Fragmento:
Había aprendido, una vida antes y en otra frontera, que los finales no llegan con los acordes de los himnos nacionales, sino con el temblor en la garganta segundos antes de apretar el gatillo. Eran las noches de Varsovia las que la habían endurecido, con conversaciones susurradas al filo de la paranoia y ese ingeniero sueco que no pudo salvar. Desde entonces, el miedo se instaló en ella como una tercera pupila, todo lo veía, nada lo olvidaba.
Duración: 04:35
A los setenta y siete minutos de las dos de la mañana, el tren oscuro que cruzaba la frontera entre Polonia y Alemania solo parecía transportar lechos vacíos, equipajes medio abarrotados y sueños rotos hacia ningún sitio. O eso era lo que aparentaba desde el exterior, donde el rocío dibujaba ríos en el vidrio. En el compartimento diecisiete, Olivia Czerny consultó por octava vez la hora en su reloj De Ville, el mismo que, en la parte trasera, escondía una cápsula de cianuro que había jurado jamás utilizar.
Había aprendido, una vida antes y en otra frontera, que los finales no llegan con los acordes de los himnos nacionales, sino con el temblor en la garganta segundos antes de apretar el gatillo. Eran las noches de Varsovia las que la habían endurecido, con conversaciones susurradas al filo de la paranoia y ese ingeniero sueco que no pudo salvar. Desde entonces, el miedo se instaló en ella como una tercera pupila, todo lo veía, nada lo olvidaba.
La maleta de piel marrón en el portaequipajes ocultaba algo más peligroso que fórmulas nucleares: un cuaderno azul. Dentro, veintiún nombres, varios encriptados, otros tachados con rabia. El último, Aleksandr Voronin, era el motivo de su regreso a suelo enemigo. Dicen que el pasado es otro país, pero Olivia sabía, mientras la locomotora temblaba bajo la luna, que el suyo estaba en este tren, aguardando la próxima estación.
El inspector ferroviario pasó a su lado, despidiéndose con un leve asentimiento. La vigilancia era sutil en estos trayectos de medianoche, al igual que los venenos en copas de coñac o las órdenes dadas desde despachos que olían a cuero viejo y derrota. Olivia negó la botella que le ofreció el hombre del bigote: estudiar la debilidad ajena era su entrenamiento más fuerte. Frente a ella, una mujer dormía (¿de verdad dormía?) y a tres asientos, un hombre sin equipaje hojeaba el die Zeit sin pasar nunca la página.
La señal llegó, justo cuando cruzaban el último túnel antes de Görlitz: una vibración triple en el teléfono que nunca tocaba directamente. El mensaje era claro: "TARDE O NUNCA. HORA Y LUGAR CAMBIAN. SIGA EL SILENCIO." Olivia acercó el cuaderno azul a la luz, fingiendo leer poesía, mientras sus pensamientos tejían la estrategia. La estación prevista ya no era segura; el contacto la estaba redirigiendo a otro punto, uno no acordado, en el corazón de la ciudad vieja, donde los muros aún guardaban cicatrices de guerra y traición.
Bajó del tren pocos minutos después, deslizándose entre turistas borrachos y amas de casa con niños en brazos. La niebla abrazaba cada esquina, y en la plaza del reloj astronómico, la figura apareció según lo prometido: sombrero gris, bufanda roja. Dos señales, la tercera sería una sonrisa fingida. Olivia dudó. Todo en esa escena gritaba estar coreografiado para ella; quizás no era bienvenida, quizás aquella noche, por fin, pagarían sus deudas mediante su silencio.
Olivia caminó hacia el puente sobre el río. Se detuvo antes de girar la esquina; los pasos detrás de ella se multiplicaban sobre los adoquines. No necesitaba volverse para saber que ya no tenía aliados. El cuaderno azul pesaba en su bolso como un arma. Si entregaba los nombres, condenaría a algunos inocentes, pero si dudaba, su propia muerte sería instantánea. Al recordar el lema que una vez le susurraron en un sótano de Praga —“Nadie es inocente. Incluso tú”—, apretó los dientes y torció la muñeca, activando el mensaje de emergencia en su reloj. Nadie respondió.
La voz, cuando llegó, era demasiado joven para ser la de un operativo de verdad: “Das Buch.” Olivia no hizo ademán de entregarlo. La tensión se extendió en segundos, slicing the fog. Entonces, un disparo... o lo que parecía serlo. Solo el estallido de una bombilla detrás suyo. El chico del sombrero gris cayó de rodillas, sangre oscura manchando el empedrado. Alguien más, desde las sombras, había decidido el siguiente movimiento.
Olivia corrió calle abajo, saltando sobre el cuerpo caído. Esquivó manos desconocidas, cruzando el umbral de una tienda de antigüedades. Dentro, un anciano levantó la vista desde el periódico, “¿Se encuentra bien, señorita Czerny?” En ese momento, Olivia supo que el juego había escalado a un nuevo nivel. Ya no era solo un nombre escrito o borrado: los dueños de la lista empezaban a eliminarse entre sí.
No descansaría hasta que el último nombre fuera tachado, aunque resultara ser el suyo propio. Detrás de la puerta, la ciudad esperaba, ansiosa, en silencio; el eco de un disparo aún flotando sobre las aguas del río.
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