Fragmento:
Carmen asintió, arrojándole una memoria USB diminuta. “Esta es la última copia. El resto…”, y un escalofrío cruzó su rostro, “el resto ya desapareció con los otros. Están muertos, Falk. Han hecho que parezca accidentes, suicidios. Pero no lo son. Y tú eres el siguiente”.
Duración: 05:40
La niebla de noviembre se colaba entre las rendijas del vidrio, tapizando de humedad la cornisa de Södermalm. Eran las dos de la madrugada cuando una figura encapuchada zigzagueó bajo las lámparas anaranjadas, esperando que la última patrulla policial terminara su ronda. El móvil vibró en el bolsillo de su gabardina; un mensaje críptico, sin remitente conocido, sólo cuatro palabras en noruego: “El cuervo a medianoche”. Anders Falk deslizó los dedos por la pantalla, marcando el mensaje como leído. Afuera, la ciudad jadeaba en silencio.
Falk se detuvo ante el portal oscuro del edificio número 78. Un parpadeo apenas perceptible en la cámara de vigilancia le confirmó lo que temía: estaba siendo observado. No sería la primera vez. Durante los últimos seis meses, su vida se había convertido en una retorcida secuencia de persecuciones, encuentros clandestinos y alianzas difusas. Todo comenzó la noche en que recibió un sobre sin sellar, empapado por la llovizna, con un único papel en su interior. En el papel, una rúbrica familiar y un extracto bancario con movimientos imposibles de rastrear. Falk había vivido lo suficiente como para saber que, en su profesión, los secretos eran más valiosos que la propia vida.
Cruzó el umbral sin mirar atrás. Subió las escaleras de dos en dos, como había hecho a menudo en sus años universitarios, antes de que supiera lo que conllevaban las verdaderas lealtades. La puerta del tercer piso cedió con un leve giro de la manilla. En el interior, una silueta esperaba a oscuras, rodeada de humo de cigarro y naftalina. “Has venido más rápido de lo previsto”, dijo la voz, ronca, grave como la de un viejo amigo en desgracia.
“Carmen”, murmuró Falk, reconociendo la figura, “debiste haberme avisado antes”.
Ella dejó caer la colilla en un vaso vacío. “No había tiempo. Nos siguen, ¿lo sabes? Están en todas partes. Esto no es el viejo juego de los setenta, Anders. Ahora quieren sangre. Y tienen algo tuyo”.
El corazón de Falk se aceleró. “¿El archivo?”.
Carmen asintió, arrojándole una memoria USB diminuta. “Esta es la última copia. El resto…”, y un escalofrío cruzó su rostro, “el resto ya desapareció con los otros. Están muertos, Falk. Han hecho que parezca accidentes, suicidios. Pero no lo son. Y tú eres el siguiente”.
Anders cerró el puño alrededor del USB. Afuera, una sirena aulló en la distancia. “¿Quién está detrás de esto?”
“¿A quién crees? Los mismos rostros, nuevos disfraces. Los llaman los Operadores. No tienen país, ni bandera. Sólo una orden: limpiar cualquier rastro del Proyecto Olausson”.
Falk sintió las antiguas cicatrices arder. El Proyecto Olausson. Nadie pronunciaba ese nombre desde el final de la Guerra Fría. Se trataba de una red de manipulación informativa y sabotaje financiero orquestada en la sombra, capaz de voltear gobiernos enteros por medio del chantaje. Habían creído haber desmantelado todo, pero los nombres regresaban, como ecos persistentes de un mal sueño.
“Necesito verlo”, urgió Falk.
“Lo harás. Pero sólo tienes una oportunidad”. Carmen le entregó una hoja arrugada cubierta de nombres. “Estas son tus próximas paradas. A las cinco, debes estar en Norrmalmstorg. Si te siguen, vete al túnel. Yo me encargaré del resto”.
Las campanas de la iglesia Storkyrkan retumbaban en la madrugada. Falk descendió las escaleras y cruzó la calle, sintiendo cómo la ciudad se cernía sobre él, una inmensa telaraña de ojos y micrófonos. En cada esquina, la paranoia le susurraba posibilidades: un coche aparcado demasiado tiempo, una sombra que avanzaba contranatura, un hombre leyendo el periódico a la hora más improbable.
Saltó al metro en la estación Gamla Stan, mezclándose con los madrugadores sin hogar y los barrenderos temerosos. Caminó sin prisa, con un brazo cubriendo la garganta por instinto. En los monitores del vagón, un informativo repasaba las noticias: “Empresario sueco se arroja desde el décimo piso”, “Filtraciones sacuden al gobierno noruego”, “Ministro de finanzas polaco desaparece”.
El reloj de la estación marcaba las 5:02 cuando Falk salió a la superficie. Cruzó Norrmalmstorg bajo los primeros rayos de luz. Cuando giró a la derecha, dos hombres con abrigos oscuros emergieron detrás de él. Caminaron rápido, sin mirar directamente. Falk aumentó el paso, fingiendo buscar monedas en el bolsillo. Al pasar junto al banco, se arrojó al callejón del costado. Un disparo seco le silbó a centímetros de la oreja. Corrió, jadeando, hacia la salida al túnel.
Dentro, la oscuridad era absoluta, salvo por la luz anaranjada de un móvil encendido. Carmen lo esperaba, temblando. “Han borrado mis rastros en menos de cuatro horas. Esta será mi última noche.”
Carmen deslizó el portátil hacia él. En la pantalla, archivos cifrados aparecían en columnas interminables: transferencias secretas, listas de nombres, sesiones parlamentarias manipuladas. “Aquí están los motivos de tres asesinatos. Si esto sale a la luz, el equilibrio europeo se fracturará”.
Falk cerró el portátil con mano firme. “Debo encontrar a Hjalmar. Él es el último enlace.”
Carmen lo abrazó en la penumbra, sabia de que al salir de ahí, ambos eran ya espectros cruzando el límite del regreso.
En la última curva del túnel y bajo el sonido lejano de las sirenas, comprendió que el juego nunca terminaba. Los espías no morían—se evaporaban, dejando sólo trazas de sus secretos en la misma ciudad que los forjó. Aferrando la breve esperanza que sólo caracteriza a los desesperados, Falk desapareció entre las sombras de una Estocolmo que jamás duerme.
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