Fragmento:
La policía llegaría en minutos, pero Magda no tenía el lujo de esperar. Sacó el sobre arrugado del bolsillo del muerto, un hombre de rostro borroso y barba cortada a navaja, cuyas manos aún parecían buscar en el aire la salvación. Había resistido; no mucho, pero lo suficiente para mover algo en Magda, una punzada de compasión que apartó en cuanto los pasos resonaron a lo lejos. Leyó la dirección en la carta: “Östra Hamngatan 42, a las 02:15.” No quedaba mucho tiempo.
Duración: 04:05
El agua corría por las baldosas resquebrajadas del muelle, fundiéndose con la sangre que había manchado el suelo. Nadie salió, nadie gritó. En esa parte de Gotemburgo, el silencio era la moneda de cambio para la supervivencia. Magda Kranberg apretó la empuñadura de la pistola que llevaba por primera vez en años, y sintió la amenaza de la violencia latir bajo la piel como una antigua herida reabierta, palpitante. El cadáver a sus pies era solo el principio, lo sabía. Era el mensaje que toda la ciudad pretendía evitar: alguien, por fin, había decidido romper el ciclo.
La policía llegaría en minutos, pero Magda no tenía el lujo de esperar. Sacó el sobre arrugado del bolsillo del muerto, un hombre de rostro borroso y barba cortada a navaja, cuyas manos aún parecían buscar en el aire la salvación. Había resistido; no mucho, pero lo suficiente para mover algo en Magda, una punzada de compasión que apartó en cuanto los pasos resonaron a lo lejos. Leyó la dirección en la carta: “Östra Hamngatan 42, a las 02:15.” No quedaba mucho tiempo.
Cruzó la ciudad, convirtiéndose en una sombra entre las luces amarillentas y los charcos que reflejaban la luna siempre vigilante. Sabía que la observaban. En Gotemburgo no existe un solo secreto, solo mentiras mal contadas, y esta noche todas las mentiras parecían conducir a la misma dirección. El nombre en el sobre era sencillo: “Para E.” Nadie en su mundo firmaba con una inicial a menos que quisiera ser encontrado, o que ya estuviera más allá de toda esperanza.
El portal de Östra Hamngatan estaba abierto. Los escalones, gastados por demasiados inviernos, crujieron bajo sus botas. Olía a humedad, a colillas apagadas y a ese pánico que solo se nota cuando los muros parecen susurrar que algo ha ido mal. Había dos puertas en el pasillo. Una tenía la pintura desconchada y una huella de barro fresco; la otra, una cerradura cambiada hace poco. Eligió la primera, con el instinto de quien ha vivido demasiado tiempo en tinieblas.
La habitación estaba oscura salvo por la llama azulada de una pantalla de ordenador encendida. Frente a ella, un hombre de espaldas, la camisa empapada en sudor. Nunca lo había visto antes, pero la forma en que apretaba los puños, el temblor en los hombros, le dejó claro que era E. Y que sabía todo.
Magda cerró la puerta tras de sí. “Tengo lo que buscabas,” dijo, extendiendo el sobre. Él no giró la cabeza de inmediato; solo respiró hondo. En la pantalla titilaba una imagen: era la misma que Magda había recibido días atrás, esa fotografía borrosa tomada veinte años antes, cuando nada era importante salvo sobrevivir una noche más. El niño en la foto era E. —¿Por qué ahora?— susurró él, como si cada sílaba le pesara una tonelada. Magda no respondió. No podía. Porque solo entonces comprendió que todo aquello que había querido dejar atrás le había alcanzado.
En el silencio, escucharon pasos en la escalera. No eran policiales, no eran conocidos. El peligro tenía su propio ritmo, y Magda supo con certeza que no iba a salir indemne. Abrió el sobre de golpe. Dentro no había dinero, ni nombres. Solo una palabra, escrita con tinta roja: “Corre.”
E. se levantó con brusquedad, tirando la silla. “No puedo seguir huyendo,” gimió, pero Magda ya estaba tirando de él, doblegando su propia herida en el hombro, empujándolo por una puerta secundaria que daba al patio trasero. Donde aguardaba la ciudad, y también la traición.
El disparo retumbó como una sentencia. Magda cayó sobre E., arrastrándolo mientras los recuerdos la golpeaban: la primera vez que mató, la última vez que confió. Nada reducía el frío en sus huesos. Llegó la sirena de un coche patrulla, y el aullido lejano de los cuervos, como una melodía para los culpables que nunca se arrepienten.
Al final de la noche, la lluvia se llevó la sangre y los secretos. Pero Magda supo que, en Gotemburgo, nada desaparece del todo: solo aprende a esconderse bajo capas de engaño, esperando la próxima tormenta.
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