Fragmento:
La primera tarde de limpieza fue más pesada de lo que Lydia recordaba. A cada paso, parecía que lugareños, o quizá solo el viento, murmuraban detrás de las ventanas. Las cortinas, amarillentas y tersas, la miraban con aires recelosos. El aire parecía palparse, caliente y apagado, a pesar del invierno. Al pasar frente al espejo victoriano del pasillo, notó un reflejo que no era el suyo: una silueta, o la oscuridad misma, deslizándose tras ella. Apretó los dientes, negó con la cabeza, y siguió aspirando la alfombra cuarteada.
Duración: 06:14
Cuando la señora Appleby murió, sus hijos se deshicieron de sus pertenencias casi a la carrera, como si al hacerlo cada reloj, cada marco labrado minara un poco más el recuerdo viscoseo de su última semana, los pasillos tediosos y sofocantes donde la esperaba la muerte y donde ellos mismos creyeron por momentos haberse deslizado hacia un sueño tóxico. La casa de Cherry Lane, sin embargo, no fue tan clemente como esperaban; nadie quiso comprarla, a pesar del roble magnífico en el patio y la promesa antigua de cimientos sólidos. Los hermanos dejaron de intentar venderla. Durante un tiempo, la casa esperaba en un silencio lleno de partículas, hasta que Lydia, la más joven, fue designada a limpiarla una vez a la semana, con la esperanza de hacerla "presentable".
La primera tarde de limpieza fue más pesada de lo que Lydia recordaba. A cada paso, parecía que lugareños, o quizá solo el viento, murmuraban detrás de las ventanas. Las cortinas, amarillentas y tersas, la miraban con aires recelosos. El aire parecía palparse, caliente y apagado, a pesar del invierno. Al pasar frente al espejo victoriano del pasillo, notó un reflejo que no era el suyo: una silueta, o la oscuridad misma, deslizándose tras ella. Apretó los dientes, negó con la cabeza, y siguió aspirando la alfombra cuarteada.
A medida que caía la tarde, Lydia sintió la necesidad de encender más luces. En la cocina, los utensilios colgaban como garfios de carne, y en cada rincón de los armarios había cajas cubiertas de polvo y tela de araña. Al llegar al dormitorio principal —la habitación de su madre—, el aire se volvió opresivo, con ese perfume avinagrado que sólo deja la enfermedad cuando se va. Lydia mantuvo las luces apagadas; si las encendía, sentía que algo despertaría con el resplandor.
Había una mancha oscura en el suelo, bajo el recodo de la ventana. Se agachó y, al rozarla, pareció reptar bajo su mano, tibia y pegajosa. Se apartó, con el corazón latiendo de una forma irregular. Todo parecía estar cubierto de una delicada película: las paredes rezumaban humedad, el papel pintado parecía hincharse como si estuviera a segundos de explotar. Siguiendo un instinto vago, abrió el ropero. Dentro encontró cajas de zapatos llenas de fotografías arrancadas de álbumes: rostros de niños sin ojos, madres sin brazos, ancianos que sonreían con una boca borrosa. ¿Había visto alguna vez esas fotos en la infancia? No recordaba a nadie así.
Mientras el sol se desplomaba, Lydia oyó el crujir de los escalones: pasos suaves, como pies desnudos sobre la madera. Se quedó inmóvil, clavando la vista sobre el pomo de la puerta, esperando. Un murmullo sordo ascendió desde la planta baja, como si alguien susurrara al oído de la casa, palabras imposibles de descifrar. Se obligó a salir del dormitorio, dejando la puerta medio abierta, y bajó la escalera con el cuerpo en tensión, dispuesta a correr si algo se abalanzaba hacia ella.
Pero en la planta baja sólo halló el vestíbulo sumido en una penumbra plomiza, los retratos familiares ladeados, algunas hebras de telaraña balanceándose en el aire estancado. Sin embargo, sintió algo detrás. Se giró de golpe. No había nada, pero supo, sin verlo, que la casa respiraba a través de cada rendija, que aquello que la había habitado junto a su madre seguía ahí, resistente a la muerte, pastando de los recuerdos, la carne y el miedo.
Pensó en escapar, pero sintió el impulso incondicional de ir al sótano. Había jurado no bajar nunca más después de aquel día en que, siendo niña, vio una figura encorvada en la oscuridad, algo entre la forma de su abuela fallecida y una masa indistinta de polillas. Cruzó la cocina, cruzó la mano sobre la barandilla, y bajó por los escalones que crujieron en respuesta con una voz ahogada.
El aire se sentía tan denso que le ardían los brazos. Un zumbido inaudible le llenaba los oídos. Llegó al pie de la escalera, titubeó; vio la pared cubierta con inscripciones rascadas a uña —no letras, sino surcos zigzagueantes, frases rotas o dibujos de bocas. Más allá, el espacioso sótano descansaba en un charco de penumbra, salpicado por muebles apolillados. Bajo la ventana, un charco reflejaba la oscuridad de las vigas.
Sintió detrás de ella un tirón, y giró a tiempo para notar que el portón se cerraba solo. Un triple cerrojo cayó con un estruendo opaco. Lydia buscó en vano el interruptor de la luz, notando dedos invisibles sobre su nuca. Quiso gritar pero el aire parecía coagulado, grueso como jarabe. Se apretó contra la pared con la respiración cortada.
Desde el rincón izquierdo, emergió un murmullo: la voz de su madre, tan real, tan cercana, diciendo su nombre, y después risas— otras risas—y palabras que jamás recordaba haber oído, pero que le resultaban tan familiares como el propio nombre: "te hemos esperado tanto", "quédate con nosotras", "aquí, aquí". Vio avanzar hacia ella las sombras, aferrándose al suelo, a las paredes, trazando susurros e incorporándose como cuerpos húmedos.
Lydia intentó recitar los nombres de sus hermanos, aferrarse a cualquier cosa que la arrancara de la hipnosis: "Christopher, Ruth, Eleanor…" Las sombras se enhebraron bajo su piel, sintió lenguas de frío dentro de sus huesos. En la última claridad que quedaba, divisó el rostro de su madre a pocos centímetros del suyo, los ojos rendidos y dulces, pero bajos, velados de una espesa capa negra.
—Vas a quedarte —dijeron las sombras, una y otra vez, descendiendo desde el techo, subiendo desde el suelo.
Lydia gritó, pero su voz sólo crispó la superficie del agua estancada bajo la ventana. Nadie fuera de la casa oyó nada. Nadie, al día siguiente, cuando el agente inmobiliario entró y comentó "presencias", ni cuando, muchos años más tarde, la derrumbaron y hallaron el sótano tapizado de fotografías, de huellas de uñas, y de una mancha que nunca se secó; nadie podría explicar por qué, la casa, hasta su demolición, olía persistentemente a perfume y podredumbre, ni por qué en las noches más húmedas, el vecindario podía jurar que alguien, tras los cristales rotos de Cherry Lane, aún susurraba.
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