Novela romántica Antes del amor
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Edición limitada de la novela Anatema.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Hay algo malo en casa
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Portada del relato La sombra del órgano
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Fragmento:


Una tarde, incapaz de soportar la espera, bajó al salón mientras las sombras comenzaban a conquistarlo todo. Encendió una vela. La luz temblorosa bailó sobre los tubos, revelando el polvo acumulado. Dejó que sus dedos recorriesen las teclas, primero una, después otra, hasta que el eco se propagó con una vida demasiado propia. Al primer acorde, la temperatura bajó. La llama de la vela se agitó, casi se apaga, y le pareció ver una silueta reflejarse en el lustre ennegrecido de los tubos.

Duración: 06:50

La sombra del órgano
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La noche había caído sobre la mansión Waterford con una opacidad tan densa que ni siquiera la luna se atrevía a cruzar el umbral de los ventanales con sus largos haces de plata. El aire era tibio, pero olía a la humedad inconfundible de los lugares demasiado tiempo habitados por recuerdos y soledad. Henry Glaive, un hombre de mediana edad, delgado y encorvado por muchas pequeñas derrotas, se miraba las manos blancas bajo la lámpara de aceite, consciente de que ese sería el último acto rutinario de la tarde: mirar, languidecer, aceptar. El pasado no solo lo visitaba, sino que tejía a su alrededor una segunda piel, densa como el terciopelo que cubría los viejos muebles del salón.

Waterford no era famosa por su arquitectura ni por sus jardines —absurdamente descuidados—, sino por el instrumento que presidía la sala central: un órgano tubular forjado hacía dos siglos, cuyos tubos relucían incluso donde la luz no llegaba. Fue el antiguo dueño, lord Elwood, quien lo encargó, y fue también quien, años más tarde, murió sentado frente a él, la cabeza caía sobre el teclado, con los dedos marcando todavía un acorde inconcluso. Desde entonces, decían, el órgano solo debía sonar bajo ciertas condiciones: media noche y soledad absoluta.

Henry nunca fue creyente en historias locales, pero cuando la tía Evelyn le legó la propiedad, encontró una nota, escrita apenas visible, como trazada con aguja sobre la tela de una pesadilla: “Los que despiertan su música no descansarán hasta conocer el final de la partitura.” Creyó en supersticiones solo por una noche. Hasta que escuchó la primera nota.

Era el viento, se dijo. Pero el viento no sabe tocar en Fa sostenido menor. La melodía era lenta y sólo duró un instante. Esa noche soñó que el órgano se dilataba y latía, como si Waterford albergara en sus muros no un instrumento, sino un corazón incandescente, condenado por un pacto. Durante el desayuno, el aroma del café escondía apenas el eco subterráneo del sonido. Ni un criado, ni un movimiento en ese rincón polvoriento. Sin embargo, Henry sintió el deseo, pueril al inicio, urgente después, de responder al llamado. Como el zumbido de un insecto, el sonido se fue colando en sus días, volviendo imposible pensar en otra cosa.

Una tarde, incapaz de soportar la espera, bajó al salón mientras las sombras comenzaban a conquistarlo todo. Encendió una vela. La luz temblorosa bailó sobre los tubos, revelando el polvo acumulado. Dejó que sus dedos recorriesen las teclas, primero una, después otra, hasta que el eco se propagó con una vida demasiado propia. Al primer acorde, la temperatura bajó. La llama de la vela se agitó, casi se apaga, y le pareció ver una silueta reflejarse en el lustre ennegrecido de los tubos.

Henry agitó la cabeza. Rabia. Miedo. Curiosidad. Tocó una melodía de infancia, la única que podía recordar por instinto. Algo más —un murmullo lejano, tembloroso y grave, casi un susurro de agua— acompañó la melodía. La nota final la dieron dos manos, y solo después notó que él no había sido el único en posar los dedos sobre el marfil.

Se apartó de un salto. La sala estaba vacía. Los cortinajes colgaban quietos, los muebles inalterables. Pero el aroma había cambiado. Ahora olía a lino quemado y a tierra removida. Afuera, el viento levantaba hojas muertas contra las ventanas. Henry se preguntó si se estaría volviendo loco.

El segundo encuentro fue menos accidental. Se despertó cerca de la medianoche, guiado por un rumor de pasos en la madera. Bajó las escaleras. Se encontró la sala poblada de una niebla baja, y sobre el banco del órgano, sentada de espaldas, una figura erguida. Surgía una melodía, tan triste como imposible. Henry quiso gritar. La figura no se giró, pero el ambiente cambió; hasta la casa parecía respirar más lento en presencia de aquel visitante.

La figura levantó la cabeza. El perfil era imposible, siempre lejano, como si el mismo tiempo se deslizase sobre su semblante. Henry retrocedió, tropezó—un ruido fuerte—y todo desapareció. Al día siguiente, trató de engañarse: fue un sueño, un arrebato nervioso. Pero en su camisa había manchas grises, residuos semejantes a polvo de tumba. La partitura del instrumento, que nunca antes había visto abierta, mostraba una página cubierta de símbolos: notas dibujadas con vértigo y furia, trazadas con la misma tinta débil que la advertencia de Evelyn.

Las noches siguientes apenas pudo dormir. Un ritmo invisible marcaba sus horas. Empezó a evitar su propio reflejo, temiendo ver algo detrás de sí mismo, delgado y altísimo, con los ojos fijos en su nuca como dos carbones ardiendo bajo un agua negra. El órgano cada vez más presente, como un imán en el centro de Waterford, lo llamaba con melodías que no podía recordar al despertar, pero que le latían bajo la piel.

La casa fue llenándose de sonidos nuevos: crujidos ajenos a la madera, voces tenues, como si los pasillos comenzaran a hablar entre sí. Algunas noches creyó percibir pasos en la galería, un roce tras de sí al cerrar puertas, y, siempre, la inquietante impresión de no estar completamente solo.

Una madrugada, Henry se rindió. Se sentó ante el órgano con la partitura prohibida. Sus dedos se movieron solos, la melodía crecían en complejidad y oscuridad, cada nota desgarrando el aire con una violencia invisible. La casa entera tembló. Los cristales vibraron. Y, detrás de él, la silueta volvió a aparecer.

Esta vez la vio claramente: tenía la cara del lord Elwood muerto, pero sus ojos eran apenas dos vacíos profundos llenos de miedo y rabia. Henry no pudo apartar la vista. La figura alzó una mano y apoyó los dedos sobre los suyos, empujando al hombre a ejecutar la última, terrible nota.

Al final recogió el eco con un silencio tan hondo, que a Henry le pareció haber caído en un pozo sin fondo. Lo último que sintió fue frío, no en la piel, sino en la sangre, como si una grieta súbita lo hubiese partido en dos desde dentro. El órgano cayó en silencio, y la figura se inclinó, rozando su cara con la suya. Un susurro, hecho de viento y olvido, alcanzó su oído: “Ahora conoces el final”.

Cuando los criados encontraron a Henry días después, la mansión olía a cenizas y a un perfume antiguo. Él permanecía inclinado sobre el teclado, igual que lord Elwood hacía décadas, con una expresión de terror tan puro que nadie que lo vio pudo olvidarla jamás. Desde entonces, ningún visitante duró más de una noche bajo el techo de Waterford; y, a medianoche, cuando el viento golpeaba las ventanas condenadas, todos juraban que los tubos del viejo órgano exhalaban la última nota, interminable, de una melodía nunca escrita por manos humanas.

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