro. Olivia había aprendido, a base de repeticiones y sueños rotos, a no hacer preguntas. Pero, a veces, la noche traía gritos que se deslizaban entre las paredes como espectros. Les llamaban lamentos y era de mala educación reconocerlos en voz alta.
Duración: 03:42
Había un rumor que recorría la Torre desde los cimientos mohosos hasta la cúspide, allí donde el cielo parecía curvarse, azul y pesado, sobre una baranda de vidrio blindado. En el Último Refugio, el rumor era un susurro: Nadie quería recordar cómo empezó, pero todos sabían que el origen se encontraba en una promesa de seguridad absoluta.
La Torre de los lamentos fue erigida cuando el mundo exterior colapsaba. Las guerras, el aire envenenado, ciudades que se desplomaban bajo su propio peso; imágenes de una era perdida, convertidas en lecciones para niños que nunca habían pisado tierra firme. Aquí, en la Torre, no había hambre—no real—ni dolor excepto el que se arrastraba silencioso en el corazón de cada habitante.
Era Olivia quien, sentada cada noche al filo de su jaula de acrílico, escuchaba las historias del gran éxodo, de cómo el Último Refugio prometía otra vida. Contaba las luces que titilaban a lo lejos, abajo, donde la neblina ocultaba el mundo que ya no era suyo. “Aquí estamos a salvo”, murmuraba al reflejo pálido en la ventana. “Aquí estamos a salvo y solos”.
Los pasillos, húmedos y blanquecinos, se alargaban sin fin, llenos de puertas idénticas y miradas ausentes. La comida llegaba puntual, los trabajos se asignaban como piezas de un reloj; nadie tenía que pensar en el afuera, sólo en mantener la armonía dentro. Olivia había aprendido, a base de repeticiones y sueños rotos, a no hacer preguntas. Pero, a veces, la noche traía gritos que se deslizaban entre las paredes como espectros. Les llamaban lamentos y era de mala educación reconocerlos en voz alta.
Un día, Olivia encontró un rincón donde el cemento se había agrietado. Era un descubrimiento casi obsceno en su fugaz imperfección. Asomó la mano y sintió el aire—frío, distinto—, como si el mundo, aún allá afuera, la esperara en su miseria.
No fue la primera en buscar una grieta. Otros antes habían intentado ver, tocar, escapar. Cada intento terminaba con un vecindario más silencioso. Nadie preguntaba, pero todos sabían: la seguridad tenía un precio que subía cada año.
Los cronistas de la Torre registraban todo—nacimientos, muertes, deserciones. “Mantenemos la memoria para que no regrese el horror”, decían. Pero cuanto más crecía la Torre, más difícil se hacía recordar lo que realmente temían. Era fácil olvidar el dolor ajeno cuando todo lo que veías era tu propio reflejo. La vida se redujo a rutinas brillantes, miradas bajas, sueño interrumpido.
Olivia se encaramó sobre la grieta, noche tras noche, esperando que la niebla se disipara. Lo que vio nunca cambió: oscuridad y el destello fugaz de algo moviéndose allá abajo, quizás ratas, quizás otros refugiados que jamás entraron a la Torre. A veces soñaba con saltar, imaginar que el último refugio no era una prisión, sino una promesa aún posible. Pero la realidad la retenía: “Aquí estamos a salvo”, recitaba, hasta que las palabras se volvían un muro más infranqueable que el concreto.
La Torre prosperaba; la humanidad dentro, no. Cada año, menos nacimientos, más lamentos. El aire filtrado se volvía más denso, las voces más calladas. Olivia envejeció en su jaula, un testigo más de la utopía aterradora. Nadie vino a buscarla cuando sus visitas a la grieta cesaron. El rumor creció, llenando cada habitación: “Un día, la Torre será todo lo que quede”.
En la cúspide, las ventanas nunca se abrían. Escuchar, llorar, lamentar: sólo eso quedaba. Y así, la Torre cumplía su promesa—no porque ofrecía refugio, sino porque había logrado aislar todo lo demás.
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