Fragmento:
El primer atardecer, la oscuridad se deslizó por la vieja escalera como una criatura que recobraba sus dominios tras mi intervención. Encendí la lámpara de aceite, y la llama parecía flotar, apenas protegida de la embestida del negro mar circundante. Los muebles, cubiertos por mantas blancas, eran tumbas bajo la bruma. Sentí, no por primera vez en mi vida, que existía algo en la atmósfera misma —un testigo, una conciencia— que me miraba con fría expectación.
Duración: 05:24
Así comenzó la noche en que compré la casa en el borde del bosque de Farrow, una construcción que parecía haber surgido del mismo crepúsculo, con sus muros recubiertos por una hiedra enferma, sus ventanas horadadas por la intemperie y el anhelo. Muchos habían advertido sobre el lugar; pero yo, arrastrado por el miedo a la ciudad, la fatiga de pasados que perseguían incluso mis sueños, me aferré a la soledad como si ella guardara las respuestas a mis preguntas más profundas.
El primer atardecer, la oscuridad se deslizó por la vieja escalera como una criatura que recobraba sus dominios tras mi intervención. Encendí la lámpara de aceite, y la llama parecía flotar, apenas protegida de la embestida del negro mar circundante. Los muebles, cubiertos por mantas blancas, eran tumbas bajo la bruma. Sentí, no por primera vez en mi vida, que existía algo en la atmósfera misma —un testigo, una conciencia— que me miraba con fría expectación.
Traté de convencerme de la simpleza de los hechos: una casa vieja, con maderas que suspiraban a cada ráfaga del viento, con el lamento de tuberías tan antiguas como la memoria escrita. Sin embargo, mientras repasaba con el farol las habitaciones, una tras otra, sentí cómo cada reflejo, cada sombra, amagaba con tomar forma si apartaba la mirada un instante. Y, al pasar por el espejo del vestíbulo, vi —o creí ver— la ondulación de una figura al pie de la escalera, como si mi reflejo hubiera llegado con un leve retardo, trazando un surco indeciso en el aire.
La noche avanzó. El reloj de pared, dueño de un tic-tac irregular, añadió a mi inquietud. Me senté a leer en el salón principal, el único espacio donde la llama parecía resistir con firmeza. Las palabras del libro se volvieron pronto una sucesión de líneas borrosas: el silencio de la casa no era completo. Era un silencio compuesto, más allá de lo físico; una plenitud densa que me oprimía el pecho. Podía oír el leve roce de algo arrastrándose en el piso de arriba, el crujir a intervalos que no respondía a lógica alguna, incluso un murmullo apenas perceptible, como el roce de dedos sobre cristal empañado.
La inquietud, tan sutil al principio, se transformó en certidumbre. Cerré el libro; mi respiración me delató en la quietud, y tuve la desazón de no encontrarme solo. Me levanté y subí las escaleras, moviendo la lámpara que proyectaba sombras congeladas en las paredes. Bajo mis pies, la madera palpitaba. Al llegar al pasillo superior, sentí una oleada de frío tan súbito que se me helaron los huesos; el aire era áspero, reseco, cargado de un aroma a hierro y tierra removida.
Las puertas de los cuartos dormitaban entreabiertas, y sentí la inclinación —irresistible y temblorosa— de revisar la habitación más apartada, aquella donde el papel arrancado de las paredes formaba blísteres semejantes a heridas. La empujé con la punta de los dedos; y la lámpara, con titilante piedad, iluminó el contorno inconfundible de una silueta junto a la ventana, quieta, perfectamente erguida. Sabía, antes de comprenderlo, que no era sino mi propio reflejo, recortado en el cristal bañado por la noche exterior.
Pero algo estaba mal. Su postura era la mía solo en lo superficial; algo en la curva de los hombros, el ángulo de la cabeza, resultaba ajeno, como la coreografía simulada de un ser ajeno a la humanidad, que sólo hubiera aprendido a imitarme tras largas noches de observación oculta. Moví el brazo, y el reflejo tardó una décima de segundo en seguirme. Mi corazón martilleó, y estuve a punto de huir, pero no lo hice; pues algo, una ráfaga de curiosidad atroz, me mantuvo allí, desafiando al doble de mí mismo.
Entonces, desde el fondo del pasillo, escuché mi nombre. No lo susurró el viento, ni lo dijeron mis pensamientos, sino una voz gastada, como filtrada a través de una losa húmeda. La silueta del reflejo —o aquello que fingía serlo— sonrió, una mueca imposible, y fue como si el vidrio entre ambos hubese cedido. El aire se cargó de una presión insoportable; supe, en un instante de pánico congelante, que la casa no era solo una estructura, sino un receptáculo —que yo no era el primer anfitrión de aquel huésped— y que este había permanecido, noche tras noche, esperando el regreso de quien pudiera ofrecerle una salida.
Retrocedí, tambaleante, mientras la sombra daba un paso hacia adelante, vaciando la oscura profundidad del espejo. Corrí al pasillo, bajando los peldaños con la desesperación de quien sabe que huye de sí mismo, que en cada esquina, cada oscuro umbral, puede asaltarlo el eco exacto de su propia alma, retorcida por la cólera de haber sido olvidada. Al llegar al recibidor, la lámpara estalló en mis manos. El negro avanzó sobre mí como una marea viva, y en la última fracción de luz pude adivinar la burla grotesca de mi rostro, fijo en la penumbra, allí donde el reflejo ya no era posible.
Ahora escribo esto en la tibia calma del día siguiente, pero cada vez que un reflejo me contempla desde un cristal, desde el lomo brillante de una cuchara, no sé si sigo siendo yo o si ya soy otro. Quizá la casa no me ha dejado ir. Quizá la sombra que seguía mis pasos nunca estuvo separada de mi ser. Quizá, allá en los corredores donde acechan los susurros, hay otras versiones de mí, aguardando un desliz para animar los espejos del mundo.
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