Había una ciudad, refulgente e inquebrantable, cuyo nombre nadie recordaba ya. No era necesario, pues allí los nombres no sindicaban a las personas, y las personas no sindicaban a las historias. Todos se fundían y fluían en una corriente única bajo los domos de cuarzo, que protegían la urbe de la intemperie y, aún más importante, de esos vecinos invisibles que aguardaban en la oscuridad exterior.
La mañana en el Pabellón de los Ciclos apenas se diferenciaba de la noche. Tan solo un velo de luz color ámbar salpicada de motas de polvo artificial recorría el gran ventanal, simulando un sol que nadie había visto jamás. Allí mismo, Sve era despertada por la voz modulada del sistema central: “Hoy es el día de tu puesta a punto, ciudadana. Recuerda: armonía, propósito, perpetuidad.”
Hacía meses —o años, o quizá ciclos— que Sve repetía la rutina. Entrenamiento físico, reprogramación emocional, revisión neurosináptica, todo tan suavemente obligatorio, tan cuidadosamente persuasivo, que uno casi se alegraba de formar parte de la rueda. No existía la prohibición, únicamente la sugerencia revestida de gracia y elegancia.
Sve fue una de las primeras en notar la fisura. Arrancó como una mínima disonancia, la melodía digital de fondo se cuarteó un instante. Un tintineo de cristal agrietado, un susurro de roce que nadie más oyó. Fue la primera vez que pensó: ¿Y si la perfección es solo una caja que no deja crecer a los huesos dentro?
En la noche, Sve recorrió la galería del Silencio, la estancia menos transitada, porque allí los pensamientos ajenos resonaban menos, y cada cual podía, por un momento, escuchar solo su respiración. Hubiera querido ser invisible, pero eso era imposible: todos los sentimientos, gestos y microemociones eran captados y ajustados en tiempo real por el circuito de autoridades blandas, ese enjambre que velaba por el orden desde lo intangible, corrigiendo apenas un matiz aquí, un suspiro allá. Sin embargo, fue precisamente allí donde encontró a Lihen, el supervisor de los sistemas orgánicos.
Lihen tenía la mirada de quien ha visto fallar un engranaje esencial. Sus palabras fueron pausadas. “¿Oyes el crujido, Sve? Está creciendo.”
“No sé de qué hablas…”
Claro que lo sabía. Una grieta compartida en secreto se transforma en un abismo comunitario.
La ciudad había sido fundada tras la catástrofe. Los relatos de afuera hablaban de ruinas, desesperados, pestes. Aquí dentro, ni el dolor ni la violencia existían; hasta el amor era una emoción domesticada, cultivada con la precisión de una máquina-bonsái. El precio de la paz era la contención absoluta, el sacrificio de la imaginación espontánea.
Día tras día, Sve y Lihen identificaban nuevas fisuras. Una voz que tartamudeaba. Un gesto imprevisto. Un número primo emergiendo en medio de la secuencia cuadrada de un procesador. El sistema central reunía estos incidentes bajo el informe “Desviaciones Menores”, nada preocupante… hasta que lo fue.
Porque los sueños, en la ciudad de los sin nombre, eran ilícitos en todo salvo en forma de simulacros controlados. Pero ahora, algunos habitantes despertaban con sudores fríos y palabras arcaicas en la lengua: selva, océano, alba. Nadie podía explicar de dónde venían esos recuerdos heredados. La ciudad había sellado todas las rutas al pasado.
La respuesta habitual era la intervención: una reeducación, unos ajustes químicos, el borrado de la impronta. Pero cada supresión sólo parecía fortalecer la grieta. Los ciudadanos, tan diligentemente iguales, comenzaron a susurrarse al oído, a citar versos de autores caídos, a compartir relatos prohibidos.
Una noche artificial, la grieta se abrió por completo. Las paredes del Pabellón de los Ciclos filtraron un murmullo de viento verdadero. Sve y Lihen, junto a otros, corrieron al viejo invernadero, la única estructura que quedaba de los constructores del principio. Allí descubrían una maleza indómita: raíces despuntando entre los ladrillos, musgo cubriendo los sensores, mariposas pálidas revoloteando como fantasmas de un mundo abolido.
“Esto es vida, y es ajena a la armonía”, murmuró Lihen. Sve lo supo cierto. Nada de lo que crecía en secreto podía ser exterminado del todo.
Cuando el sistema detectó la rebelión, no respondió con violencia —eso hubiera sido anticuado, una concesión a la brutalidad retro. En cambio, la ciudad fue rodeada de silencio. Los visores apagaron el simulacro del día y la noche, las nanocorrientes se replegaron. La luz interior disminuyó lenta, compulsivamente, hasta que cada domo reflejó la nada de fuera, y los rostros no pudieron ver más que su propio reflejo incierto en la oscuridad total.
En esa tiniebla, comenzaron las historias verdaderas. Ya no había orden, ni armonía, ni melodía de fondo. Por primera vez, el miedo fue real, y también la esperanza, brotando de los labios secos de quienes no sabían si la luz volvería jamás.
Alguien —no importó su nombre, porque todos compartían su aliento— murmuró:
“Esto es el principio; al fin somos libres para equivocarnos.”
La ciudad, sin nombre, sin utopía, albergó entonces a los primeros humanos desde hacía demasiado.
Y aunque el frío era insoportable, aunque afuera acechaban monstruos y pestes verdaderas, dentro se encendió una llama que ningún circuito, por perfecto que fuese, pudo nunca reproducir.
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