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Portada del relato La sombra de Tulos
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Fragmento:


Seligman, un restaurador experto en papiros, de bigotes impolutos y paranoia crónica, aguardaba tras una vitrina rota. Observaba impotente: la figura, de rostro invisible tras la máscara de ónice, inclinó la cabeza sobre Devika, cuchillo en mano, y murmuró unas palabras que parecían siglos antiguos.

Duración: 05:04

La sombra de Tulos
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El tercer disparo resonó en el frío pasillo del museo, ahogado en el mármol y el miedo. Nadie más que Devika yacía entre las columnas ancestrales, apretándose la pierna, mientras la sangre formaba lentejuelas oscuras en la piedra pulida. Un destello de pánico cruzó su mirada; una figura encapuchada avanzaba hacia ella, caminando con la calma ritual de quien ya ha matado antes.

Bajo la sombra de la galería egipcia, la policía de Los Ángeles jamás pensaría en encontrar la clave de una conspiración sobrenatural, pero los hombres de la noche rara vez esperan a ser descubiertos a la luz del día.

Seligman, un restaurador experto en papiros, de bigotes impolutos y paranoia crónica, aguardaba tras una vitrina rota. Observaba impotente: la figura, de rostro invisible tras la máscara de ónice, inclinó la cabeza sobre Devika, cuchillo en mano, y murmuró unas palabras que parecían siglos antiguos.

—¡Alto! —La voz de Seligman retumbó por encima de los sarcófagos expuestos.

El asesino se giró, perlado de sudor bajo la capucha, pero Seligman ya había pulsado la alarma. Luces estallaron. El sonido de las sirenas rasgó la noche.

Los agentes no hallaron ni rastro del atacante. Devika, delirando, balbuceó un nombre: “Tulos... han despertado a Tulos...”

El detective Lou Campbell, arrastrado del lecho por la llamada urgente, llegó minutos después. Su pasado era un cúmulo de obsesiones por la mitología y las rarezas arcanas. La palabra “Tulos” no le era ajena.

La investigación inicial fue un desfile de fragmentos imposibles: jeroglíficos en las paredes, en tinta fresca; libros polvorientos robados, cartas de tarot antiguas abandonadas junto al cuerpo malherido de Devika. Un nombre emergía en cada recodo: Tulos, una deidad menor del panteón egipcio, desterrada y condenada al olvido, asociada a sueños infectados y resurrecciones prohibidas.

Lou sospechó que, más allá de la sangre, alguien jugaba con lo insondable.

Seligman, temblando, entregó un papiro recién restaurado: “Lo encontramos en las bodegas. Había una inscripción suprimida por los faraones...”

Con ayuda de Devika —hospitalizada pero lúcida—, descifraron la advertencia: “Cuando Tulos despierte de su sueño negro como el betún, el mundo se verá sacudido por la memoria dormida de los dioses. Solo aquel que recuerde, podrá sellar la grieta.”

Una semana después, los asesinatos se multiplicaron. Todos portaban una misma marca: la silueta de una serpiente enroscada sobre una luna menguante, grabada a fuego en la carne.

Lou, jadeando en el umbral de la locura, hurgó en el pasado de los muertos. Encontró que todos habían estado involucrados en la restauración o el tráfico de reliquias egipcias. Una misma red, una misma obsesión. Pronto, el caso se volcó en una persecución angustiante de cultistas que adoraban a Tulos, convencidos de que el mundo moderno debía ser purgado de los “ignorantes” para que los dioses volvieran a reinar.

El asesino encapuchado, apodado "El Siervo", era solo el ejecutor. El verdadero peligro se hallaba en el regreso de Tulos, cuya presencia se manifestaba en pesadillas colectivas: estampidas humanas en sueños, visiones de desiertos sin fin, y la imagen de una puerta dorada que se abría lenta, inexorablemente.

Lou no dormía. Devika, entre espasmos de delirios febriles, trazaba en los muros de su hospital fórmulas de protección con su propia sangre.

Al fin, dieron con el epicentro: bajo la ciudad, en los cimientos del museo, existía una cripta sellada desde los años 20, cuando un colectivo de arqueólogos y masones creyeron distinguir “presencias” custodiando una tumba que no debería ser abierta.

Lou, Seligman y un SWAT de agentes irrumpieron una noche sin luna, descendiendo por túneles húmedos. Un rumor apenas perceptible vibraba en el aire: cánticos en un idioma de los sueños, palpitando contra las raíces de la ciudad.

Todo se resolvió en minutos letales. Disparos, cuchillos, una explosión que hizo tambalear los cimientos. El Siervo cayó, pero mientras moría, recitó un versículo: “Ya despiertan aquellos que olvidaron su tiempo, y sus nombres abrasarán las mentes de los hombres”.

En la cámara de piedra, hallaron la puerta: dorada, herida, cubierta de símbolos y de ojos ciegos que parecían meditar en silencio. Lou vaciló. “Solo aquel que recuerde…” resonó en su mente.

Devika, obligada por fuerzas incomprensibles, apretó la mano de Lou, los dos recitando un antiguo conjuro que sellaba, por una noche más, la fisura entre los mundos, devolviendo a Tulos al sueño escrito por los dioses y los hombres.

Pero afuera, en la superficie, una niña pequeña se despertó a media noche, gritando los versos prohibidos en una lengua ajena, mientras su sombra danzaba largo y delgada en la pared. La herida seguía pulsando, bajo el velo de la ciudad que duerme.

Lou sabía que algunos dioses solo esperan. Y el despertar apenas ha comenzado.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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