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Portada del relato Los Susurros del Umbral
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Fragmento:


Dejó su bolso y buscó el lavabo. El agua del grifo salió marrón al principio, y después tan fría que sus dientes castañetearon. Se enjuagó la cara y, al alzar la vista, vio su reflejo temblar en el pequeño espejo ovalado. Una sombra recorrió fugazmente la pared a su espalda; Claire se giró de golpe, sin ver nada. Respiró hondo, repitiéndose que el cansancio le jugaba malas pasadas. Pero cuando volvió su mirada al espejo, otra cara, pálida y ojerosa, sobresalía tras su hombro. Era el rostro de una mujer joven, casi traslúcida, con los labios entreabiertos goteando un fango negro imposible de describir.

Duración: 05:32

Los Susurros del Umbral
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La lluvia caía finamente, hilando una cortina casi transparente sobre la ciudad como si las propias lágrimas del mundo se deslizaran silenciosas hacia el abismo del olvido. Nadie salía ya de casa a esas horas, especialmente en ese barrio antiguo al borde del río donde los muros recordaban tiempos de sangre y manos sucias de secretos. Claire, con su abrigo empapado adherido al cuerpo, cruzó el umbral de la vieja pensión Dubois, buscando una sombra donde esconderse del frío y de sí misma. El timbre de la puerta sonó como el grito lejano de un niño, desvaneciéndose en la penumbra del vestíbulo adornado con relojes rotos y espejos empañados.

La propietaria, una anciana con ojos gris nube y labios finos como el filo de una navaja, apareció entre las sombras. “Le asignaré la 17, al final del pasillo,” murmuró, y sostuvo la mirada de Claire por demasiado tiempo, como si buscase señales de algo retorcido bajo su piel. Subió la escalera de mármol, negándose a tocar la baranda mohosa, y a cada paso sentía el peso del edificio, como si espirales de polvo y tiempo se apretaran contra sus costillas. Las puertas a ambos lados del corredor permanecían cerradas, aunque percibía murmullos amortiguados, como si los huéspedes hablaran sin abrir la boca.

Al llegar a la habitación, Claire notó que la puerta 17 era de madera diferente, más oscura, con vetas rojas semejando venas abiertas. Al contacto de la mano, la superficie pareció arderle, pero se obligó a ignorarlo y cruzó al interior. El ambiente era denso y olía a rosas podridas y algo más dulce, una nota metálica y animal. La bombilla colgaba de un fino cable, arrojando luz amarilla sobre la cama maltrecha y el armario enorme que ocupaba un rincón. Sintió cómo algo se movía bajo las tablas del suelo, apenas un suspiro, una vibración sorda. Claire cerró los ojos un instante y apoyó la espalda en la puerta, deseando estar en cualquier otro sitio. Hacía una semana había huido de su antiguo apartamento; el terror, disfrazado de racionalidad, la había seguido hasta reparar aquí.

Dejó su bolso y buscó el lavabo. El agua del grifo salió marrón al principio, y después tan fría que sus dientes castañetearon. Se enjuagó la cara y, al alzar la vista, vio su reflejo temblar en el pequeño espejo ovalado. Una sombra recorrió fugazmente la pared a su espalda; Claire se giró de golpe, sin ver nada. Respiró hondo, repitiéndose que el cansancio le jugaba malas pasadas. Pero cuando volvió su mirada al espejo, otra cara, pálida y ojerosa, sobresalía tras su hombro. Era el rostro de una mujer joven, casi traslúcida, con los labios entreabiertos goteando un fango negro imposible de describir.

El grito de Claire murió en su garganta. Detrás de ella, la energía de la habitación se espesó; un regusto a cobre invadió el aire. La luz titiló, arañando las paredes, y el espejo explotó con un chasquido. Fue entonces cuando comprendió que los relojes del vestíbulo, los susurros nocturnos, los portazos apagados, no eran productos de casas viejas: estaban advirtiéndole. El sudor frío le empapaba la piel. Tropezó al retroceder y notó que el suelo se sentía irregular bajo sus pies, como si ondulara en el fondo de un mar invisible.

La noche devoró las horas sin tregua. Claire yacía inmóvil sobre la colcha, cuando una segunda figura surgió de la penumbra, sentada en la silla frente a la ventana. No era la joven del espejo; tenía trazos masculinos, aunque marchitos por el tiempo, los ojos hundidos y brillando como carbones en la bruma. Comenzó a hablarle en un susurro rítmico, una letanía mezclada de francés antiguo y aquel dialecto olvidado por los vivos. Las palabras se retorcían, entraban en la piel de Claire y latían junto al pulso frenético de su corazón.

Recordó, entre imágenes difusas y fragmentos de memoria, historias de huéspedes que nunca abandonaban la pensión. Encuentros entre personas y entidades para las que el amanecer solo era una variación del tormento. Descendientes de una familia maldita que invocaba sueños de carne y hueso, fundiéndose con la vida de los extraños que se atrevían a dormir bajo su techo. Comprendió entonces que la casa no era hogar, sino boca: masticaba las almas que traía la lluvia y las guardaba, maceradas, hasta que pudieran servir a los que la habitaban entre el mundo y el otro lado.

Todo se unía en una danza de luz y sombra: los inquilinos sucesivos, los espejos que mostraban lo que flotaba bajo la piel de la realidad, los sobresaltos que convertían el sueño en una vigilia perpetua. Intentó salir, pero la llave de su puerta giró en falso, y la anciana apareció del otro lado, con las pupilas dilatadas y la sonrisa lenta de quien sabe que la presa ya no huirá. “Cada uno paga el precio,” susurró, y una mano huesuda la empujó hacia el núcleo de la habitación.

Las paredes latieron y de ellas brotaron voces, cantando en un idioma extinto, arrullando y cortando, como el leve afilar de una cuchilla. Bajo la cama, algo sollozaba, y Claire sintió, con horror, que partes de su memoria se deslizaban cual raíces hacia el polvo, tragadas por la casa. Luchó en vano, gritó hasta que su garganta se desgarró, pero sus fuerzas se rendían ante aquello que nunca había tenido nombre.

En algún lugar muy lejano, vio amanecer la ciudad carcomida por la niebla. Pero entre los barrotes de su prisión, supo que ya no saldría. Pronto, tal vez, sería sólo un susurro nuevo entre las sombras, observando a la próxima alma que abriera la puerta 17, bajo la piel de medianoche.

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