La lluvia pintaba la ciudad de Roma con un filtro áspero, como si cada gota arrancara un pedazo de tiempo de los adoquines centenarios. Camila Ferrara descendió del taxi sintiendo la humedad pegarse a su piel mientras la Basílica de San Giovanni la acechaba bajo el cielo plomizo. Eran las tres de la mañana, una hora en la que los secretos pueden cambiar de dueño o desaparecer para siempre. El mensaje anónimo, entregado sobre la mesa de su despacho en la universidad – una sola frase, Querce Vetus, y un recorte de pergamino cubierto de números –, le había dejado un regusto metálico en la lengua. Esa palabra, Querce Vetus, “viejo roble”, despertaba en su memoria retazos de un padre al que nunca había conocido del todo.
Su linterna trazó haces sobre la nave central vacía. Avanzó entre las sombras, el eco de sus pasos perseguido por supuestos murmullos. Justo detrás del altar, junto a la escultura de un ángel gótico, la esperaba un hombre ya mayor; la sobrepeliz blanca traicionaba su pertenencia al clero, pero la cicatriz antigua sobre su mejilla era otra historia.
—Profesora Ferrara, gracias por venir —dijo con voz somnolienta.
—No tenía opción, padre. ¿Ese pergamino es auténtico?
El anciano sonrió con algo parecido a la tristeza.
—Tan auténtico como los pecados de este lugar.
Del bolsillo interior de la sotana extrajo una llave de bronce, ornamentada con notas musicales en relieve.
—Mi hermano fue a morir sin poder resolver el último enigma de Orfeo. Y sospecho que usted es la única persona capaz de hacerlo a tiempo.
Antes de que Camila pudiera interrogarlo, la puerta de la sacristía crujió; los dos se giraron instintivamente. Una mujer de cabello rojo y gabán negro surgió como una aparición, apuntando un arma con silenciador.
—No tenemos tiempo, Ferrara. Alguien más ha descifrado el mensaje.
La noche avanzaba sobre Roma y su historia bulliciosa, pero en aquel instante, sólo tres personas parecían respirar en la ciudad eterna. Camila tragó saliva, intentando descifrar la situación. La desconocida le lanzó un sobre.
—Ábrelo —ordenó.
Sus dedos temblaron al rasgar el papel. Dentro, una fotografía: mostraba una capilla olvidada en los mapas y, sobre la piedra del altar, una aguja hipodérmica junto a una partitura.
—Simonetti está vivo —aseguró la pelirroja—. Y quiere entregar “la melodía” esta noche.
El sacerdote se santiguó; Camila sintió que caía en un abismo tan hondo como inexplicable.
—¿Melodía?
—Un virus —dijo la mujer, bajando la voz—. Creado a partir de patrones musicales del siglo XVII. Codificado en el ADN de una partitura. Si Simonetti la libera, toda Europa caerá.
Camila apenas podía comprenderlo, pero uniendo los retazos de información, algo resonó: el viejo roble. La hoja del pergamino parecía cambiar ligeramente su color con la humedad, y los números eran disposiciones musicales, notas cifradas para ojos entrenados.
El trío se apresuró a salir tras la salutación amenazante de la pelirroja, cuyas manos no dudaban al manejar el arma. Salieron a las calles mojadas, donde un Alfa Romeo negro esperaba con las luces encendidas.
—Suban, rápido —ordenó ella.
Rodando por la ciudad, los retazos de historia y peligro se entrelazaban en el parabrisas, distorsionados por los relámpagos.
—¿Quién eres? —preguntó Camila, su voz más firme de lo que sentía.
—Aurora Lanski —respondió—, interpol y, si sobrevivimos, tu aliada.
El sacerdote los miró por el retrovisor interior, sus ojos llenos de secretos.
—Todo comenzó con la Sociedad Veritas. Hace siglos, crearon cinco melodías que, ejecutadas en orden, revelan un código. Pero nadie debía unirlas jamás. Simonetti las localizó todas.
—¿Por qué yo?
—La melodía final —dijo Aurora— está enterrada bajo el roble antiguo, en la cripta de la abadía de Querce Vetus. Sólo una descendiente directa de Ludovico Ferrara puede abrirla.
El corazón de Camila martilleó en su pecho. Así que su apellido era más que historia. Tenía un legado de sangre y de muerte pulsando bajo sus venas.
El coche dobló hacia las colinas de los Castelli Romani, bajo la vigilancia siniestra de la tormenta. En el antiguo monasterio de Querce Vetus, las raíces del gran roble rompían las lápidas del cementerio. Aurora miró a Camila a los ojos.
—¿Lista? —preguntó, y por primera vez, Camila entendió la magnitud del sacrificio.
Juntas, descendieron a la cripta. El aire era denso, embalsamado con siglos de silencio. Camila, guiada casi por instinto, deslizó la llave ancestral en una ranura oculta bajo un medallón de mármol. Un panel se abrió, revelando un cilindro sellado y una partitura cubierta de símbolos que parecían oscilar, retorciéndose en la penumbra.
El padre avanzó torpemente, murmurando plegarias. Aurora se agachó junto a la partitura, enfocando con una linterna ultravioleta.
—Es aquí.
Pero de las sombras emergieron, como espectros, tres figuras armadas. Simonetti, delgado como un hilo, los apuntó con una Beretta a la cabeza.
—Gracias por traerme a casa —susurró, su acento frío como el mármol.
Camila cerró su mano sobre la partitura, recitando de memoria las primeras notas, esperando que fuera suficiente para desactivar el mecanismo oculto.
Simonetti disparó al aire.
—¡No más melodías! Si no me entregan el cilindro, la muerte de Roma será la nueva sinfonía.
Y entonces, en la cúpula de la cripta, el canto de los monjes resonó, activando el eco antiguo de las melodías prohibidas. Aurora, reaccionando con velocidad, saltó sobre Simonetti mientras Camila deslizaba la partitura bajo el roble, dejando que el agua de la tormenta la destruyera lentamente.
Simonetti gritó, pero la melodía final, jamás tocada, se hundió en el barro y en el olvido.
La tormenta amainó. Afuera, Camila respiró hondo, sintiendo el peso de la historia y de la vida, mientras Aurora la miraba con un respeto callado.
—La humanidad siempre querrá nuevas melodías —musitó Camila—. Pero algunas jamás deben ser escuchadas.
Y la noche romana, por fin, respiró en silencio.
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