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Fragmento:


Durante un tiempo −¿meses?, ¿años?− Otto se deja mecer por ese ritmo dulzón. Todas las tardes, a la hora en que la luz turquesa se filtra desde la bóveda celeste, pasa junto a las fuentes donde niños inmóviles juegan, supervisados por drones con silueta de mariposa. El aire huele a limpieza, a código. No existen atascos ni discusiones, y hasta los perros han aprendido, con chips insertados, a orinar sincronizadamente en reservorios de autocuidado. Sin embargo, Otto siente, como una presión en la base del cráneo, la presencia de algo fuera de lugar.

Duración: 04:00

La Ciudad Soñada
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De todos los errores de los hombres, quizás ninguno rivaliza en su elegancia y grandeza con el de pretender conquistar el Paraíso a fuerza de ingenio. Desde la colina, bajo los vidrios que se curvan hacia el cielo como enredaderas translúcidas, Otto contempla la ciudad extendida a sus pies. La arquitectura florece como una promesa y las avenidas se funden suavemente en parques de musgo artificial. Los ciudadanos apenas hablan, envueltos en esa calma que sólo asegura quien ha enterrado al deseo. La Automatización Universal cuida de cada necesidad antes de que irrumpa como urgencia, y así el desvelo no encuentra morada.

Durante un tiempo −¿meses?, ¿años?− Otto se deja mecer por ese ritmo dulzón. Todas las tardes, a la hora en que la luz turquesa se filtra desde la bóveda celeste, pasa junto a las fuentes donde niños inmóviles juegan, supervisados por drones con silueta de mariposa. El aire huele a limpieza, a código. No existen atascos ni discusiones, y hasta los perros han aprendido, con chips insertados, a orinar sincronizadamente en reservorios de autocuidado. Sin embargo, Otto siente, como una presión en la base del cráneo, la presencia de algo fuera de lugar.

En el Salón de Relaciones Públicas una pared está cubierta por retratos pixelados de los "Fundadores", bajo una frase: "La sociedad ya ha sido perfeccionada, sólo queda el mantenimiento". Lea, con su bata inmaculada, le ofrece el informe semanal: incidentes cero, consumo óptimo, tasa de reproducción estable; aún así le tiembla el labio cuando sonríe. "¿Y tú eres feliz?", pregunta Otto. El algoritmo la obliga a contestar que sí, entonando aquel monosílabo como si fuese la contraseña de la prisión.

Con el tiempo, Otto empieza a buscar fallos. Un día, apaga el filtro sentimental de sus notificaciones y escucha la tos seca de ancianos que, aunque reciben nutrientes, no reciben abrazos. Descubre en un sub-subforo clusters de clandestinos que simulan peleas verbales sólo por el placer de disentir; por la noche, en habitaciones opacas, jóvenes se pintan lagrimales de azul para recordar cómo se sentía llorar de verdad. Sabe que, justo por debajo de la piel pulida de la ciudad, crece una molestia colectiva, un anhelo viscoso y sin nombre.

La utopía no ruge ni grita; sólo rechina, como bisagra sin aceite. Una mañana, el abastecimiento de fruta-protéica se retrasa catorce segundos. La comunidad entra en pánico simulado, y el Consejo responde añadiendo una microdosis de ansiedad virtual para fomentar el “dinamismo”. A los cien días, la tasa de suicidio emocional (abandono deliberado de la estimulación VR) salta un 0,02%. Los líderes no lo codean como tragedia: es apenas una interferencia estadística. Para limpiar la noticia, aumentan el número de siestas reparadoras y censuran los poemas melancólicos.

Otto, que ha dejado de afeitarse, organiza tertulias improvisadas en el límite de la cúpula. Hablan de defectos, de corrientes subterráneas de adrenalina, de recuerdos imperfectos que alguna vez los llevaron a la rabia y al éxtasis. Los asistentes temen ser descubiertos, pero se entretienen imaginando versiones alternativas del mundo. “Tal vez −dice Otto, mientras mira el tapiz de edificios dormidos−, la felicidad prefabricada es sólo otra forma de silencio”. De vez en cuando alguno se atreve y llora de verdad. Las cámaras no pueden descifrar el significado de esa humedad en los ojos: los algoritmos no han sido programados para comprender el fracaso.

A los dos años todo sigue igual y también es distinto. Los parques brillan, los chips funcionales, pero pequeños gestos −un tropiezo deliberado, una carcajada no justificada− empiezan a sembrar el desorden mínimo. La utopía reluce, pero ha cambiado de aroma. Otto escribe en las paredes invisibles del sistema: “Nada humano sobrevive sin grietas”. Y aunque nadie lo ve, todos lo saben.

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