Fragmento:
Pasos imaginados, risas ahogadas por los muelles del suelo. Y detrás, siempre el susurro. Tomaba notas en su cabeza; buscaba, casi desesperada, una lógica, porque la locura requiere confirmación antes de instalarse: ¿Quién podría estar hablando? ¿Un vecino? ¿Era el viento? Pero ningún viento puede decir tu nombre a media voz, justo antes de que te rindas al sueño.
Duración: 04:43
La luz no podía entrar en la habitación desde hacía semanas. Mariana lo había notado de inmediato al mudarse a ese viejo piso de la calle Boston; de algún modo, ni el atardecer ni el sol del mediodía lograban traspasar los visillos amarillentos. Era un lugar apacible al principio—al menos, así lo parecía—hasta la noche que oyó la voz. Quieta, sentada a la orilla de la cama, la trayectoria del día le caía pesada sobre los hombros. Después, un silencio tan intenso que parecía contenerlo todo, hasta que: “¿Estás sola?”
La voz era grave, delicada, húmeda como la tierra removida. Mariana parpadeó y miró a su alrededor, el corazón tropezando en su pecho. En la esquina, el enorme ropero de cedro, esa reliquia cuyo espejo esmerilado nunca reflejaba del todo. Pensó, quizás, que la fatiga comenzaba a jugarle malas pasadas. Se aferró a la colcha como si fuera un salvavidas de naufragio y decidió no responder.
Los días siguientes, la rutina se volvió una cuerda floja. Al mediodía, el tejado crujía con el peso de las palomas. Por la tarde, la cisterna arrullaba con su gemido. Cada noche, sin embargo, la voz tornaba, más clara: “¿Estás sola? ¿O hay alguien contigo?”
Pasos imaginados, risas ahogadas por los muelles del suelo. Y detrás, siempre el susurro. Tomaba notas en su cabeza; buscaba, casi desesperada, una lógica, porque la locura requiere confirmación antes de instalarse: ¿Quién podría estar hablando? ¿Un vecino? ¿Era el viento? Pero ningún viento puede decir tu nombre a media voz, justo antes de que te rindas al sueño.
El ropero era antiguo, traído a la casa por el anterior inquilino, quien, según el portero loco, “salió un día y no volvió, como si la tierra se lo hubiera tragado”. Adentro, el olor del desván: bolas de alcanfor, papel envejecido, perfumes hechos polvo. La madera crujía al mínimo toque, como si escondiera un enjambre invisible. Mariana, por las noches, lo observaba. La manija fría. El espejo que rechazaba su reflejo.
No fue hasta el viernes, cuando la desesperación superó a la duda, que Mariana tomó valor. Esperó a que la voz surgiera, a la hora acostumbrada, los pies descalzos tocando la alfombra raída mientras cruzaba la estancia envuelta en una bata tan fina que no servía para escudarse del miedo. Se paró ante el ropero, temblando.
“¿Qué quieres?”, murmuró, apenas más que un suspiro.
La puerta del mueble se hinchó como los pulmones de un niño asustado. Un frío inhumano rasgó la tela y la piel, mientras la madera agrietada se abría, apenas. Adentro, la oscuridad. Más densa que la noche fuera de la ventana cerrada.
“¿Por qué has respondido?”
A la mañana siguiente, Mariana tenía las mejillas pálidas y el pelo enmarañado. No recordaba haber dormido, pero tampoco estar despierta. La voz la había inundado, metiéndosele en la garganta, preguntando, rogando. “Escúchame”, le pedía, con tristeza. Para el anochecer, la voz ya no estaba en el ropero.
Estaba en todas partes.
Se coló por las grietas del piso, abriéndose paso por debajo de la puerta del baño, susurrando al oído mientras ella se cepillaba los dientes, retumbando bajo el chorro del agua helada de la ducha. Quiso huir, subirse a la calle empapada de lluvia y perderse en la multitud. Cuando abrió la puerta de entrada, el eco la siguió, multiplicado: “¿Adónde vas?” Mariana, aterrorizada, corrió escaleras abajo.
El portero, viejo, desdentado, se mojó los labios, señalando la escalera:
—Le pasa lo mismo a todos, señorita —le dijo, con una sonrisa que era un tajo en la memoria—. El armario tira de uno hasta que lo vacía por dentro. Ese es su trueque.
No tenía sentido. Mariana dudó, pero mejor quedarse en la calle que regresar a aquel piso donde algo la vigilaba, donde la voz se alimentaba de su soledad. Sin equipaje, caminó bajo la lluvia negra, jurándose jamás volver la vista atrás.
La noche, sin embargo, es astuta. Después de un tiempo, la voz se calló, y Mariana comenzó a dormir, aunque el sueño tenía gusto a ceniza. Se quedó en hostales, habitaciones alquiladas a extraños. Mientras lavaba la ropa en un baño compartido, alzó la mirada y, en el vaho del espejo, apareció escrito, letra infantil: “¿Estás sola?”
No pudo gritar. Sabía que estaba perdida. La voz no pertenecía a un sitio, sino a ella. Al abrir la puerta del guardarropa en el hotel, el espejo la esperaba—y, por vez primera, reflejó su rostro, pero con la boca de la voz. No había nadie más, ni habría nunca.
La luz, esa noche, tampoco pudo entrar.
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