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Fragmento:


Respiró hondo y abrió la puerta.

Duración: 05:45

La Puerta que Siempre Cruje
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Andrea supo que había vuelto cuando oyó el chasquido sibilino de la puerta de la despensa, ese pequeño sonido que llevaba seis noches robándole el sueño. Era como si la madera misma sufriera, le susurrara en un idioma remoto. Cerraba los ojos, pero el sonido persistía en su mente: una nota aguda, estirada, pegajosa. Había llegado a temerle más que a cualquier otro ruido de esa casa, ya que le recordaba la infancia, cuando creía ciegamente que las casas sentían y se vengaban.

Su marido, Mario, resoplaba en el lado opuesto de la cama, tan ajeno al insomnio de Andrea como los árboles del jardín lo eran a la tormenta de pensamientos que crecía dentro de ella. Y tal vez porque era el tipo de insomnio sin rostro, la clase de vacío en la que hasta el propio cuerpo empieza a conspirar, Andrea agarró la linterna de la mesilla y descendió descalza y en silencio, tanteando cada peldaño, cada alfombra.

La luz era un halo tembloroso en sus dedos, un círculo pálido en las paredes de estuco rancio. El chasquido volvió. Esa madera vieja, roída por algo que nunca era visible, pero de lo que Andrea sentía el latido, justo ahí, tras el pestillo oxidadísimo. Pudo haberse dado media vuelta. Pero la lógica había empezado a resquebrajarse dentro de ella hacía tiempo, y cuando la lógica falla, cualquier acto es posible.

Ante la despensa, que a la luz del amanecer solía parecer anodina, ahora era una boca negra, expectante. Andrea apretó la linterna contra el muslo. Últimamente había encontrado cosas extrañas allí: la toalla manchada, el tarro de azúcar con la tapa abierta, pequeñas piedras dispuestas en círculo sobre la madera. Había culpado a Mario, atribuido todo a su proverbial despiste, pero la simetría incómoda de los objetos, el modo en que parecían mensajes cifrados, la asustaba.

Respiró hondo y abrió la puerta.

La luz tembló y rozó algo en una esquina. Un resplandor metálico: un anillo que no reconocía. Se arrodilló, temblorosa, pensando en lo absurdo de buscar sentido donde solo había caos. Cuando lo levantó, sintió el frío del metal grabándole la palma. Era pesado, antiguo, una piedra azul incrustada. Andrea no tenía ni anillos ni bisutería de esa clase en casa.

Fue al salón, el objeto entre sus dedos. Miró la puerta, pensó un segundo en despertar a Mario, pero lo descartó. Ahora la pregunta era inevitable: ¿de dónde había salido eso?

El teléfono vibró, cortando el hilo de sus pensamientos. El reloj marcaba 3:07, la hora que su madre le había advertido tantas veces: “A esa hora ni los muertos descansan”. Temblorosa, leyó el mensaje: ahora no había dudas de que alguien jugaba con ella.

Las palabras eran simples, casi banales, pero el margen entre cada letra era irregular, como si el remitente hubiese estado corriendo:

“LO SÉ TODO DE LA PUERTA. MÍRALA.”

Sin remitente, solo eso.

Andrea se volvió despacio. La despensa seguía abierta. Pero fue la sombra junto a la nevera lo que la desmoronó por dentro. Era como si alguien estuviera allí, a medio materializarse, la silueta vaga pero insistentemente humana, un bulto con hombros y cabeza que parecía observarla. No podía ser Mario; lo oía roncar arriba. Ni el hijo, que no volvía hasta la semana siguiente.

Sintió la náusea, la repentina aridez de la garganta. Entre el miedo y una rabia ciega, apuntó la linterna, pero la sombra no se disipó. De pronto, la habitación cambió de olor: humedad y tierra removida, como cuando de niña jugaba a excavar alrededor de la casa buscando tesoros.

Despertó horas después en el suelo. No recordaba haberse desmayado, pero la fría baldosa asida entre las mejillas le decía que no era un simple sueño. El anillo seguía en la mano, casi marcado en carne viva. Mario la encontró así. "¿Has dormido aquí?" Preguntó, sin darle importancia a su temblor. Andrea no podía responder.

Durante las noches siguientes, los ruidos continuaron. El anillo, ahora guardado en el bolsillo de la bata, le pesaba como un testigo. Golpes secos, pasos sordos, un leve murmullo que parecía recitar su nombre con sílabas deformadas. Mario no oía nada. Se volvió más distante; tomaba los objetos con una delicadeza exagerada, como si cada taza o cuchillo estuviera cargado de algo peligroso.

Una madrugada, incapaz de dormir, Andrea decidió registrar la casa. Recorrió habitaciones y pasillos con la linterna, hallando rastros sutiles de desorden. Sobre la alfombra del cuarto de su hijo: cabellos largos, oscuros, enroscados como serpientes diminutas. La vieja muñeca de trapo junto al armario, boca abajo, con la palabra “PUERTA” arañada en la tela. No podía haberlo hecho su hijo. No tenía memoria de que esa palabra existiera antes en su casa.

Las paredes parecían respirar, jadeando en la penumbra.

El anillo la llamó, casi físicamente, hacia la despensa.

Abrió, escuchando su propio aliento agitado. Dentro, al fondo, la madera se había resquebrajado en líneas extrañas, acaso inscripciones. Andrea pasó la linterna y vio letras torcidas, ahogadas en la humedad. Una frase:

“SOLO EN EL SUEÑO, LA PUERTA SE CIERRA.”

Estaba a punto de retroceder cuando algo la empujó por detrás. Cayó de bruces, la linterna rodó. Un sudor helado le recorrió la espalda. Pensó que moriría. Entonces lo entendió: la casa la vigilaba. No sería la primera, ni la última. El cansancio era, tal vez, la contraseña. Solo cuando su mente vacilará en los límites del sueño, lograría cerrar la puerta de verdad y retener lo que fuera que había cruzado.

Solo que, a esas alturas, Andrea ya no quería dormir nunca más.

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