Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
La inspectora gitana
Portada del relato El murmullo del ascensor
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Fragmento:


Cruzó hasta la puerta de la sala de juntas. Notó el leve movimiento de aire, como si alguien hubiera pasado hacía solo segundos, y el tenue aroma metálico de algo ocultándose fuera de la vista. Encendió la linterna del móvil y apuntó hacia delante. El haz tembloroso barrió escritorios vacíos y sillas apiladas. No hay nadie, pensó. Y sin embargo, la mandíbula le vibraba de ansiedad.

Duración: 04:46

El murmullo del ascensor
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El ascensor chirrió antes de abrirse. Ruth retrocedió un paso, sorprendida por el reflejo de su propio rostro en el acero opaco. No cargaba con fantasmas, solo con la fatiga de la jornada y cierta opresión en el pecho que había aprendido a disfrazar tras una sonrisa en las videollamadas. A las 23:17, el edificio de oficinas estaba desierto, salvo por ella y un guardia de seguridad que dormía en una cabina junto al vestíbulo. Ruth introdujo la tarjeta y el ascensor respondió reptando hacia arriba, más lento de lo habitual, como si el edificio enfermo supiera que debía conservar energías para las horas en que todos se habían marchado.

Mientras ascendía, el zumbido eléctrico de los tubos fluorescentes le trajo un recuerdo torcido de otra noche, otra espera, otro ascensor. Parpadeó, sacudiéndose el miedo residual, y apretó el portafolio contra el pecho. Al llegar al piso catorce, las puertas se abrieron como una boca que se rinde al destino: oscuridad, salvo por la débil luz de emergencia que lamía el pasillo y convertía los cristales de las oficinas en espejos distorsionados.

Cruzó hasta la puerta de la sala de juntas. Notó el leve movimiento de aire, como si alguien hubiera pasado hacía solo segundos, y el tenue aroma metálico de algo ocultándose fuera de la vista. Encendió la linterna del móvil y apuntó hacia delante. El haz tembloroso barrió escritorios vacíos y sillas apiladas. No hay nadie, pensó. Y sin embargo, la mandíbula le vibraba de ansiedad.

Sobre la mesa central, el sobre pardo seguía tal cual lo había dejado la tarde anterior, cuando el correo anónimo la había citado ahí a medianoche. Había esperado no tener que volver, deseado que todo fuera una broma, pero su sentido práctico podía más que la prudencia. La amenaza era demasiado precisa para ignorarla, y las primeras líneas escritas a mano aún resonaban en su cabeza: “Sé lo que hiciste. La cámara lo vio todo. Si no quieres que todo salga a la luz, sigue las instrucciones al pie de la letra”.

Extendió una mano, la piel estirada y fina por el terror. Abrió el sobre. Las fotografías delataban una vigilancia minuciosa: ella entrando a la oficina, ella en la cafetería, ella saliendo de noche con el sobre que nunca había reconocido como propio. Una toma, la tercera, mostraba un ángulo imposible: la filmaban desde detrás de la persiana que ella misma cerraba cada noche. Ruth levantó la vista, escuchando —ahora sí, clara como una nota musical— la respiración sutil de alguien. A su derecha.

Giró la cabeza, enfocando con el móvil: nada, solo la larga pared de vidrio y el reflejo múltiple de su silueta enlutada. La presión de unas uñas invisibles recorrió su nuca. Dio un paso atrás, dispuesta a huir. Justo entonces, una notificación vibró en su teléfono y ella, sobresaltada, bajó la luz. En la pantalla apareció un nuevo mensaje, remitente desconocido: “¿Por qué corres, Ruth?”

Retrocedió un paso, luego otro. La sensación de ser guiada le produjo un estremecimiento. La cámara frontal titiló, grabando en tiempo real. Había un ojo en alguna parte, y la certeza de que era demasiado tarde para ocultar lo esencial. Antes de que pudiera volver al ascensor, la luz de emergencia parpadeó y mostró una segunda figura tras un panel de cristal. Ni alta ni baja, ni hombre ni mujer: una presencia, solo una sombra. Ruth apretó el móvil, la linterna iluminando el aire negro, y preguntó con un hilo de voz:

—¿Qué quieres de mí?

La figura surgió, sus pasos perfectamente acompasados con el zumbido de electricidad que crecía y se afinaba como un grito sordo.

—Solo quiero justicia —dijo la voz, más un pensamiento que un sonido.

La palabra “justicia” la golpeó como un cubo de hielo. Sabía a qué se refería, pero el miedo podía más.

—No lo hice sola, —susurró Ruth—, tú lo sabes.

La sombra avanzó hasta quedar a un suspiro de distancia. En una maniobra súbita, tomó el móvil y lo estampó contra la mesa. La pantalla estalló en líneas blancas y azules. Ruth notó, por un instante, que el ascensor descendía solo, alguien lo había reclamado, quizás su cómplice, quizás su peor enemigo.

Buscó la salida, el corazón atronando. La sombra se interpuso y levantó un objeto, algo metálico, pequeño, frío. Ruth supo entonces que, aunque la cámara lo hubiera visto todo, jamás tendría oportunidad de explicar nada.

Cuando los primeros empleados llegaron por la mañana, el ascensor seguía detenido en el piso catorce, con las puertas abiertas. Nadie bajó. Nadie volvió a ver a Ruth. En el vestíbulo, la cámara de vigilancia mostró solo ausencias, parpadeos en la luz, y un sobre pardo que cayó inadvertido entre los papeles de rutina.

Solo el murmullo del ascensor, que aún sube y baja de madrugada, recuerda a Ruth —y a quien quiera que la haya seguido— cada vez que chirría la puerta abierta en la oscuridad.

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