Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
La chica del lago
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Hay algo malo en casa
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Fragmento:


Las casas de Armonía estaban revestidas de un material que cambiaba de color según el humor de los inquilinos. Así sabían todos, al mirarse mutuamente, quién mentía, quién callaba, quién deseaba. La transparencia era un valor apreciado como la pureza elemental del agua o el brillo constante de las lámparas solares. No había lugar para los secretos, ni para la sombra que los secretos proyectan. En las paredes de la Presidencia, relucía el lema: “Nada que ocultar, nada que temer”.

Duración: 03:46

El Jardín y la Tormenta
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Ellos la llamaban Armonía porque nadie sabía cómo había sido antes. No se hablaba de antes, no porque estuviera prohibido, sino porque no tenía sentido traer cenizas a la mesa. Las calles estaban alineadas con árboles genéticamente idénticos; una cadencia de hojas matemáticamente perfecta, sin enfermedades ni pájaros que las ensuciaran. La comida llegaba en cajas blancas cada amanecer, racionada según la edad y el índice de vitalidad de cada habitante. Nadie recordaba el sabor de la escasez ni el peso del hambre, pero algunas noches el vacío zumbaba, dulce y clandestino, en el estómago de los más viejos.

Las casas de Armonía estaban revestidas de un material que cambiaba de color según el humor de los inquilinos. Así sabían todos, al mirarse mutuamente, quién mentía, quién callaba, quién deseaba. La transparencia era un valor apreciado como la pureza elemental del agua o el brillo constante de las lámparas solares. No había lugar para los secretos, ni para la sombra que los secretos proyectan. En las paredes de la Presidencia, relucía el lema: “Nada que ocultar, nada que temer”.

Tara nacida en el segundo ciclo de unificación, hija de progenitores asignados y formada por tutores virtuales, creció sabiendo que la perfección era el arco a cuyo límite todos debían avanzar. Era estudiosa, disciplinada y cautelosa con las palabras. Sin embargo, a los treinta y dos ciclos, comenzó a soñar con el sonido de puertas cerradas y cajones llenos de cosas no clasificadas. Soñaba con lo que ni siquiera tenía nombre.

La Utopía exigía sacrificios: no se equivocaba quien lo afirmaba. Había una fría elegancia en los sistemas predictivos que asignaban ocupaciones y amistades, una compasión anestesiada en los algoritmos que transferían afecto a quienes lo necesitaban. Nadie sufría solos, aunque nadie, en rigor, sufría demasiado. El dolor, como la alegría, eran administrados por la Central, que evitaba lo desbordante, lo incalculable.

El día que Armonía colapsó fue también el más soleado registrado. Un fallo en la Central permitió a cada habitante acceder al historial privado de todos los demás. Durante once minutos y treinta y cuatro segundos, el sustrato del que estaba hecha la confianza se reveló: pensamientos ambiguos, anhelos reprimidos, hambre de otras vidas. Los muros comenzaron a parpadear entre tonos de ira, vergüenza y un pánico protoplásmico. En medio de la plaza, Tara vio por primera vez a un hombre llorando sin motivo registrado. Los colores nunca regresaron a su lugar.

Las relaciones, orquestadas antes con precisión, se deshilacharon como encajes podridos. Un niño de ojos translúcidos fue hallado buscando palabras tatuadas en los libros viejos, aquellos permitidos solo para su tono “gris curiosidad”. Durante días, los habitantes se miraron como a extraños, intentando recordar cómo seguir existiendo después de la total revelación. Hubo quienes intentaron regresar al olvido, pero una vez visto el fondo de la copa, nadie pudo beber solo la superficie.

Cuando reiniciaron el sistema, lo hicieron con un margen de opacidad. Conservaban la fachada, pero aprendieron que ningún paraíso sobrevive a la luz absoluta. Cada cierto tiempo, aún, Tara escucha en los pasillos el rumor de sus sueños: una risotada que no encaja, un temblor bajo el barniz reluciente de las voces. Y sabe, como ella, que la perfección no es más que una pausa inestable entre dos crisis, un fulgor débil entre la memoria y el olvido.

Armonía, dicen ahora, es el arte de tolerar la sombra propia y la ajena. Nadie lo imprime en los muros, pero todos lo saben: la paz posible es la que admite grietas. Y los árboles, desde aquel día, crecen con ramas torcidas y nidos graznando.

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