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Portada del relato La mirada de la noche
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Fragmento:


Era una mujer, encorvada, la cara medio oculta por el cabello empapado de sudor y llanto. Su abrigo roto apenas le cubría las manos temblorosas y una mancha oscura se deslizaba por su muñeca. Por un instante, Julian dudó de su cordura; era como si algo en los ojos de ella no perteneciera a este mundo.

Duración: 04:45

La mirada de la noche
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La tarde parecía inofensiva cuando el doctor Julian Eckhardt terminó su turno en el hospital. Afuera, la ciudad era un rumor de sirenas y voces lejanas, nada excepcional. Ni rastro de las pesadillas que acechaban detrás de las sonrisas y de las luces. Había aprendido a cerrar la puerta de su pasado mientras cruzaba el vestíbulo hacia el aparcamiento, pero algo esa noche era diferente, invisible y palpable como la electricidad antes de una tormenta.

Notó la presencia antes de verla. Una sombra que se deslizaba junto a los pilares del garaje subterráneo. No era sólo paranoia de médico después de demasiadas guardias; era la certeza punzante de un peligro real. Se detuvo y reprimió el impulso de echar a correr. Giró lentamente, conteniendo la respiración, y fingió buscar las llaves en el bolsillo de su bata. El eco de unos pasos se acercaba, la cadencia irregular. Y entonces, una voz susurrante, quebrada, demasiado cerca: "Ayúdame".

Era una mujer, encorvada, la cara medio oculta por el cabello empapado de sudor y llanto. Su abrigo roto apenas le cubría las manos temblorosas y una mancha oscura se deslizaba por su muñeca. Por un instante, Julian dudó de su cordura; era como si algo en los ojos de ella no perteneciera a este mundo.

—Por favor —dijo ella—, me siguen.

Julian, a pesar del pánico racional, obedeció a su instinto profesional y avanzó. Miró rápidamente alrededor: nadie. Solo la voz sorda del ascensor y el zumbido de las lámparas fluorescentes. La mujer se aferró a su brazo, y su piel estaba helada pese al calor de junio.

—¿Qué ocurre? —murmuró él mientras abría el coche.

—No puedo contarlo aquí —musitó—. Hay cámaras. Nos ven.

La metió en el asiento del copiloto y, mientras arrancaba, notó la creciente compulsión de mirar por el retrovisor. Un automóvil oscuro, en apariencia anodino, aguardaba unos metros más atrás. Julian condujo sin rumbo, guiado por las indicaciones entrecortadas de la desconocida.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Emma —su voz era apenas un soplo.

Emma le enseñó el brazo: tres letras grabadas a cuchillo en la carne, aún sangrantes. "VEN."

La historia se fue deshilachando en fragmentos. Un teléfono que había sonado en mitad de la noche; una amenaza velada, imposible de rastrear; la aparición de presencias a las que nadie, salvo ella, podía ver. Llamadas al hospital, mensajes encriptados en recetas y datos de pacientes muertos. Julian empezó a entender: la mujer huía de alguien —o de algo— dispuesto a destruirlo todo.

—No soy la primera —dijo Emma, la voz quebrándose—. Solo la última que sobrevivirá.

Llegaron a una casa que parecía abandonada. Emma temblaba cada vez más, los ojos fijos en la puerta. Dentro, la penumbra olía a humedad y miedo. Ella sacó del bolso un sobre arrugado y lo puso en manos de Julian. Dentro, fotografías: quirófanos oscuros, rostros desfigurados, una sala blanca y fría.

Julian reconoció uno de los rostros. Era el de su colega de residencia, Mark Loi, desaparecido hacía dos años, a quien todos daban por muerto o huido. Pero en la foto, Mark parecía mirar fijamente a la cámara, tras él, las letras "VEN" pintadas con sangre en la pared.

Una ráfaga de terror sacudió a Julian. La puerta crujió. Emma corrió a la ventana, musitando algo que él no alcanzó a oír. Y entonces, la casa se estremeció con el golpe de un disparo. Un agujero apareció en el cristal. Emma cayó de rodillas, gritando entre los sollozos.

Julian no vio al tirador, pero sintió el silbido de otro disparo al lanzarse al suelo. Se arrastró hasta Emma y volvió a ver el dolor en su rostro, la desesperación en sus dedos. El siguiente disparo rompió el silencio.

La policía tardó veinte minutos en llegar. Encontraron solo a Julian arrodillado, tembloroso, las manos manchadas de sangre. Emma había desaparecido, igual que el sobre y las fotos.

En los interrogatorios, Julian solo pudo balbucear: "Ella necesitaba ayuda. Ella… no era la única". Los agentes miraron los registros. No había Emma en ninguno. No constaba ningún ingreso ni ninguna llamada de auxilio esa tarde. Su colega Mark Loi seguía oficialmente desaparecido. Pero lo más extraño fue el mensaje dejado en la pared de la casa, pintado con sangre reciente: "VEN".

Desde entonces, Julian siente una presencia tras de sí cada vez que cruza el hospital al anochecer. Una respiración helada, una voz que repite, casi imperceptible: "Ven". Y sabe —con el instinto del perseguido, del que toca los umbrales de la locura— que algún día tendrá que responder a la llamada.

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