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Portada del relato La risa en la tapia
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Fragmento:


Esa sala azul tenía un olor húmedo, una mezcla de lirios y madera podrida. Cuando la recorrió la luz de la lámpara, vi en las cortinas, en los tapices, la leve huella de lo que parecían dedos, pequeños como de niño, impresos en la tela. Un cuadro, colgado torcido sobre la cama, mostraba un bosque tan insistentemente oscuro que por un momento sentí que aquello era una ventana y no una pintura. La cama, grande y antigua, parecía un ataúd confeccionado para un gigante.

Duración: 04:32

La risa en la tapia
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La primera noche, cuando llegué a la casa, me recibió una brisa fina, hiriente, que parecía traspasar la tela de mi abrigo y buscar directamente la piel debajo. El portón de hierro, desbalanceado sobre sus goznes corroídos, gimió con un sonido levemente humano al abrirse, y yo pensé, aunque apenas era un instante después de la medianoche y era imprudente hacerlo, que la casa misma se alegraba de ver a alguien traspasar su umbral después de tanto tiempo. En la falda del enebro, apenas distinguible en la oscuridad, un cuervo me observó descender del carruaje y, con una risa carente de calor, desapareció entre las ramas.

La señora Pemberton, mi anfitriona, era más delgada de lo que recordaba de mi infancia. Su voz parecía provenir de las mismas paredes, como si las palabras se deslizaran por los tablones y bajaran por los escalones hasta mis pies. “Le hemos preparado la sala azul, porque siempre le tuvo aprecio.” Lo dijo sin mirarme, y sus dedos huesudos desaparecieron tras su chal. Pensé en decirle que tal vez hubiera preferido la habitación del ala este, pero algo en la sonrisa congelada de la señora Pemberton me disuadió.

Esa sala azul tenía un olor húmedo, una mezcla de lirios y madera podrida. Cuando la recorrió la luz de la lámpara, vi en las cortinas, en los tapices, la leve huella de lo que parecían dedos, pequeños como de niño, impresos en la tela. Un cuadro, colgado torcido sobre la cama, mostraba un bosque tan insistentemente oscuro que por un momento sentí que aquello era una ventana y no una pintura. La cama, grande y antigua, parecía un ataúd confeccionado para un gigante.

Apenas me hube desvestido y acostado, escuché las pisadas; suaves al principio, luego más pesadas, como si quien caminaba por el pasillo vacilara a cada paso. Eran demasiado firmes y deliberadas para ser obra de la señora Pemberton, pero a la vez demasiado tenues para algún criado. Me mantuve inmóvil, el corazón palpitando, hasta que las pisadas se acercaron tanto que pude escucharlas al otro lado de la puerta.

No llamaron. No susurraron. Simplemente se detuvieron. La manilla giró un dedo, y después la puerta se abrió con un leve crujido, dejando entrar un trozo de oscuridad más profundo que el cuarto mismo. No veía figura, ni sombra. Solo esa negrura concentrada, enrollándose como humo frío. Y de allí, lo supe sin verlo, algo me observaba. Unos ojos, no humanos, no animales, sino algo que no estaba acostumbrado a poseer cuerpo, pero que reconocía con exactitud dónde se sentaba mi miedo.

Recordé entonces las historias que se contaban en el pueblo, cuando aún era niña y no temía a las noches. Sobre la hija de la señora Pemberton, nacida tras un silencio de tres años, y cómo a los seis había desaparecido una madrugada. La búsqueda fue inútil, y la señora Pemberton no volvió a mencionarla jamás, pero desde entonces, decían, la casa contenía una habitación donde se escuchaba el sollozo de una niña, seguido de una risa débil. Pensé con horror que me habían asignado esa habitación, la sala azul.

La oscuridad siguió allí durante un tiempo incalculable, respirando en el umbral. Sentí entonces, en mi brazo, el roce suave de una mano demasiado fría. No era humano, tampoco era espíritu, era la materialización de una ausencia intolerable. Probé a moverme, a enfrentar aquella quietud que me paralizaba. En el preciso gesto de encender la lámpara, una carcajada se desató, infantil pero afilada, que me heló la sangre.

No dormí esa noche. Creí escuchar, entre los quejidos de la madera, mi nombre susurrado a intervalos; a veces con urgencia, a veces con sorna. Cuando por fin llegó la madrugada, vi a la señora Pemberton en el comedor, preparando café con manos temblorosas. "La sala azul es traviesa," me dijo, como si nada hubiera pasado, y por primera vez vi en sus ojos la derrota de quien ha sobrevivido a algo peor que la muerte.

Decidí marcharme esa misma tarde, sin anunciarlo. Fui a recoger mis pertenencias y en la sala azul lo encontré. Un espejo detrás de las cortinas. En el azogue, tras mi reflejo, unos dedos diminutos, azulados y delgados, trazaron un mensaje que no he logrado olvidar: “No te vayas aún. Juega conmigo.”

Salí de la casa bajo la mirada severa del enebro, convencida de que la sala azul, aunque vacía, me acompañaría para siempre. Y de que la risa detrás de la puerta no espera siempre a la medianoche; a veces, la llevamos con nosotros, invisible y afilada, hasta que encontramos la siguiente casa dispuesta a escucharla.

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