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Portada del relato Susurros tras la pared
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Fragmento:


La cocina estaba vacía, salvo por una taza de té todavía tibio y una carpeta azul apoyada contra la ventana. El nombre en la portada: Gabriel Rivas. No sonaba. Abrió la carpeta. Dentro, un expediente minucioso sobre un hombre: horarios, fotografías, mensajes impresos; todos vigilando, todos vigilados. Notó, entonces, el movimiento tras ella: sombras pegadas al piso. Se giró y su linterna captó un rostro: joven, pálido, los ojos vacíos.

Duración: 05:11

Susurros tras la pared
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La llamada entró a las 2:13 de la madrugada. Carly Duval, detective privada desde hacía quince años, sabía lo que significaba ese tono al otro lado del teléfono: peligro, miedo, urgencia. Pero la voz era distinta. Temblorosa pero susurrante, se quebraba en fragmentos, entrecortada por sollozos bajos. “Ayúdeme. Nadie más…” y el eco del miedo quedando suspendido, inundando la calma forzada de esa hora en que la ciudad duerme.

Carly anotó la dirección que la voz, por fin, entregó con un ruego. Avenida Cramer 211. No preguntó más. Se vistió rápido, la pistola en el tobillo, la linterna en el bolso. En la calle, la neblina espesa convertía las farolas en halos fantasmales y el asfalto en un tapiz movedizo. El número 211 era una casa antigua, ladrillos carcomidos y un portal tan ajado como las promesas hechas en su umbral. Nada se movía, ni el aire.

Forzó la puerta: ni un solo chirrido. Dentro olía a madera húmeda y a historia olvidada. Lo primero que vio fue un rastro de calor en la pared —justo donde el papel estaba arrancado— y sobre ello, garabateados en sangre, tres letras: “M I A”. Bajó la linterna, apuntó el arma. Cuando una sombra se deslizó por la escalera, Carly pegó la espalda a la madera. El silencio era angustioso, solo roto por el remoto tic-tac de un reloj de péndulo en algún rincón.

La cocina estaba vacía, salvo por una taza de té todavía tibio y una carpeta azul apoyada contra la ventana. El nombre en la portada: Gabriel Rivas. No sonaba. Abrió la carpeta. Dentro, un expediente minucioso sobre un hombre: horarios, fotografías, mensajes impresos; todos vigilando, todos vigilados. Notó, entonces, el movimiento tras ella: sombras pegadas al piso. Se giró y su linterna captó un rostro: joven, pálido, los ojos vacíos.

“¿Mía está contigo?”, preguntó la figura, la voz acerada por el miedo. Carly negó, apenas articulando el movimiento. El joven se echó a llorar, y, al moverse hacia atrás, tropezó con la mesa. De su bolsillo cayó un teléfono antiguo, de los que giran ruedas. Sonó. Una, dos, tres veces. Ningún número, solo un código: 3314.

El joven contestó y de inmediato palideció más. “Nos encontraron”, musitó antes de arrojar el aparato al fregadero. De algún sitio, un alarido brotó y la casa se estremeció. Carly ya iba a sacar el arma cuando la puerta del fondo se desplomó. Dos hombres en pasamontañas entraron, linternas cegadoras, pasos firmes. Uno empuñó un arma hacia el joven, el otro hacia Carly.

“Danos la memoria, ahora.”

“No sé de qué hablan”, mintió.

El líder rió, el sonido era hueco, sin alma. “Siempre lo saben, hasta que dejan de saberlo.” Sacó una foto doblada: Carly, sonriendo diez años atrás, pero en la foto, detrás de ella… Mía. Una niña que nunca conoció pero que sostenía su mano.

El joven gritó: “¡No la toquen!” y se lanzó contra el de la pistola. El disparo fue seco y rápido. El muchacho cayó, sangre oscura brotando del estómago. Carly, aprovechando el caos, rodó bajo la mesa y disparó, hiriendo una pierna. El segundo hombre gritó pero logró volver a apuntar. Carly saltó por la ventana, los vidrios cortándole el antebrazo, y rodó hacia la calle sumida en niebla.

Corrió. No pensó. El expediente azul apretado contra su pecho latía como un segundo corazón. Atrás, el eco de los pasos, las balas en la noche, el grito doliente del moribundo. Su coche estaba tres manzanas más allá. Entró a trompicones. Sangraba y chillaba el motor, pero logró huir. Sólo una idea seguía zumbando en su cabeza: ¿Quién es Mía y por qué parece haber estado en su vida siempre, aún sin recordarlo?

Horas después, en su despacho, analizó las fotos de la carpeta. En cuatro de ellas ella aparecía de fondo: cafés, plazas, hospitales. Y siempre, una niña junto a ella: la misma niña. Extrajo del fondo de la carpeta una memoria USB diminuta. La conectó a su computadora. Decenas de archivos, todos titulados “Ecos” y cada uno fechado el mismo día, 2:13 a.m., de años consecutivos.

Abrió uno al azar. Un video amateur. Ella, en aquella misma casa, abrazando a la niña. Detrás una televisión retransmitía la noticia de un accidente: una niña de ocho años, nombre: Mía Duval, desaparecida tras accidente en el río Cramer. La fecha: el cumpleaños de Carly, quince años atrás, el día que ella recuerda despertarse y no saber quién era por varias horas.

Carly se miró las manos temblorosas. ¿Qué le habían hecho esa noche? ¿Por qué no podía recordar a Mía? De pronto, el teléfono volvió a sonar, a las 2:13. Una voz infantil, distante, como desde un sueño perdido:

“Mamá, ayúdame…”

Y la historia, hasta entonces olvidada, rugió de vuelta, arrastrando la noche con ella.

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