Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Dire Bound. Alma de lobo
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Novela romántica Antes del amor
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Hay algo malo en casa
Portada del relato Después del gran mediodía
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—¿Por qué lo hicieron? —pregunto, con la entonación plana que practico desde hace años.

Duración: 06:22

Después del gran mediodía
-a / +A

¿Conocéis la calma tibia que resta después de la tormenta? A muchos les gustaría creer que es la victoria de la razón sobre el salvajismo del vendaval; pero yo, que he visto cómo se apagan las ciudades y se incineran las promesas, desconozco esa paz. Quizá por eso he resultado útil en la Comisaría de Transgresiones Menores, porque nunca me acostumbré a las promesas ni me encandilé con la palabra plenitud. Sí, también yo me dejé arrastrar por la esperanza, pero la esperanza es una bestia de sangre fría, y basta una noche larga para descubrir que sólo calienta a los ingenuos.

El año es 2171 y, en el primer subsuelo de Megápolis Central, apenas suena el zumbido del aire reciclado. La ciudad ocurre metros sobre mí, pero entre pilas de archivos y pantallas estratégicamente apagadas, mi única compañía es el desvelo. Ya no hay crímenes sordos ni grandes pasiones: la sociedad que los ingenieros prometieron ha sido diseñada para no marginar, no castigar, no desear. Despertamos cada día con el reloj de la nutrición, trabajamos las horas que la salud mental permite, y nos es dado amar en franjas perfectamente programadas de olvido y desmemoria.

El problema, si se quiere nombrarlo así, no es el hambre ni la guerra —superadas— sino más bien el temblor sordo que sobreviene en el rincón del ser donde florecen las pesadillas. Hay quienes relatan sueños de niños que lloran; otros, de puertas que no llevan a ninguna parte. Mis propios sueños son aún menos originales: repito, cada tantos meses, la sensación de estar de pie en un páramo blanco, sin sombra, preguntando a gritos si alguien recuerda el dolor.

En un estado perfecto, mis funciones deberían haberse extinguido hace décadas, pero siempre quedan cenizas mal barridas bajo la alfombra. Los “resistentes”, como fielmente los bautizó el comité de semántica, son quienes desafinan en la gran orquesta. No conspiran, no sabotean, no buscan destruir: simplemente recuerdan cómo era feo y hermoso estar vivos. Así, cada semana recibo uno o dos; los últimos, una pareja hallada mirándose a los ojos en vez de cumplir con la tarea asignada —clasificar emociones añejas para un archivo sensorial destinado al olvido. Su delito: la mirada. Ese acto ya inservible y arcaico, recalificado por el sistema como “contacto gravitante no autorizado”.

—¿Por qué lo hicieron? —pregunto, con la entonación plana que practico desde hace años.

La mujer, de unos cincuenta, mueve la boca con lentitud. Su compañero le toma la mano —ahí, otro desliz— y dice con una voz no sin cierto timbre de ironía:

—Porque el hielo cruje bajo los pies, agente. Porque creímos que íbamos a despertar si nos mirábamos el miedo y la belleza.

Hace un siglo, el castigo habría sido brutal. Ahora, la sanción es el “proceso de integración”, un melifluo borrado de aquellos destellos de la voluntad que desafían la matriz de la convivencia. No hay cárceles; sólo salas de conformidad, con gases dulzones y algoritmos que disuelven la memoria rebelde. La máquina necesita piezas funcionales, no mártires, y la rebelión más grave es recordar con demasiado empeño cómo era amar, perder, equivocarse.

A veces pienso en aquellos primeros ingenieros sociales —mujeres y hombres de mirada eléctrica, convencidos de que sería posible limpiar el alma de la especie. No faltaba ternura en ellos, aunque era una ternura cruel: quisieron abolir la miseria, y en la poda se llevaron también el grito, el deseo, la violenta flor del error. El bienestar ha sido asegurado, sí, pero sale caro quedarse sin infierno propio.

La ciudad no duerme, ni sueña. Todo está vigilado, y sin embargo, ¿quién vigila el hastío que va oscureciendo los ojos? Las noches se suceden en rotación precisa como si cada segundo fuera una baldosa de limpieza. Echo de menos la suciedad, la posibilidad de fallar. Mis padres, si vivieran, me dirían que he sido criado para el confort. Confundirían mi asco con ingratitud. Intento explicarme: no es ingratitud; sólo temo que el océano perfecto pudra la barca.

En una esquina del subnivel, una vieja grabación da vueltas en un proyector averiado: una fiesta del siglo anterior, colores estridentes, carcajadas desmesuradas. Imágenes prohibidas, claro. ¿Por qué me atraen? Porque allí pulula la imperfección. Un vaso cae, una mujer tropieza, alguien canta desafinado. Y esa torpeza, ese hielo agrietado, es lo único verdadero; lo demás es sólo la gran mentira del paraíso prometido.

Quisiera comprender cómo llegó la marea a tragarnos. Pero ahí están los registros: primero, el control de la enfermedad; después, el control de la pena; más tarde, el control del impulso. No hubo violencia, ni represión abierta. Las células del placer suplantaron la rebeldía y, una a una, las utopías personales murieron de falta de agua. Los sueños, reconvertidos, ahora se exportan como luz de fondo en las zonas de alimentación y en las interfaces de entrenamiento. Ya nadie conoce el sobresalto de una epifanía: todo está formateado para la lógica y la salud. La muerte, incluso, ha sido convertida en trámite invisible y aséptico.

A veces, de vuelta a casa, cruzo los corredores de vigilancia del sueño. Veo los cuerpos alineados, sosegados, recién programados para otro día igual al anterior. Imposible distinguir los que han pasado por integración. Todos muestran la belleza tranquila de las frondas plásticas bajo el sol de la tarde; sólo el brillo opaco en la retina los delata. Han dejado de buscar preguntas.

¿Seré yo el último en desear la pregunta? No me creo distinto; sólo me ha tocado custodiar el vano resplandor, a fuerza de memoria y duda. Mi labor, ahora lo entiendo, no es impedir el fallo sino presenciar su extinción. Y en ese lento ocaso, me sorprendo suspirando por los detenidos, aquellos que se atrevieron a mirar sin permiso, a rozar la asfixia dulce del amor perdido.

Hoy he firmado el alta de la pareja; no me atreví a mirarles a los ojos. La conformidad se va tragando también mis propios reflejos. Pero un destello me resiste: en la sala de registros, escondido entre archivos, guardo el eco de una nota discordante. Basta con cerrar los ojos para ver el hielo: el hielo que aguarda, siempre, la osadía del primer paso en falso.

Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Dire Bound. Alma de lobo
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Novela romántica Antes del amor
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Hay algo malo en casa

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.