Fragmento:
La voz llegó con un susurro, blanda y conocida, saliendo del rincón más oscuro de la cafetería que solía visitar cuando necesitaba soledad. —Has llegado tarde—, observó un hombre alto, de rostro limpio y modales implacables. No llevaba sombrero, lo que en ese mundo de anónimos era casi una provocación. Olivia se sentó frente a él, sin prisa, ordenó un café irlandés y sólo cuando lo tuvo entre las manos respondió: —La puntualidad es para los que aún creen que tienen el control—. Sonrió para ocultar la inquietud. Sabía que él estaba allí para advertirle, para recordarle que los hilos invisibles seguían tensos.
Duración: 05:43
Cada vez que despertaba, Olivia sentía que había perdido algo. A veces era tan simple como el sabor de una palabra en la lengua, otras tan fugaz como una imagen al fondo de sus recuerdos. Aquella mañana, sin embargo, supo exactamente que había extraviado: la seguridad. La ciudad hervía bajo la tormenta que anticipaba. Los paraguas flotaban en el empedrado de la plaza central, el viento zarandeaba las puertas de las tiendas, los faroles proyectaban sombras largas y temblorosas. Olivia cruzó la calle, el abrigo pegado al cuerpo como una segunda piel, y supo que no era la única que estaba siendo observada.
La voz llegó con un susurro, blanda y conocida, saliendo del rincón más oscuro de la cafetería que solía visitar cuando necesitaba soledad. —Has llegado tarde—, observó un hombre alto, de rostro limpio y modales implacables. No llevaba sombrero, lo que en ese mundo de anónimos era casi una provocación. Olivia se sentó frente a él, sin prisa, ordenó un café irlandés y sólo cuando lo tuvo entre las manos respondió: —La puntualidad es para los que aún creen que tienen el control—. Sonrió para ocultar la inquietud. Sabía que él estaba allí para advertirle, para recordarle que los hilos invisibles seguían tensos.
Afuera, la lluvia comenzó a caer. Golpeaba los cristales frenéticamente, como si intentara entrar. Olivia sentía la presión de la mirada del hombre, apodado "el Médico" en los informes, porque curaba, pero también diseccionaba con la precisión de un bisturí. —Esta vez no es un simple mensaje—. Extrajo un sobre del bolsillo interno de su abrigo, lo colocó entre ellos como una bomba sin detonar. —Han escalado—. Se refería a los otros, aquellos que jugaban en el lado opuesto del tablero. Agentes sin rostro, lealtades cambiantes, la guerra silenciosa de poder e información que nunca cesaba.
Olivia deslizó una uña bajo la solapa del sobre. Un archivo impreso, fotografías borrosas: imágenes de sí misma cruzando la avenida dos noches atrás, el pelo revuelto, el rostro plegado en una mueca desconocida. Bajo las fotos, nombres y direcciones. El suyo propio entre ellos, tachado en rojo. La amenaza era clara—era un objetivo, la caza había empezado. —¿Sabes lo que arriesgas, Olivia?—preguntó el Médico, la voz baja. Ella asintió, sin palabras. Ya no era una elección, nunca lo había sido.
Aquel sobre era una sentencia y, a la vez, la llave de su única salida. Observó el reflejo de sí misma en el cristal empañado: ojos de alguien que ha vivido varias vidas. Captó, tras su hombro, un destello plateado. Una cámara—o quizás la hoja de un cuchillo, pulida por la curiosidad y el peligro. Olivia se levantó con naturalidad, sujetando el sobre, dejando la taza medio llena. —Nadie sale ileso de esto, ¿verdad?—murmuró. El Médico negó despacio, su respuesta un umbral, no un consuelo.
La persecución no sería ruidosa. Era esa clase de guerra hecha de puertas cerradas, llamadas a medianoche, citas en estaciones de tren vacías. Olivia cambió tres veces de abrigo antes de llegar a la guarida. Allí la esperaba Claudine, menuda y precisa, la única persona en la que confiaba lo suficiente para dormitar con un ojo cerrado. El archivo se desplegó sobre la mesa, los nombres se sumaron al tablero como piezas nuevas, aunque el peligro olía a antiguo.
—Alguien de dentro lo ha filtrado—dijo Claudine, con voz recia—. Y no soy sólo yo quien piensa que buscan una cabeza de turco. Olivia miró los rostros de los demás agentes, escapando de la luz como insectos. Su instinto le susurraba nombres, pero desconfiar era tan necesario como respirar en aquel juego. La traición siempre tenía matices, y las lealtades—cuando existían—se rompían al avanzar el reloj.
Esa noche no durmieron. Olivia repasó los movimientos aprendidos, el recorrido de huida. Sabía que antes del amanecer alguien llamaría a su puerta, o, peor, la saltaría sin pedir permiso. Escondió el archivo en una rendija de la chimenea, encendió el fuego como si un simple ritual pudiera quemar sus miedos. Cerca de las seis, la llamada llegó: tres tonos, pausa, dos tonos, la señal convenida de alarma. Se preparó para lo imposible.
El Médico estaba muerto.
Lo encontraron en el muelle, el abrigo todavía seco, la mirada vacía. La policía llegó con lentitud, lejana y vigilada, y Olivia supo que aquello era más que un aviso. Era una caza. La muerte solucionaba problemas, pero también creaba un laberinto de sospechas. Durante dos días no comió, vivió en relámpagos de memoria y mapas mentales. Todo la llevaba de vuelta al sobre.
Al tercer día, Claudine desapareció y una carta anónima apareció bajo su puerta: “No busques. Sabes lo que pasa con los que buscan.” Olivia quemó la carta y respiró el humo como si fuera una plegaria.
Sabía que no podía retirarse. Sabía que, en este mundo, sólo se sobrevive hasta dejar de ser útil, hasta que tu nombre, tachado en rojo, deja de importar. La ciudad seguía latiendo, la lluvia insistiendo en borrar huellas. Olivia abrochó el abrigo, guardó el sobre en el interior de su camisa, y caminó hacia la siguiente sombra, sabiendo que, en este juego, el silencio era el mayor de los gritos.
No supo si algún día recuperaría aquello que había perdido. Por ahora, solo quedaba moverse, dudar, sobrevivir. Otra puerta, otra noche, otra posibilidad de no regresar jamás. Pero mientras hubiera una tercera puerta, una más allá de lo visible, Olivia se aseguraría de que nadie olvidara su nombre ni los ecos quedos de la verdad, arremolinándose en la niebla.
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