Fragmento:
Un taxi oxidado se detuvo a su lado como una bestia herida. Dentro, la conductora —una mujer de labios resecos y expresión endurecida— le miró por el retrovisor. Daniel subió sin hablar. Nadie intercambiaba palabras en esas calles a esa hora, no si querían mantener la lengua en la boca. Por la ventanilla, los anuncios de neón danzaban en azul y rojo, reflejos distorsionados que tapaban los ojos de los peatones. El taxi tomó la dirección sur, cruzó un puente resquebrajado, y se perdió entre calles donde los perros ladraban a su propio reflejo.
Duración: 05:41
A medianoche, la ciudad de Bucarest brillaba como una joya fragmentada, y el aire pesado arrastraba murmullos, secretos —y peligros. El hombre que se hacía llamar Daniel Ryder sintió el viejo latido nervioso en la sien mientras descendía por la avenida Magheru. Hacía cinco horas que había cambiado de aspecto y de nombre, que había cruzado fronteras ficticias y mentales, persiguiendo a un fantasma cuya huella conocía mejor que la suya propia. “El Testigo”, le susurraban sus contactos en tres idiomas diferentes. Daniel sabía que, si encontraba a ese hombre antes que los otros, tal vez podría salvar lo poco que quedaba de su fe en el sistema para el que alguna vez trabajó.
Un taxi oxidado se detuvo a su lado como una bestia herida. Dentro, la conductora —una mujer de labios resecos y expresión endurecida— le miró por el retrovisor. Daniel subió sin hablar. Nadie intercambiaba palabras en esas calles a esa hora, no si querían mantener la lengua en la boca. Por la ventanilla, los anuncios de neón danzaban en azul y rojo, reflejos distorsionados que tapaban los ojos de los peatones. El taxi tomó la dirección sur, cruzó un puente resquebrajado, y se perdió entre calles donde los perros ladraban a su propio reflejo.
En el maletín bajo su abrigo, Daniel rozó los papeles robados. En la madrugada anterior, un periodista había muerto arrojado por la ventana de un décimo piso. Las fotografías que había tomado con su móvil —ahora en manos de Daniel— revelaban mucho más de lo que cualquier tribunal admitiría: hombres en trajes de gala, la insignia olvidada de un consulado, bolsas de dinero, mapas de rutas de tráfico humano. Daniel no sabía en quién podía confiar. Lo único claro era una dirección trazada a mano con un bolígrafo rojo: Strada Fabrica de Glucoză, 14.
La ciudad parecía más oscura allí, y una fina llovizna comenzó a repiquetear contra los adoquines. Daniel descendió ante un portal sin luces. El olor ácido del vapor de alcantarilla le hizo pensar en su niñez en Manchester: los días en que las decisiones eran simples, cuando aún podía dormir de un tirón. Ahora, cada sombra era una amenaza, cada desconocido, un posible asesino a sueldo. Caminó con el abrigo ceñido, sintiendo el peso de una Glock oculta en el costado.
Una figura aguardaba bajo el alero. Apenas visible, la silueta encendía y apagaba un cigarrillo. Daniel supo al instante que no era local: la forma en que la figura inspeccionaba la calle y ocultaba el rostro era un viejo truco de entrenamiento. Empezó a caminar, no directamente hacia el contacto, sino hacia la entrada de la panadería cercana. Una señal. La figura apagó el cigarrillo y lo arrojó a la alcantarilla, y entonces Daniel reconoció a Irina.
“Creí que habías muerto en Rabat”, susurró ella en rumano. Sus ojos eran dos cuchillas heladas.
“Yo también”, respondió Daniel. Compartían algo más que entrenamiento: un pasado cruzado por traiciones y noches largas. “¿Está el Testigo aquí?”
Irina señalaba la puerta del edificio sin mirarle a la cara. “Está arriba. Pero no eres el único que viene por él. Los otros ya están cerca.”
Dudas, recuerdos y viejas heridas flotaron entre ellos como vapor. Subieron la escalera. Piso tras piso, el aroma de humedad y miedo se hacía más espeso. Cuando llegaron al apartamento 4C, la luz temblorosa de un portal apenas iluminaba una puerta astillada. Irina sacó una ganzúa y la puerta cedió con un quejido.
Dentro, el aire olía a pólvora seca y a miedo añejo. El Testigo estaba allí, acurrucado en un rincón, temblando. Un hombre menudo, rostro picado, mirada desorbitada. “¡No disparen!”, imploró en una mezcla de inglés y eslavo.
“Venimos a sacarte. Habla ahora”, apremió Daniel.
Pero entonces, el estruendo sordo de un disparo atravesó la noche. El marco de la ventana explotó en astillas y Daniel rodó al suelo mientras Irina sacaba la pistola. Gritos en la escalera. Era una trampa. Detrás de la puerta, pasos pesados, órdenes cortas en otro idioma. Daniel arrastró al Testigo por la cocina mientras Irina cubría la retirada disparando a ciegas.
Saltaron por una ventana baja, aterrizando en un sucio callejón mientras las balas zumbaban sobre ellos. El Testigo gritaba, parecía querer volver, pero Daniel lo arrastró hasta la sombra de un contenedor apestoso. Irina les alcanzó, con la cara manchada de sangre, no suya. “La furgoneta”, jadeó.
Al final de la calle, un motor arrancó. Los disparos cesaron, pero los pasos aumentaron. Daniel, con el Testigo a rastras, corrió por su vida. Subieron de un salto a la furgoneta blanca; el motor rugió y se perdieron por los suburbios mientras una lluvia interminable cubría la ciudad de rumores. Atrás, las sirenas aullaban, ajenas al idioma en ciernes del horror.
El Testigo comenzó a hablar. Los nombres, las rutas, los pagos: todo encajaba en el rompecabezas que Daniel ya intuía con terror. Este caso no era únicamente un asunto de corrupción o tráfico. Era algo peor, una red global, con tentáculos en Parlamentos y embajadas. Y lo peor: uno de los cerebros era un antiguo mentor de Daniel en el MI6…
Amanecía en Bucarest cuando la furgoneta se detuvo en las afueras, entre molinos oxidados y antenas de radio. De aquí en adelante, nadie les protegería. Irina miró a Daniel, la tristeza de los traidores en su rostro. “El siguiente paso es Moscú. Y estaremos solos.” Daniel asintió, el pulso acelerado, y supo que la caza apenas había comenzado. Porque en esta guerra, la verdad podía llegar a matarlos mucho antes que una bala.
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