Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
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De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato Las Sombras de la Medianoche
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Fragmento:


Una onda de temor recorrió a Abigail. Nebula era el nombre de la operación, algo tan impenetrable y letal como un agujero negro en la política internacional. Un proyecto secreto repartido en fragmentos de información a través de Europa. Algo tan valioso que hombres ardientes de ideologías y jefes informes de agencias oscuras estaban matando sin miramientos para construir el rompecabezas.

Duración: 08:12

Las Sombras de la Medianoche
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El frío de Varsovia era más hosco de lo que pensaba. Abigail Knox se detuvo bajo la tibia luz anaranjada de una farola y repasó la nota que llevaba doblada en su guante de cuero negro. Era una dirección, escrita apresuradamente en una lengua que no dominaba, con una marca extraña en el reverso: un lobo estilizado, de trazo impreciso y veloz. Había llegado a Polonia usando un nombre falso, dejando tras de sí los rastros confusos de una carrera en Langley y la desesperada huida de París. Ahora, con la niebla levantándose del Vístula, la sensación de peligro le era casi física, un escalofrío largo por la espina.

La cita iba a ser en el tercer piso de un bloque de cemento gris, una construcción soviética olvidada por los años y por los hombres. Las escaleras olían a humedad y a colillas apagadas, y los pasos de Abigail flotaron apenas audibles entre las sombras rotas del rellano. Golpeó la puerta seis veces: dos, una corta, luego tres más. Era la señal. No estaba segura de a quién encontraría; el contacto solo se hacía llamar “Piotr”, pero la voz amable tras la puerta no erraba en el tono correcto. “Entra,” murmuró. Y Abigail no dudó.

Adentro se encontró con una estancia pequeña, repleta de libros y mapas clavados en la pared con chinchetas oxidadas. Un hombre de barba gris que parecía llevar todas las derrotas de Europa Oriental en las arrugas la esperaba bajo la lámpara. Piotr, suponía. En lugar de saludarla, le entregó un sobre blanco. “Hay alguien más aquí además de nosotros,” le advirtió en voz baja. “Han estado siguiendo cada movimiento desde que bajaste del tren.”

Abigail desgarró el sello y vio la foto: un hombre joven, vestido de militar, lo suficientemente corriente para pasar inadvertido en cualquier frontera. “¿Quién es?” preguntó. “El hijo de Steiner. El traidor que vendió los archivos de Nebula al otro lado.”

Una onda de temor recorrió a Abigail. Nebula era el nombre de la operación, algo tan impenetrable y letal como un agujero negro en la política internacional. Un proyecto secreto repartido en fragmentos de información a través de Europa. Algo tan valioso que hombres ardientes de ideologías y jefes informes de agencias oscuras estaban matando sin miramientos para construir el rompecabezas.

Abigail se sentó en el cómodo pero desvencijado sofá. Sabía, por sus años en la Agencia, que nada se entregaba sin un precio oculto. “¿Por qué me das esto? ¿Por qué confiar en mí?”

Piotr sonrió con cansancio. “Porque Steiner te mencionó antes de caer. Y porque una bestia con más garras que tu gobierno está detrás de ti desde Berlín.”

La puerta vibró con un golpe seco. Piotr se puso de pie, rápido como si de pronto la edad pesara menos. Abigail levantó la pistola, una Beretta que nunca calentaba demasiado su mano. Del otro lado de la madera, un acento gutural gruñó: “Abran, es la policía.”

Aquello no era cierto. No había patrullas regulares en ese barrio desde hacía semanas y el procedimiento era otro. Piotr asintió, una seña que Abigail ya había aprendido a respetar. La ventana de la cocina daba a un botadero lateral. Sin mirar atrás, saltó mientras escuchaba la puerta cediendo por la fuerza.

Cayó en la nieve, rodó, y corrió, arrastrando el sobre con la foto y unos documentos que apenas tuvo tiempo de recoger. Piotr, con un oído para la supervivencia, estaba ya cruzando los cubos de basura cuando los disparos reventaron como truenos tras la madrugada. El resto fue confusión: un coche, un motor en marcha, y la sangre caliente disparándole a los oídos.

En el asiento trasero, Abigail revisó el sobre. El nombre del joven: Marko Steiner. Una dirección en Budapest que, según Piotr, era “la última pieza antes de que todos entiendan el juego.” Las instrucciones venían cifradas, pero Abigail sabría reconocer los nombres y las rutas. Porque, en este negocio, los errores se pagaban en sangre y desapariciones permanentes.

Durante horas viajaron en silencio por caminos secundarios, bordeando puestos de control y pueblos hundidos en esa tristeza perenne de la Europa oriental. Piotr hablaba poco, y cada tanto, miraba por el retrovisor como si esperara que la sombra tras ellos se materializara en la forma de un viejo Lada o un Mercedes negro.

En una gasolinera medio abandonada, pararon a tomar café. Abigail encendió un teléfono de un solo uso, marcó un número y al otro lado una voz velada, con eco a despacho gubernamental, respondió. “Paula Sheppard.”

Era la única persona de su confianza ahora, una analista forense del MI6 que sabía de traiciones y de códigos invisibles en las líneas del tiempo. “La pieza está en movimiento,” susurró. “Nebula sigue activo. Steiner tenía razón. Y nunca nos contó todo.”

La voz de Paula se volvió un susurro de hielo. “Cuidado, Abigail. Enviaron a un francotirador a eliminarte en París. Los rusos están dentro de la jugada. El Servicio ha perdido dos hombres en Bucarest y hay una cacería para que esto termine en silencio.”

Esas palabras no la sorprendieron. Había aprendido, muy joven, a desconfiar de las órdenes y a leer entre líneas. Pero también había una urgencia nueva en ese aviso: algo grande se estaba urdiendo y la cuenta regresiva no admitiría errores.

Dejaron el coche en la frontera húngara. Piotr, que había recuperado el aplomo, le entregó a Abigail un pasaporte búlgaro. “En Budapest te buscarán en la estación del Este. No pares por nadie. Si ves a un hombre con gabardina gris y bastón, sigue de largo. Es una trampa.”

La ciudad, al llegar, era un laberinto de niebla y faroles muertos. Nadie, excepto los intransigentes del Servicio, podría distinguir a Abigail entre la multitud. Caminó sin mirar atrás, se perdió entre los vendedores de billetes y las ancianas que ofrecían rosas mustias. En los andenes, un muchacho la aguardaba. No era Marko, pero llevaba el mismo símbolo del lobo en su abrigo, apenas visible entre los dobleces.

Se acercó, cauta. “¿Marko?”

El chico negó con la cabeza, la miró con unos ojos azules de desesperación. “No está aquí. Tienes que encontrar a su madre. Ella tiene la ubicación de la bóveda.” Le entregó una nota: una dirección en las afueras, un hostal olvidado.

Todo era vértigo. Abigail se dio cuenta, demasiado tarde, que la estación no era segura. Un destello de luz, el reflejo familiar del cañón de una pistola en el bolso de una mujer, confirmaron su instinto. Corrió sin mirar atrás, saltó las vías, y en el eco de la ciudad oyó los primeros tiros. Atravesó Budapest como una sombra, cruzando callejones y casas decaídas hasta que el mundo, por un instante, pareció guardar silencio.

En el hostal, la verdadera esposa de Steiner la esperaba. Una mujer de cabello nervioso, olor a polvo y miedo. Abigail le mostró la foto. “¿Dónde lo escondió?”

La mujer le entregó una llave. “Tercera caja. Banco Dunar, en el distrito cinco. Pero tienes que darte prisa. Ya no quedan amigos en esta ciudad. Todos los demás están muertos o vendidos.”

Abigail sabía lo que tenía que hacer. Encapuchada en la oscuridad matinal, llegó al banco, sorteó los sistemas de seguridad con el arte aprendido en años de traición y supervivencia. Con la llave abrió la caja: documentos, una memoria USB, y una fotografía de Marko, su padre, y un desconocido abrazados frente a una estación nuclear.

Las piezas encajaron. Nebula no era solo un archivo. Era el nombre clave de un plan para sabotear la estabilidad energética de media Europa, para sumir en el caos un continente siempre al filo. Marko era la última voz para desenmascarar a los auténticos escritores del guion: hombres y mujeres repartidos en despachos limpios y tras puertas con mi nombre en ellas. Los verdaderos titiriteros.

Salió del banco sabiendo que la cacería apenas comenzaba. Fuera, el cruce de miradas, el chasquido de un tacón, el suspiro anónimo del peligro eran la sinfonía conocida. Con los documentos bajo el abrigo y el corazón en la garganta, Abigail Knox desapareció en la marea gris de la ciudad, lista para la próxima fase del juego. Porque en el ajedrez de las sombras, no hay jaque mate: solo una huida hacia adelante. Y la promesa de una verdad que nunca será absoluta, pero sí mortal.

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