Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Tras la puerta
Edición limitada de la novela Anatema.
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Hay algo malo en casa
Portada del relato La noche más larga
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Fragmento:


Al llegar, la escena tenía el ambiente del preludio a una masacre: el ulular distante de sirenas, una figura encorvada bajo la llovizna, las luces intermitentes de un automóvil que no parecía pertenecer a nadie. Se acercó, la placa a medio notar debajo del abrigo, el arma asegurada en el costado.

Duración: 06:02

La noche más larga
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El teléfono sonó a las dos y doce de la madrugada, arrancando a Harry Saxon de un sueño inquieto plagado de rostros que no quería volver a ver. Siempre es a esas horas cuando la verdadera oscuridad aparece: cuando el crimen, la desesperación y el dolor se entrelazan bajo la coraza estática del insomnio. Descolgó el auricular antes de que la esposa al otro lado de la cama pudiera despertar completamente.

—Inspector Saxon…— susurró una voz temblorosa—, ¿me escucha?

Harry reconoció enseguida el tono: ni víctima ni culpable, sino el de alguien que observa desde el filo, con un pie en el abismo y el otro aferrándose a la última hebra de esperanza.

—¿Quién es?— preguntó, apenas en voz baja.

La respuesta vino seguida de un sollozo ahogado.

—Van a matarme. Creo que ya empezaron.

Entonces la línea cayó en un silencio espeso, más pesado que la noche. Harry realizó la rutina automática: localizó el número, anotó la hora y detalló cuanto pudo de la escasa voz. No había tiempo para esperar órdenes ni para pedir refuerzos a esas alturas; sabía bien que, si de verdad aquello era urgente, cada minuto contaba.

Se vistió en tres movimientos y salió al pasillo del pequeño apartamento. La lluvia caía como metralla sobre las fachadas deterioradas del barrio viejo, y las farolas derramaban su luz amarilla sobre los charcos, invitando a las sombras a jugar.

Conducía a través de los callejones húmedos, el parabrisas empañado por el vaho de la ciudad. Recordaba la voz: joven, desesperada y con un deje de vergüenza, como si confesar su miedo fuera la derrota final. Revisó los datos del número: un teléfono prepago, sin dueño aparente, pero triangulable hasta un punto cerca del río, bajo el viaducto de la autopista. Demasiadas cosas ocurrían en esos túneles de concreto: acuerdos de drogas, ajustes de cuentas, promesas rotas. El sitio perfecto para que cualquiera desapareciera.

Al llegar, la escena tenía el ambiente del preludio a una masacre: el ulular distante de sirenas, una figura encorvada bajo la llovizna, las luces intermitentes de un automóvil que no parecía pertenecer a nadie. Se acercó, la placa a medio notar debajo del abrigo, el arma asegurada en el costado.

—¡Policía!— gritó—, salga despacio, muéstreme las manos.

La figura se irguió: una joven mujer, el rostro demacrado y los ojos enrojecidos. Los dedos temblorosos apuntaban a un punto detrás de Harry.

Antes de que pudiera girarse del todo, sintió el zumbido de la velocidad y una presión fría junto al cuello: acero, hoja, amenaza.

—No se mueva— susurró una nueva voz, masculina, hundida en odio.

La presión aumentó apenas, sin cortar, pero lo suficiente para subrayar la gravedad del instante. El caudal del río rugía al fondo, envolviendo la escena en un telón de fondo primitivo.

—Ella no tiene nada que ver— murmuró Harry—. Estoy aquí. Solo yo.

Detrás, la respiración del agresor era pesada, cargada de impaciencias. Sintió la estructura criminal detrás de ese gesto, el cálculo, el mensaje. No era simple sangre: era una advertencia.

La joven cayó de rodillas y comenzó a suplicar en una lengua que Harry apenas reconoció. El tipo detrás le dio un brusco empujón, suficiente para tirarlo al suelo. El cuchillo cortó aire, no piel, pero la amenaza permanecía.

Hubo un destello de luces azules en la distancia: un coche patrulla, o quizás solo el reflejo engañoso de una ambulancia. El atacante desapareció tan deprisa como había llegado. Harry, con la cabeza latiendo y los músculos alertas, se acercó a la joven.

—¿Quién era?— preguntó, mientras ayudaba a levantarla.

Ella no respondió, solo metió una nota arrugada en su mano. Un nombre, una dirección, nada más.

Al regresar al coche, Harry abrió el sobre: el nombre le resultó conocido, uno de los pocos que nunca había logrado atrapar en sus años de servicio. Alguien que, con cada detención fallida, lo obligaba a preguntarse si su trabajo había servido realmente para algo.

La dirección era un edificio olvidado, en una calle que sólo figuraba en los mapas más viejos. Allí se dirigió, paladeando la ansiedad, inhalando el peligro.

A cada paso, los detalles caían como piezas de dominó: la llamada, la trampa, la joven inmigrante usada como cebo… y ahora, la vieja cuenta pendiente que tocaba saldar. En el vestíbulo del inmueble, el eco de sus pisadas le recordó a su propio corazón: golpeando fuerte, empujándolo a no dudar.

Subió por la escalera de emergencia, con la pistola desenfundada y la mente alerta para cualquier irregularidad. En el tercer piso, un leve murmullo, el chirrido de varias puertas abriéndose casi al unísono. No estaba entrando a un escondite: era una emboscada.

No le sorprendió ver los ojos familiares de Marco Lemoine, el traficante de sueños rotos, rodeado de cuatro hombres armados. Harry se quedó junto a la barandilla, en mitad del pasillo, sabiendo que el siguiente movimiento sería definitivo.

—Esta vez no tienes dónde esconderte— dijo Marco—. Tú cruzaste la línea, no nosotros.

—Las líneas no existen, Marco. Solo las cruza el que no tiene nada que perder.

El último acto fue breve, explosivo; disparos, gritos, el olor ácido de la pólvora mezclado con el miedo. Harry salió herido, arrastrando una pierna, con el sonido de las sirenas ahora sí acercándose, cada vez más claras, hasta que la noche cedió a las primeras luces del día.

En la acera, sentado sobre un bordillo, contempló el amanecer a través de unas manos manchadas de sangre y sudor. Pensó en la llamada, en la joven, en Marco, en lo mucho que había cambiado la ciudad y en lo poco que él había logrado cambiar con ella. Pero, en el fondo, supo que bebía de esa noche —la más larga, la más sucia—, la certeza de que el mal no duerme y el bien nunca descansa.

Y que el teléfono podía sonar de nuevo. Siempre a las dos y doce de la madrugada.

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